Yo no me creo a Zapatero

La Razón
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a larga experiencia dicta que, pasado el primer dolor, los políticos vuelven a las andadas. Eso, genéricamente, que concretamente el saldo es aún más negativo. Pasado el primer dolor de hace ya un año tras el doble asesinato de Barajas, el Gobierno no solo volvió a las andadas sino que se apresuró a conseguir un acuerdo con ETA. Todo el segundo trimestre de este año, desde marzo a junio, esta jalonado de intensas negociaciones de Zapatero y sus enviados con los forajidos del terrorismo. Hay que insistir en este recuerdo porque la reacción del Ejecutivo del PSOE abre hasta ahora muy pocas esperanzas. El discurso de Zapatero fue como siempre vacuo e inane; la concentración de mañana es una simple protesta obligada; la actitud de los nacionalistas, socios hasta la extenuación del Estado, de Zapatero, no alberga optimismo alguno. Únicamente existen dos pruebas que puedan convencernos de que el Gobierno ha rectificado para siempre. Una, el regreso urgente al Pacto Antiterrorista y la revocación de aquella bochornosa resolución parlamentaria que daba pábulo a Zapatero a negociar lo que fuera con ETA. Otra, la exigente petición al Gobierno de que, por la vía del fiscal general del Estado, se inste a la ilegalización de dos partidos terroristas: Acción Nacionalista Vasca y el Comunista de las Tierras Vascas. O existe esta disposición, o no nos creeremos ni una coma de la rectificación gubernamental.

Ninguna de las dos medidas ha sido anunciada. Y si no se anuncian cuando el dolor es intenso y cuando la emoción embarga la conciencia política, es que no se van a anunciar. Por eso, como le ocurre al PP, al de Rosa Díez, millones de ciudadanos, e incluso a algunos militantes del PSOE, entre ellos probablemente José Bono, que, claro está, no van a decir ni una sola palabra al respecto, yo no me creo al Gobierno o por decirlo de forma más suave –escribo en primera persona para arrostrar toda la responsabilidad de mi aserto– yo no me creo que Zapatero vaya a clausurar su etapa de picoteo y conmilitancia con ETA y, en suma, vaya a iniciar una nueva que tenga una imprescindible característica: la de acosar y derribar a esta banda de asesinos con la que ha estado tomándose el té desde nada menos que 2002, dos años antes de que llegara a la Moncloa.

Además, los primeros análisis surgidos después del asesinato de Francia abocan al pesimismo. Durante mucho tiempo, nos hemos ufanado de que nuestros cuerpos de Seguridad tenían prácticamente ahuecada, con mil infiltraciones, la estructura de ETA. Pues bien, tras el atentado sabatino debe inferirse que, por el contrario, también ETA tiene localizados a nuestros agentes. Y ¿cómo ha sido posible esto? Fácil: por la inacción antiterrorista que el Gobierno ha ejercido durante todos los meses, muchísimos, ahora parece una eternidad, contra la banda. Los bandidos se han pertrechado hasta las cejas, han campado a sus anchas fuera y dentro de nuestras fronteras y han ido descubriendo, poco a poco, a los mil topos que España y Francia habían introducido en la siniestra organización. De esta forma, hay que decirlo, lo probable es que la localización, tiroteo y muerte de este fin de semana, no sea una excepción, sea una muestra, de que ETA está en disposición de eliminar a nuestros agentes que trabajan allende los Pirineos. Zapatero eligió la debilidad y ahora no basta con conmoverse con palabras dulces: hay que actuar con todas las de la ley. Y esto no va a suceder. Dos días antes de que ETA volviera a matar, Zapatero se negó a revisar su política de cesiones. Tres días antes, lo contamos aquí, aún sus colaboradores se reunían en Francia con ETA. Pasado el primer dolor, volveremos a las andadas. Por eso, yo no me creo ni al Gobierno, ni, mucho menos a Zapatero. Es más: resultaría de una ingenuidad cercana a la estulticia pensar que este hombre que, desde el principio de su gobernación, escogió la marginación del PP, el entendimiento «como sea» con los nacionalistas, y la negociación con ETA, va a cambiar de política convencido de su inutilidad por la crueldad de ETA. No, cuando se comete un error, se comete hasta el final. Solamente un cambio de gobierno y de partido en marzo puede devolvernos la tranquilidad. También la dignidad.