Argentina no se levanta del diván

Hay una pregunta que se formula constante: ¿cómo es posible que Argentina, siendo un país rico en materias primas y disponiendo de una cultura muy elaborada, viva en el filo de la decadencia?

Hay una pregunta que se formula constante: ¿cómo es posible que Argentina, siendo un país rico en materias primas y disponiendo de una cultura muy elaborada, viva en el filo de la decadencia?

Existe América Latina y luego existe Argentina. Dicen que es un trozo – bastante grande – de Europa, de lo mejor de su cultura, que ellos sofisticaron de la mano de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, entre otros miembros de una élite literaria cuya influencia es notoria en la actual literatura hispana. Suele también bromearse sobre que los argentinos viven tumbados en el diván del psicoanalista – ahora ya sólo los que se lo pueden pagar – con la intención de descubrir cuál es su enfermedad, sin dar con el diagnóstico exacto.

Hay, también, una Argentina pendiente de los paneles de las oficinas de cambio, del precio del dólar y de la depreciación del peso, lo que no entra en contradicción con que Buenos Aires, por ejemplo, sea la ciudad con más librerías del mundo. Conviven con esa contradicción irresoluble, lo que indica que fue uno de los países más ricos del mundo –se da por aceptado que en 1896 ocupó el primer puesto de PIB per cápita–, lugar elegido por tantos emigrantes, y que ahora vive una decadencia económica con consecuencias sociales sangrantes.

La pobreza creció al 33,6%, la más alta de la década – según un informe anual de la Universidad Católica Argentina – y la indigencia alcanza el 6,1%. Los números siempre son fríos, pero la imagen de las llamadas «ollas populares» son demoledoras. Nunca un cambio de gobierno ha podido crear tanta incertidumbre económica. Cuando el candidato kirchnerista Alberto Fernández ganó las primarias el pasado agosto fue recibido con una caída del peso del 30%; ahora, tras su victoria definitiva, las bolsas reaccionaron en sentido contrario, asumiendo que ante la gravedad de la situación es necesario un gobierno estable, aunque la inquietante presencia de Cristina Fernández de Kirchner aceche con sus recetas intervencionistas y caprichos políticos.

El peronismo ha vuelto, aunque siempre vuelve transmutado por la figura que lo preside. Ya se habla del «albertismo». Es un movimiento político netamente argentino – aunque resuene una concepción del Estado a la manera musoliniana, incluso falangista –; un populismo antes de que se acuñase el término y en él conviven tendencias dispares que a veces acaban a tiros, desde la extrema derecha a la izquierda armada. Siempre quedará la «Patria contratista», madre de todas las corrupciones.