Sarkozy elige Versalles para lanzar su plan anticrisis

Francia entra en una nueva fase. Fue el presidente francés quien lo anunció ayer en una intervención tan solemne como simbólica. Ante el Parlamento reunido en pleno, diputados y senadores, y en Versalles. Como si de un soberano se tratara para gran disgusto de la oposición. Algo que no sucedía desde que en 1875 se prohibió esta prerrogativa que Nicolas Sarkozy se ha encargado de resucitar constitucionalmente.

Armado con el triunfo de su partido en las elecciones europeas mostró ayer sus dotes de estadista. En una suerte de discurso sobre el estado de la Unión a la americana pero en versión gala, hizo balance de sus dos años en el poder y trazó las líneas generales de su política para los tres próximos insistiendo en el punto de inflexión que ha de suponer la crisis económica. «Nada será igual tras ella», dijo convencido de que Francia ha de salir reforzada. Abogó por un nuevo modelo social y de crecimiento que será el principal desvelo del nuevo Gobierno.

La remodelación estaba prevista de antemano, pero la envergadura del ajuste, que se conocerá mañana, podría ser mayor de lo esperado. Sarkozy espera poder así imprimir un renovado impulso a su acción y su tren de reformas. La consigna: «No derrochar un solo euro» porque, con un déficit público que en 2009 alcanzará el 7,5% y una deuda abismal, las arcas del Estado suenas huecas.

Sin embargo, no renuncia a continuar con su política de inversión, que justificó, porque lo importante, recalcó, es la «calidad del gasto público». De hecho, ayer anunció la apertura de tres meses de consultas con todas las fuerzas sociales y los sectores económicos para fijar las prioridades de su Ejecutivo que serán financiadas con un «gran préstamo nacional» del que no dio detalles. Pese al riesgo de que se dispare el déficit, descartó la idea del rigor presupuestario, excluyó aumentar los impuestos y confirmó la reforma de las pensiones en 2010.

«El burka no es bienvenido»Sus palabras se esperaban desde hace una semana y no defraudó. Recabaron unánimes aplausos en Versalles, donde se refirió a la polémica de la propagación del uso del burka. «No es un signo religioso, sino de esclavitud y sumisión; no será bienvenido en Francia», dijo el presidente, para quien no es un problema religioso sino de «libertad» y «dignidad» de la mujer. Considera esta vestimenta como una cárcel que las aísla de la sociedad y las priva de identidad, por lo que dejó el debate en manos del Parlamento.