Trump no es un accidente de la historia

Una parte sustancial del electorado estadounidense no está de acuerdo con la agenda de los progresistas demócratas

Ilustración de Donald TrumpPlatónLa Razón

La elección de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos en 2016 se ha explicado de varias formas, todas ellas sugerían que era un presidente accidental. Su victoria se atribuyó a la campaña mal dirigida de Hillary Clinton, sus limitaciones personales como candidata, al fracaso de la clase política estadounidense (de la cual la secretaria Clinton es un ejemplo estereotipado), un levantamiento populista contra las élites de las que Trump simplemente se benefició, y a las fuerzas injerencistas extranjeras. Sin embargo, el resultado de las elecciones presidenciales de 2020 ha demostrado que la elección del magnate en 2016 no puede etiquetarse como un accidente de la historia.

Si bien aún no se conocen los resultados finales de las elecciones,ha quedado claro que Trump ha recibido al menos el 48% de los votos emitidos en todo el país y ha ganado al menos veintitrés Estados. Ganó los Estados críticos bisagra de Florida y Ohio, se aferró a Texas, y está a la cabeza en Pensilvania, Michigan y Georgia. Además, a los candidatos republicanos les fue bien en las elecciones al Senado, y el Partido Republicano aún puede retener su mayoría en la Cámara Alta del Congreso. Estos resultados frustraron las esperanzas de los demócratas, e, incluso, de algunos republicanos, de que Trump sería despedido sumariamente por un electorado que «ha vuelto en sí» después de cuatro años de tuits y grandilocuencia. La revolución progresista aún no ha llegado.

Incluso si Trump finalmente termina como presidente de un solo mandato, está claro que su victoria en 2016 no fue simplemente una casualidad. A pesar de su estilo personal abrasivo, combatividad y su negativa a seguir la mayoría de las normas de la política estadounidense, se ha ganado el apoyo de una casi mayoría de votantes y el apoyo de sectores que sus críticos habrían creído imposible. Atrajo el 34% de los votos hispanos o latinos y el 27% del asiático-americanos. Se desempeñó sorprendentemente bien con esos grupos étnicos a pesar de las acusaciones de que es nativista. Incluso se ganó el apoyo del 43% de las mujeres, a pesar de las afirmaciones de que él las repele. Solo entre los afroamericanos, donde obtuvo el 8% de los votos emitidos, su desempeño ha sido tan pobre como se anticipó. Claramente, Trump ha logrado atraer a votantes más allá de su base de hombres con educación secundaria, en su mayoría de áreas rurales.

¿Qué está pasando? Las limitaciones de Trump son bien conocidas, razón por la cual su índice de aprobación como presidente nunca superó el 49%. De hecho, como han observado algunos comentaristas, los estadounidenses saben mucho más sobre él que sobre la mayoría de los presidentes. Lo que se pasa por alto, particularmente por un medio de comunicación que claramente detesta a Trump, es que ha conectado con una parte sustancial del electorado estadounidense (aproximadamente la mitad) que rechaza la dirección en la que los progresistas quieren dirigir a Estados Unidos. Es fácil descartar a sus partidarios como lo hizo Hillary Clinton cuando los llamó «deplorables»: racistas, misóginos y nativistas. Hay algunos de esos elementos en la base de Trump, pero también hay otros que odian a Estados Unidos en la base del Partido Demócrata. Denuncias como éstas –llamar a la gente «deplorables» o «anarquistas»– no explica por qué aproximadamente la mitad de los votantes del país eligieron a Trump. Las razones son más complejas que el fanatismo y el deseo de regresar a una América blanca donde las minorías se mantengan a raya. Más bien, lo que está sucediendo es que una parte sustancial del electorado estadounidense no está de acuerdo con la agenda ofrecida por Joe Biden y los progresistas que ahora lideran el Partido Demócrata. Recuérdese la carrera por la nominación demócrata. Entre los principales aspirantes a la nominación del partido, Biden representó la opción más moderada. Tenía un historial de trabajo con republicanos en el Senado, creía en el compromiso y dudaba de varias de las propuestas más ambiciosas de los progresistas (incluido el seguro nacional de salud de pagador único y el «Green New Deal»). Pero ganó la nominación en gran parte al aceptar la mayoría de los elementos de la agenda progresista, incluso se sugirió que sería más cauteloso que Bernie Sanders o Elizabeth Warren, o incluso que Kamala Harris, al impulsar esa agenda. Anteriormente había apoyado el derecho al aborto, pero también aceptó sus limitaciones (en 2020, abandonó todos los límites al aborto en favor de la visión progresista del aborto sin restricciones). En resumen, Biden ganó la nominación demócrata al aceptar las líneas generales de la agenda progresista.

Donald Trump se ha convertido en el principal oponente de esa agenda de izquierdas. Llegó a la presidencia en 2016 atacando a Hillary Clinton, la clase política profesional y la «cienaga» de Washington. Rechazó las políticas que, según él, estaban creando una «carnicería estadounidense» de desempleo, despilfarro, inmigración ilegal y compromisos militares innecesarios en el extranjero. Siguió su propia visión como presidente, a veces de manera eficaz y otras de manera inepta, y presentó su campaña de reelección como una oportunidad para contener los peligros de las políticas de izquierda. Se ha presentado como el principal opositor a la revolución progresista que muchos demócratas han prometido.

Al presentarse a sí mismo como un bastión contra el socialismo y el progresismo, Trump ganó aproximadamente la mitad de la nación. Su patriotismo algo grandilocuente resonó entre los votantes que consideran que los progresistas no son lo suficientemente patrióticos. Apoya el crecimiento económico por encima de la regulación ambiental. Su nominación de jueces conservadores, incluidos tres miembros de la Corte Suprema, lo hacen atractivo por los votantes provida. Puede que haya sido inexacto al denunciar a Joe Biden como un «socialista», pero esa etiqueta se aplica en gran medida (pero no precisamente) a la agenda que ha llegado a dominar al Partido Demócrata y es adoptada por muchas de sus principales voces. Aún no sabemos si será presidente durante los próximos cuatro años, pero ha demostrado que su mensaje tiene atractivo. Dado que se ha ganado el apoyo de aproximadamente la mitad del electorado, sus partidarios no pueden ser descartados simplemente como una «cesta de deplorables». También está claro que Trump no ha obtenido una mayoría de voto popular, por lo que tampoco es cierto que pueda afirmar que su visión ha triunfado. Aproximadamente la mitad del país respondió a su mensaje, incluso si el éste tiene graves defectos. El propio presidente será reemplazado por otros en su partido, tal vez antes, tal vez más tarde, pero ha pospuesto la revolución progresista.