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Arde América Latina

Chile lleva más de 40 días presa de importantes disturbios, pero antes que la «Suiza» iberoamericana muchos otros países entraron en una dinámica que parece contagiarse a todo el continente

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José MaluendaLa Razon

Las palabras de ayer del secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, ilustran bien el cómo y el porqué del incendio social, político y económico que recorre América Latina de norte a sur desde hace varios meses. El lugarteniente de Trump allende los mares dijo que Washington está trabajando para apoyar a los gobiernos «legítimos» en la región frente a las movilizaciones populares para evitar que éstas sean «secuestradas» por Cuba y Venezuela. Y este parece ser el quid de la cuestión. Desde Bolivia a Ecuador, pasando por Chile, Colombia o Nicaragua, dos modelos antagónicos, los de siempre, parecen haber recobrado las ganas mutuas de plantarse cara. El hiperliberalismo que se ha demostrado implacable con las clases menos pudientes, como ha ocurrido en Chile, frente al estilo caudillista de líderes del espectro bolivariano, véase el caso del huido líder bolivariano Evo Morales. Dos ideologías que se acusan mutuamente y que tienen acogotada en medio de la refriega a los ciudadanos, que han decidido gritar un descontento casi existencial en la calle. En esto los países iberoamericanos no difieren de lo que ocurre en lugares lejanos pero hiperconectados como Hong Kong, Beirut o París, donde la pérdida de confianza en los representantes políticos es la misma. Según explica un periodista español afincado en Santiago de Chile, la gente ha dicho “basta” a situaciones extremas de inequidad en una nación como Chile, «donde los maravillosos números macroeconómicos no se corresponden con la vida que lleva la gran mayoría de la gente, a la que no le llega nada de lo bueno en un país en el que se ha de pagar por todo». La desigualdad, de nuevo, como base del descontento, un acicate que están aprovechando movimientos de extrema izquierda que quieren «hacer saltar todo por los aires» porque para ellos, cuanto peor, mejor. Sin ceder a la tentación de generalizar (algo, por otra parte, imposible en un paisaje tan heterogéneo), es cierto que el descontento tiene elementos comunes más allá de los colores. Corrupción de las élites, regímenes que se perpetúan, abusos de poder... Un caldo de cultivo para la gresca en unas democracias que, aunque imperfectas, no dejan de ser democracias.