«Si nos acostumbramos a convivir con el sida será el principio del fracaso»

La Razón
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MADRID- Pasado el Día Mundial del Sida, llega el momento de la reflexión sobre cuál es la situación real de esta enfermedad infecciosa, con la que tienen que convivir más de 30 millones de personas en el mundo, y qué respuestas plantea la comunidad científica. En este campo, José Esparza, actual director del programa de sida de la Fundación Bill & Melinda Gates, tiene mucho que contar. Éste ha sido su terreno desde su primer año en la Facultad de Medicina en la Universidad de Maracaibo y durante los más de veinte años que trabajó en el Programa de Sida de la Organización de la Mundial de la Salud (Onusida), desde su creación. Aunque haya cambiado el despacho de Ginebra por uno en la costa oeste de los EE UU, en Seatle, el investigador venezolano mantiene viva esa curiosidad propia sólo de los grandes de la medicina clásica.

–¿Qué le impulsó a aceptar la oferta de Bill Gates para dirigir su programa de investigación en materia de sida?

–Cuando la fundación me pidió que me uniera a ellos fue un reto increíble. Un gran oportunidad que no podía desperdiciar. En la Organización Mundial de la Salud también hice una función muy importante, pero al ser un organismo público tenía una serie de limitaciones, además se acabó mi tiempo allí.

–Cuando habla de límites, ¿se refiere a los económicos?

–Sí. En la fundación podemos hacer cosas con más rapidez y con múltiples recursos. Además, contamos con la ventaja del factor tiempo, muy importante cuando hablamos de la vacuna contra el sida. En los organismos públicos existe la necesidad de presentar resultados inmediatos a corto plazo, con el fin de justificar las acciones realizadas y rendir cuentas a sus ciudadanos, los votantes. Más bien es una obligación. En cambio, nosotros podemos tener una carrera de fondo con metas a largo plazo.

–Ir demasiado deprisa, ¿perjudica?

–No se debe correr. Todo el mundo quiere tener el «milagro de la ciencia», ahora, ya. En la actualidad, necesitamos probar las nuevas moléculas en los seres humanos. Se trata de una cuestión ética, ya que la vida de miles de seres dependerá en el futuro de la seguridad y eficacia de la misma. Al menos, hasta dentro de cuatro o cinco años no podremos hablar de criterios válidos, ya que entonces se habrán finalizado más de un estudio con personas, como el de Thailandia que concluye en 2009.

–De su boca ha salido la expresión: «Si quieres ir rápido, camina solo. Si quieres ir lejos, camina en grupo». ¿Hasta qué punto la cooperación internacional es importante?

–Esta frase es un proverbio africano que recoge una gran verdad necesaria e imprescindible: la ayuda y la colaboración entre los diferentes organismos públicos, privados y los gobiernos de todos los países. Éste es un mecanismo clave que hoy podemos encontrar en el Grupo de Trabajo de Prevención del VIH/Sida, que involucra a más de doscientos investigadores de todo el planeta.

–Pero, ¿la investigación básica se encuentra en los continentes con menos afectados?

–Es cierto. Los investigadores están distribuidos en el cono norte, en EE UU y Europa, pero se necesitan científicos de las diferentes partes del mundo que proporcionen nuevas perspectivas. Las iniciativas y los científicos de los países en vías de desarrollo también tienen un papel sumamente importante, no sólo del continente africano.

–¿Cómo influye esto en los resultados?

–En ciencia, hay algo muy importante: el conocimiento que tenemos hoy en día es el que se deriva de las preguntas que nos hacemos. Si sólo se cuestiona en una zona del planeta, las respuestas sólo valdrán para unos pocos. Ayuda a enriquecer con preguntas del sur. Lo que sabemos hoy en día, prácticamente todo, se deriva de un conocimiento focalizado en la cara norte. Por ello, tengo muchas esperanzas en países emergentes, como China o India, que pueden contribuir mucho con las ideas frescas.

–Pero, ¿qué diferencias palpables podemos encontrar?

-El 90 por ciento de los problemas de salud está en los países en vías de desarrollo, pero tan sólo en ellos se invierte un 10 por ciento de los logros de la medicina. De los 1.500 fármacos que ha aprobado la Agencia Estadounidense del Medicamento (FDA, por sus siglas en inglés) en los últimos 20 años, tan sólo 50 se han destinado específicamente a los menos favorecidos.

–A la espera de las vacunas, existen los tratamientos, una suerte de «plan B» que ha logrado cronificar la enfermedad, ¿cierto?

–Ya, pero este plan no es sostenible, no sólo desde el punto de vista económico. Tampoco humanitario: ¿cómo una sociedad puede permitirse el lujo de esperar que una persona enferme para curarla? Esto no beneficia a nadie. Yo me acuerdo, cuando trabajaba en la OMS, de que hablábamos de la imposibilidad de los tratamientos con los antirretrovirales en África, porque se necesitaba disciplina y una buena red sanitaria que los sostuviese. Hoy esto ya es una realidad asentada. Lo cierto es que hemos aprendido que sí podemos.

–Y entonces, ¿en qué punto del «plan A» nos encontramos?

–Existen en la actualidad once pruebas clínicas en seres humanos y 27 en animales. Aunque es complicado luchar contra un virus que muta con tanta facilidad y contra el que la Naturaleza no ha creado una respuesta en el organismo, como ocurre con otras enfermedades como la malaria o la viruela.

–¿Quiere decir que hay que luchar contra la Naturaleza?

–No exactamente, aunque el hombre ha superado ya mucho límites, como el de surcar los cielos. Más bien, el organismo responde tarde y mal a los ataques del virus, sólo que éste es más rápido y listo y consigue escapar, de momento, debido a las mutaciones. El VIH va un paso por delante de nosotros. Desde mi punto de vista, la clave reside en la predicción; saber cómo y cuándo mutará el virus. Hay estudios incipientes en este sentido, que abren una nueva estrategia de futuro.

–Dicen que todo tiene su lado bueno, ¿los intentos fallidos en busca de una vacuna contra el sida también?

–Una vacuna no es una panacea sino un elemento más en la lucha contra la enfermedad. A la guerra hay que ir con todas las armas posibles: la prevención, la educación, los tratamientos paliativos. Cuando una vacuna falla, como ha ocurrido con la última que presentó la farmacéutica Merk, no podemos dejarnos llevar por el estado de pesimismo. Debemos analizar todos los datos posibles, y hacer una lectura minuciosa de los mismos. Sólo así encontraremos nuevas pistas que nos ayuden en otros proyectos. Así, en el estudio de la vacuna de Merk, en el que se emplearon 1.500 voluntarios, se desprenden indicios de una mayor protección en las mujeres que en los hombres. E incluso se vio que los que no respondieron a la vacuna tenían comportamientos homosexuales.

-Pero los errores en la ciencia se señalan con el dedo...

-Hoy las vacunas son consideradas como el «milagro de la ciencia médica» que es capaz de erradicar una enfermedad, como de momento sólo ha ocurrido con la viruela. Pero a ese milagro no se llega fácilmente, existe una concepción equivocada de cómo se hace la ciencia. En las universidades, los muchachos deben entender que en los libros sólo se cuentan los éxitos, uno cree que la ciencia es una sucesión de éxitos. Cuando los que hacemos ciencia sabemos que el camino está lleno de fracasos de los que se van aprendiendo.

-Parece que hemos dejado atrás la estigmatización de los enfermos y la sociedad ya ha asumido el problema...

-Desde luego que actualmente hemos superado el problema de la integración de los pacientes con VIH. Esto es una buena noticia, porque se ha luchado mucho porque gozasen de los derechos de los que eran sujetos. Pero no debemos integrarlo en nuestra normalidad.

-¿Por qué?

-Una preocupación que expreso con frecuencia es que nosotros no debemos acostumbrarnos a vivir con sida. El día que nosotros nos conformemos y lleguemos a la conclusión de que, al igual que ocurre con la malaria, podemos convivir de forma natural con la enfermedad habremos fracasado. Será el principio del fin. Porque esta enfermedad no va a desaparecer, ya no es cuestión de que sea la epidemia del siglo XX, sino que es la del siglo XXI y será la del siglo XXII si no tomamos conciencia. Todavía tenemos cifras importantes: cuatro casos por cada cien personas son para tener muy en cuenta. Esto es inaceptable.

-Las cifras han aumentado desde 2001, ¿hemos bajado la guardia?

-La política del miedo que se dio en los primeros años ahora ya no se impone. La existencia de tratamientos y la normalización de la enfermedad son necesarios, pero abren nuevas vías de entrada a la epidemia.

-¿Dónde están los errores?

-Uno de ellos es hablar de una única epidemia mundial, porque en realidad son muchas que se dan al mismo tiempo en diferentes sitios del mundo y no siempre de la misma manera. También se confunde a la gente cuando se habla en términos de promedios, como se hace en ONU-Sida, porque no se refleja la intensidad real en cada grupo, ya que la media da la impresión de que ganamos la batalla. No es así, porque en ciertos colectivos, sobre todo en el continente africano, la estamos perdiendo.

-Pero muchos piensan que el problema del «milagro de la ciencia» está en los costes...

-La gente no entiende que la prevención es cara. Una vacuna es más eficaz y barata a largo plazo. Por eso luchamos desde la fundación por que la investigación llegue a todos, sobre todo a los menos favorecidos.

-Mientras llega «el milagro de la ciencia», ¿cómo controlamos las cifras?

-Todo el botiquín de fármacos que poseemos nos ayuda a tratar a los pacientes, pero no debemos olvidar que por cada uno que hay en terapia existen cinco nuevos que se infectan. ¿Por qué? Nos descuidamos y deberíamos volver a políticas de educación más fuertes y más cercanas.

 

Trabajar a las órdenes de Bill Gates

–El propietario de Microsoft ha recibido millones de críticas por su forma de hacer dinero, a la vez que inicia fundaciones sin ánimo de lucro. ¿Cambia esta concepción cuando uno trabaja con él?

-La gente no sabe que Bill Gates con estas iniciativas no intenta promocionar su figura. No le interesa. Es un hombre bastante discreto, que se ha involucrado en los proyectos de investigación y viaja mucho al continente africano. La gente puede pensar que es muy cínico, pero ha puesto mucha más pasión e ilusión que dinero en este proyecto.

–¿Se involucra de lleno en ellos?

–Por supuesto. Su idea no es sólo encontrar la vacuna contra el sida, ése es sólo un pilar. Paliar las desigualdades y facilitar el acceso a la educación y la salud, bases claves en el desarrollo democrático, son las metas que persigue la Fundación de Bill y Melinda Gates.

 

Del laboratorio a la OMS

Sus gestos y sus ojos lo dicen todo de él. Expresan curiosidad, entusiasmo y sabiduría. Un hombre de ciencia como pocos. Toda su vida lleva consagrado a la investigación en materia de vacunas, desde que en primero de carrera viviera de cerca una importante epidemia de encefalitis vírica que afectó a la ciudad venezolana de Maracaibo. Este especialista en virología y biología celular cambió en 1986 los laboratorios por un puesto en la OMS, donde coordinó el Programa de las Naciones Unidas contra el Sida (Onusida). En sus escasos ratos libres combina su afición por la historia de la epidemiología con la numismática. A pesar de la distancia con Venezuela, sus raíces son profundas, no tiene más nacionalidad que la de nacimiento. Pero sus ojos se tornan tristes al reconocer que no le gusta la situación que se vive en su país.