Biden acaricia una agónica victoria

El candidato demócrata a la Casa Blanca se coloca en cabeza en Pensilvania y Georgia a la espera de que concluya el recuento y los abogados de Trump impugnen el resultado

El candidato demócrata a la Casa Blanca, Joe Biden, acaricia la victoria en las elecciones presidenciales de EE UU tres días después de cerrarse las urnas. Un triunfo agónico, discutidísimo, peleado voto a voto. Una victoria que todavía está pendiente de la más que posible revisión de las papeletas en varios Estados. Incluidos Georgia y Pensilvania.

Por no hablar de los múltiples ataques legales, los pleitos y demandas anunciados por los republicanos, que por algo mantienen un equipo de varios miles de abogados dispuestos a litigar cada caso dudoso, cada urna mal contada, cada colegio electoral donde los observadores no hayan gozado de las preceptivas garantías o existan dudas respecto a la distancia a la que pueden contemplar el proceso, etc.

Los demócratas, por supuesto, también cuentan con su escuadra de leguleyos. Unos y otros pedían dinero de forma frenética a sus seguidores. La guerra legal, de darse, será incruenta y costará millones. Aunque serán una nota a pie de página después de la ingente inversión que realizaron unos y otros durante la campaña electoral.

Joe Biden y Donald Trump, con independencia de quién hubiera ganado, eran ya los dos candidatos más votados de la historia. El maremoto de papeleras recogidas los inviste de autoridad al tiempo que pone coto a las hipotéticas críticas internas.

No es lo mismo masacrar a una Hillary Clinton incapaz de batir las marcas de Barack Obama que a un ex vicepresidente que ha triturado los récords de su antecesor. Y por discutibles que resulten las afirmaciones vertidas por Trump sabe de sobra que tiene detrás más de 60 millones de fieles votantes.

Para el aspirante demócrata, todo dependía de que su candidatura fuera capaz de mantener la creciente ventaja en esos dos Estados. Aunque le bastaba con Pensilvania. O que se mantuviera en cabeza en Nevada y Arizona. Para entender lo ajustado del proceso, basta asomarse a cualquiera de ellos.

En Pensilvania, por ejemplo, al cierre de esta edición, Biden acumulaba el 49,5% de los votos (3.310.256) frente al 49,3% (3.296.885) de Donald Trump. En Georgia, tradicionalmente republicano, corazón del viejo sur, Biden sumaba 2.450.194 votos, el 49,4% frente a los 2.448.632, el 49.4%, del republicano.

En Arizona, la distancia ya era de apenas un punto y medio porcentual a favor de Biden, y faltaba por contar el 7% de los votos. En la mayoría de los territorios en juego, el demócrata llegó desde atrás. Le beneficiaba el sistema local de recuento de votos, que deja para el final los que llegan por correo y también los que han sido entregados en mano de forma anticipada.

No sucede lo mismo en Arizona, donde Trump remontaba centímetro a centímetro. Allí existe además una gran tradición de votar sin acudir a las urnas el día de las elecciones, mediante sistemas alternativos dada las peculiaridades geográficas del Estado fronterizo con México.

Por lo demás, el todavía presidente siempre animó a los suyos a que acudiesen a votar el 3 de noviembre. Todos en EE UU sabían que el voto por correo beneficiaría a los azules y el presencial a los rojos. A Trump parece haber funcionado el relato sobre los éxitos económicos, lastrados por las consecuencias de la pandemia.

Pero a Biden tampoco le fue muy bien si comparamos sus marcas con lo pronosticado por las encuestas. Ni hubo marea azul ni los demócratas han sido capaces de consolidar en Capitolio una mayoría imprescindible si de verdad aspiran a algo más que a disponer de un político afín en la Casa Blanca. No es poco ganar la Presidencia, pero no es lo mismo gobernar con las dos Cámaras a favor que con un Senado previsiblemente en manos del líder de la mayoría republicana, Mitch McConnell, que da por segura su feroz oposición y su compromiso para mantener en pie los grandes logros trumpistas.

Sin olvidar que el Tribunal Supremo cuenta con una holgada mayoría conservadora, gracias a los cuatro años de Presidencia de Trump y a su precisa coordinación con McConnell. Al final, resulta imposible no pensar que muchos demócratas y no pocos republicanos e indecisos votaron por Biden porque no querían a Trump. Un presidente teóricamente de consenso como Biden resulta así, más bien, el candidato a la contra. El presidente del rechazo a los modos netamente autoritarios de su antecesor.

En la política estadounidense contemporánea, se vota más desde el espanto que desde el entusiasmo, más frente al enemigo común que a favor de unas ideas o un programa. Lo había dicho Biden en una de sus comparecencias más dramáticas desde Wilmington (Delaware), mientras fuera del edificio donde comparecía arreciaban los gritos de los partidarios de oponente. «Nosotros, el pueblo, no seremos silenciados. Nosotros, el pueblo, no seremos intimidados. Nosotros, el pueblo, no nos rendiremos».

Lejos de proclamarse ganador, admitió que «está claro que estamos ganando suficientes Estados para llegar a 270 votos electorales», pero añadió que no pensaba declararse ganador antes de tiempo. «Estoy aquí para informar de que cuando termine el recuento seremos los ganadores». Dada la altísima probabilidad de que el recuento tenga que repetirse en varios Estados, la idea de que podría presentarse como ganador antes de tiempo resulta muy poco probable.

Biden se ve como presidente. Pero su experiencia como político muy baqueteado, sus principios de hombre comprometido con los mecanos del sistema y el consejo de todos sus asesores le invitan a mantener la cautela.