Coronavirus

Un confinamiento en ultramar (XX): Droga dura

El Gobierno falla. No establece protocolos cuando debía. No cierra las fronteras. No prohíbe las grandes concentraciones

New York Coronavirus Cases Maimonides Medical Center
Mensaje de apoyo a los sanitarios en un hospital de Nueva YorkJUSTIN LANEEFE

Más de 10.000 muertos en Nueva York. 560.891 positivos en Estados Unidos. Los frescos, impasible el ademán, gordos en el caldo amniótico del impudor, recomiendan urbi et orbi perdonar los pecados de gestión propios. Quién iba a imaginarlo. Las pandemias es lo que tienen. A mí con esas mascarillas. ¿Respiradores? ¿De qué respiradores hablan? Fuleros inevitables, exigen que el amigo invisible, o europeo, o extraterrestre, gaste su dinero y ahorros en salvarnos los cuernos. Antes de colectivizar la propiedad, que viene luego, arrancan por socializar los desatinos propios. De sus gobiernos. De su infame desgobierno. O como explicó, inolvidable, el ex ministro de Industria, Miguel Sebastián: «El Gobierno se ha fiado de unos expertos que han fallado y recogía el sentimiento social de que no hay que alarmarse tanto. Ha sido un error, pero toda la sociedad». Recuerden, amiguitos, que el Gobierno falla. No establece protocolos cuando debía. No cierra las fronteras. No limita los vuelos. No prohíbe las grandes concentraciones de personas. No atiende a la tragedia en directo que vivía Italia. No considera fiables los modelos que el 4 de marzo avisan de que la epidemia estaba descontrolada en España. No compra material sanitario cuando todavía era posible. No sigue el ejemplo de Corea del Sur o Hong Kong o Singapur en el uso del big data. Pero todo porque fallan los expertos y los expertos fallan porque al fondo, espectador/actor inevitable, estaba la sociedad, el popolo, convencido a la bartola de que no había que alarmarse tanto. Qué bonito todo. A qué espera para fichar como asesor de Donald Trump. Desde luego comparten guión y culpables. Y cuánto disfrutamos con esos funcionarios que, en su versión o casta sacerdotal, filósofos, sociólogos, politólogos, etc., hacen la exégesis de la ruina. Descrita con mucho colorido… e indisimulada alegría. Si total. Si ellos saldrán indemnes. Si les sale gratis rebozar de purpurina sus deyecciones, los yerbajos con los que pretenden curar un mal que solamente les interesa como propulsor de elucubraciones, las cantatas reaccionarias para colarnos de rondón su odio a la libertad y su nostalgia de un futuro sovietizado o Matrix.

Qué decir del funcionariado de tropa. Porque hay policías, militares y médicos en la línea de fuego. Pero también cientos de miles de funcionarios que ahora mismo, en España, ven series de televisión en plataformas, bostezan cantidad, tuitean sus diarios, graban vídeos del aperitivo, la merienda, el almuerzo y la gran quedada nostálgica con los colegas del curso del 84 y, al fin, cobran e ingresan la totalidad del sueldo. Una paga que, juraría, les subieron un 2 por ciento.

Mientras tanto, recuerda un amigo, «los autónomos y pymes piden préstamos para pagar los impuestos que sufragan, entre otras cosas, esos sueldos y subidas». Añade que el Consejo General del Poder Judicial y el Ministerio de Justicia piensan habilitar agosto (civilmente inhábil), para que los abogados curren. Mientras, los funcionarios cogen vacaciones. Reclama atender al enunciado de la recomendación del CGPJ, o sea, «desincentivar las litigaciones sin fundamento mediante la regulación específica de la condena al pago de las costas procesales o la posibilidad de imponer una multa como consecuencia del mantenimiento de posiciones injustificables». Maravilloso, ¿eh? ¿Quién determina qué posiciones son injustificables y por qué? ¿Qué hacemos con el juicio, que permite tasar pruebas y aquilatar o desmontar argumentaciones, acusaciones y defensas? «Como si vas al médico y te cobran tras determinar las pruebas y análisis que estabas sano», añade, con la conciencia del que denuncia los peligros, corrosivos, contra las libertades. Otros, felices en sus picos hiperglucémicos, prefieren hablar de conspiraciones planetarias. Agotado, me conformo con recibir mi ración diaria de alpiste catódico. Mis abluciones de política fake y clásicos apesadumbrados de gente que entiende la compasión como dulce ejercicio autorreferencial.

No faltan los bancos de tóxicos, la farmacopea dura al servicio de peatón ahogado. Mis favoritos, con independencia de los pasotes de Trump, son las prodigiosas intervenciones de tipos tan monstruosamente huecos como Pedro Sánchez. Empeñado en tutearnos y titilar con esa sonrisa cartón piedra de los astros de serie B a los que el mundo y sus locos azares ascendieron demasiado arriba y demasiado deprisa.