España

Un gran avance pero no sin coste

El ascenso de la mujer ha sido espectacular y positivo, aunque no suficiente

La Razón
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En veinticinco años, la situación de la mujer en España ha dado un vuelco, si no espectacular, sí más que satisfactorio. Así lo demuestra el estudio «Las mujeres en cifras 1983-2008» que presentó ayer el Instituto de la Mujer. Los datos más significativos demuestran que su autonomía personal y laboral ha aumentado notablemente. Las cifras son elocuentes: si en 1982 sólo cuatro millones de mujeres formaban parte de la población activa, en la actualidad supera los nueve millones y medio. El potencial laboral de la mujer sale aún más reforzado al constatar que no sólo acceden a la contratación; también generan empleo, ya que el número de mujeres empresarias ha crecido un 37% en términos absolutos entre 2000 y 2007 y que un 31% son trabajadoras autónomas.
En educación el avance también ha sido sustancial, ya que en los últimos cursos universitarios el porcentaje de alumnas matriculadas superaba el 54%, por lo que ya adelantan a los hombres en el nivel de preparación. Del mismo modo, la presencia en la política, y por lo tanto en las distintas administraciones y organismos públicos, ha evolucionado al alza. En estos últimos 25 años se ha pasado de tener una presencia meramente testimonial a una participación más que destacable. No obstante el plausible avance experimentado, todas estas cifras deben leerse no sólo en términos de cantidad sino también de calidad. Y justo ahí aparece la gran asignatura pendiente que aún se debe superar en España. La realidad es que las mujeres padecen todavía una elevada discriminación salarial y, lo que es más significativo, copan las cifras de personas que optan por empleos de jornada a tiempo parcial, llegando a un abrumador 80,4%. Los datos son reveladores de la falta de ayuda que los poderes públicos regatean a la mujer, que en la casi totalidad de los casos en que eligen jornadas laborales parciales lo hacen para cuidar a sus hijos, personas enfermas, discapacitadas o mayores. La realidad tiene su lógica y ésta no es otra que para que las mujeres accedan al mercado laboral están pagando una factura que no sólo les afecta a ellas personalmente, sino también a sus familias, que pierden cohesión, y al conjunto de la sociedad. Lo cierto es que las mujeres tienen que hacer malabarismos para compaginar su faceta como trabajadoras y su vida personal y familiar. Ellas continúan asumiendo, casi en exclusividad y en un porcentaje altísimo, las labores del hogar y el cuidado de los hijos y los ancianos, multiplicando las horas del día y los esfuerzos. En España se ha avanzado muchísimo en el reconocimiento de la valía profesional y de los derechos laborales de la mujer, pero no sin coste y sin un enorme sacrificio personal que inevitablemente ha repercutido de modo negativo en la educación de los hijos, la cohesión de la pareja y el bienestar emocional de la familia, muchas de las cuales no han resistido la desintegración.
Precisamente por todo ello, se debe exigir a los poderes públicos una mayor implicación para que la mujer pueda asumir su protagonismo sin pagar a cambio un coste desproporcionado e injusto. En primer lugar, desde el ámbito más doméstico, incorporando al varón a la corresponsabilidad familiar, que no es una concesión, sino una obligación. Después, con mayores inversiones en crear una efectiva red de apoyo a la mujer que trabaja y sus familias, con mayores coberturas para guarderías y distintos tipos de asistencia. De lo contrario, lo que hoy se considera un gran logro para la mujer será juzgado en el futuro como un retroceso en su calidad de vida personal y familiar.