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Sudáfrica

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Ha celebrado sus cuartas elecciones libres y ha elegido para llevar las riendas del país a un polígamo comunista acusado de corrupción

La Razón
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Sudáfrica, la nación más poderosa del continente negro, ha celebrado sus cuartas elecciones libres y ha elegido para llevar las riendas del país a un nuevo líder que se dice sucesor de Mandela pero que en realidad tiene muy poco en común con el anciano mandatario, artífice del fin del régimen racista que obligaba a los negros a vivir en barrios diferentes a los blancos, a usar transportes distintos, hospitales específicos para ellos y escuelas en las que tenían que ser de color hasta los profesores.Zuma, el ganador de estos comicios, es lo que se dice «todo un espectáculo». Tiene al menos cuatro mujeres y una veintena de hijos, se define como comunista y sus detractores dicen de él que, amén de polígamo, es violento, corrupto y un violador consumado. En los mítines canta siempre un himno zulú guerrillero en el que se repite machaconamente el estribillo «traedme la ametralladora». A sus 67 años, ha ganado estas elecciones con holgura, pero ya tiene un partido opositor negro, COPE, con miles de seguidores repartidos por todo el país, si bien la auténtica oposición la representa la Alianza Democrática de los blancos, en la que también militan muchos negros moderados.He tenido ocasión de vivir in situ estos días la confrontación electoral sudafricana desde dentro. Me ha sorprendido sobremanera este inmenso Estado mezcla de contrastes y culturas, en el que llama tanto la atención la modernidad de sus infraestructuras y edificios, como la miseria de sus barrios segregados carentes de servicios públicos y exportadores de delincuencia. Es Sudáfrica un país violento. No tanto como el vecino Zimbabwe, en donde la inseguridad y la persecución de las ideas están a la orden del día, pero violento por sus elevados índices de inseguridad. Antes vivían en guetos los negros: inmensas ciudades segregadas como Soweto, en donde se apiñan las chabolas de tejados de uralita en extensiones interminables. Ahora los que están encerrados son los blancos. Encierros de lujo en mansiones rodeadas de alambradas electrificadas y setos gigantes que no dejan ver sus interiores de campos de golf, modernísimos Mercedes o BMW, o los centros comerciales, hoteles, restaurantes y casinos de primera calidad en los que toda la mano de obra es negra.Eso es Sudáfrica. La nación con más casos de sida del continente. Cada día hay 1.500 nuevos contagiados. Cinco millones en un país que no llega a los cincuenta de población. Cuatrocientos mil de ellos mueren cada año. Tuve la ocasión de visitar una aldea para seropositivos en la que se vislumbra la enfermedad en los rostros duros de algunas madres, en las piernas atrofiadas de algunos jóvenes, en los llantos impotentes y las sonrisas inocentes de decenas de niños, la musculatura débil de chicas guapas a las que sorprendió el virus por culpa de la extendida poligamia, la errática política de prevención de un gobierno que aconseja combatir la enfermedad con ajos.Sudáfrica es el país en el que siempre ves a decenas de negros andando en dirección al trabajo por los márgenes de las carreteras, y a decenas de blancos, o de negros adinerados con usos y costumbres blancas, conduciendo modernos coches de última generación que nada tienen que envidiar a los que usamos en Europa. Ahora se preparan para acoger un mundial de fútbol, y nadie se explica cómo podrán hacerlo. El reto más grande de Zuma, el nuevo líder sudafricano.