Democracia liberal vs. democracia iliberal

El tuit desplaza a la reflexión, el improperio al razonamiento. Son tiempos en que la verdad no cuenta y el nacionalismo crece como la espuma

El presidente estadounidense Donald Trump junto al mandatario brasileño Jair Bolsonaro en la Casa Blanca
El presidente estadounidense Donald Trump junto al mandatario brasileño Jair Bolsonaro en la Casa BlancaEvan VucciAP

En los últimos tiempos están ocurriendo en el mundo hechos prodigiosos muy alejados de todo vaticinio. Acontecimientos inusitados que se salen de la norma. El 1 de enero de 2019, Jair Bolsonaro –conocido por sus posiciones nacionalistas y proteccionistas– es investido presidente de Brasil. El 27 de octubre de ese mismo año, el peronismo –de la mano de Alberto Fernández y de Cristina Fernández de Kirchner– vuelve al poder después de haber arruinado Argentina. El 14 de marzo de 2020, el sandinismo convoca una marcha multitudinaria «Amor en los tiempos del covid-19» para arropar a Daniel Ortega, que disfruta de su cuarto mandato.

El 17 de noviembre de ese año, el Movimiento al Socialismo (MAS) arrasa en las elecciones de Bolivia, solo unos meses después de que su líder Evo Morales se hubiese visto forzado a presentar la renuncia después de unas elecciones consideradas fraudulentas por la Organización de Estados Americanos (OEA). Solo hace unos días, una masa enfurecida alentada por un discurso incendiario de Donald Trump, asalta el Congreso de Estados Unidos, y lo peor es que la mayoría de los votantes republicanos justifican la insurrección. El nuevo presidente Joe Biden promete enmendar la era Trump, pero está por ver hasta qué punto será posible reconstruir las deterioradas relaciones dentro y fuera de un país profundamente dividido.

Son enormidades –como diría Unamuno– a las que se han dedicado ríos de tinta. Valga, de momento, con constatar que probablemente es el miedo a las dificultades y consecuencias de la globalización uno de los factores más importantes que explica estos prodigios: miedo a perder el puesto de trabajo, a ver recortados los salarios o a sentir diluidas identidades culturales multiseculares supuestamente estáticas. Hasta ayer por la tarde dominaba el miedo a sucumbir a un ataque terrorista indiscriminado o a un apocalipsis ecológico. Hoy se ha sumado al listado el miedo ante la amenaza y las consecuencias de la pandemia global… A caballo de estos miedos, el temor al otro no ha dejado de crecer, un prejuicio siempre latente y bien arraigado que ha sido hábilmente instrumentalizado y azuzado por los populismos de izquierda y de derecha. El tuit desplaza a la reflexión, el improperio al razonamiento. Son tiempos en que la verdad no cuenta.

El deterioro que hoy vivimos no es de ayer, viene de lejos: desde hace unos años el llamado orden liberal –primacía de la ley, separación de poderes, derechos humanos, instituciones internacionales y orden económico abierto– está siendo sometido a una presión cada vez mayor. Y lo peor es que este sabotaje se alienta desde la Casa Blanca, precisamente el lugar donde nació. Los derechos políticos y las libertades civiles en todo el mundo están en su punto más bajo en más de una década. El nacionalismo crece como la espuma; se cuestiona la autoridad de los organismos internacionales y se denuncian los acuerdos internacionales de control de armas (INS) o de lucha contra el cambio climático (Acuerdo de París). Se cuestionan pilares de la democracia liberal que parecían más allá del debate en las democracias consolidadas, desde la libertad de prensa hasta el estado de derecho o la independencia judicial. Los autócratas se crecen y las democracias liberales se baten en retirada. La libertad está en peligro. El mundo está, como le gustaba decir al presidente alemán Frank-Walter Steinmeier, «out of joint» –fuera de lugar– (Conferencia de Seguridad de Múnich, 2018).

En España las cosas no van mucho mejor porque estamos atravesando una crisis institucional sin precedentes. Pedro Sánchez se hizo con el control absoluto del PSOE, un poder que no había tenido ninguno de sus antecesores en el cargo. Arropado por este poder omnímodo, pudo entenderse con el Partido Popular y Ciudadanos para iniciar un proceso de regeneración institucional y económica de gran calado. No quiso; prefirió hacerlo con Podemos, ERC o Bildu inaugurando así una política de bloques o frentista que creíamos enterrada desde la Transición. Los frutos de esta forma de hacer gobierno están a la vista: silenciamiento del Congreso, ninguneo del Senado, abuso del decreto ley, asalto a la Fiscalía e intento de controlar la Judicatura. Ahora la frontera no está entre derechas e izquierdas, está entre los que creemos en la democracia liberal y los que no tienen empacho en destruirla para perpetuarse en el poder. Al precio que sea.

Concluyo con una frase profética de Ortega y Gasset: «Confío en que los partidos no pretenderán hacer triunfar a quema ropa lo peculiar de sus programas. La fácil victoria que pudieran conseguir caería sobre su propia cabeza. La historia no se deja fácilmente sorprender. A veces lo finge, pero es para tragarse más absolutamente a los estupradores» («Un Aldabonazo», 9 de noviembre de 1931). Así de sencillo.