Benny Gantz, la hora del ex general benevolente

El líder de Azul y Blanco ha logrado dar el «sorpasso» al Likud de Netanyahu pero ahora se enfrenta su mayor reto: tejer un gobierno

Un cartel electoral del líder de Azul y Blanco, el hombre del momento en la política hebrea / Reuters
Un cartel electoral del líder de Azul y Blanco, el hombre del momento en la política hebrea / Reuters

El líder de Azul y Blanco ha logrado dar el «sorpasso» al Likud de Netanyahu pero ahora se enfrenta su mayor reto: tejer un gobierno.

«Un ex comandante en jefe del Ejército no requiere elaborar una primera impresión. Ya ha cumplido con el rol de convertirse en el severo, pero benevolente, padre de la nación. Benny Gantz puede ser nuevo en política, pero no necesita construirse una figura pública», escribía el periodista de «Haaretz» Anshel Pheper días antes de que el líder de Azul y Blanco emitiera su primer discurso político. En Israel, las Fuerzas Armadas son sin lugar a dudas la institución más valorada y respetada del país, ya sea porque es el único espacio que une y fuerza la convivencia entre israelíes procedentes de las distintas –y confrontadas– «tribus» del Estado judío, o porque es el garante de la seguridad nacional, la indiscutible prioridad que marca la agenda política y es la baza número uno a tener en cuenta para ganar elecciones.

Por ello, cuando en 2018 saltaron los rumores de que el ex jefe del «Tzahal» estaba tanteando su salto a la primera línea política, despertó la ilusión de buena parte de la ciudadanía y los partidos políticos del centro izquierda. Curtido en todos los rangos que se pueden adquirir en el Ejército, Gantz recordaba en entrevistas televisivas algunas de sus más memorables operaciones. Fue parte de la misión que aseguró la crucial visita del presidente egipcio Anwar Sadat a Israel. En 1991, fue el comandante de la unidad que aseguró en una épica operación de 36 horas el transporte desde Addis Ababa de 14.000 judíos etíopes hacia Israel. En el año 2000, tras 18 años de ocupación militar israelí en el sur de Líbano, fue el último soldado en cruzar la frontera y cerrar con llave la verja.

En los inicios del verano de 2018, Gantz acudió a la celebración de la festividad de «Shavuot» –que celebra el recibimiento de la Torá en el Monte Sinaí, pero en el «renovado» Israel secular también conmemora el inicio de la temporada agrícola– en un «kibutz» al norte del país. Este reportero recuerda cómo el entonces líder del laborista, Avi Gabbai, se apresuraba por estrecharle la mano y lograr la foto junto al alto y fornido ex general.

Quien ahora tiene en sus manos serias opciones de convertirse en primer ministro, era reacio entonces a emitir públicamente cualquier insinuación política, y menos de acercarse demasiado a ninguna facción de su mismo campo ideológico.

Gantz debía montar a toda prisa una plataforma capaz de enfrentarse al poderoso Likud del primer ministro, Benjamin Netanyahu, cuya fiel base electoral se moviliza sin cuestionar un ápice la legitimidad del líder. Para ellos, es «Bibi el Rey». Y su prestigio como ex jefe del Ejército no le suponía un automático éxito en su salto a la habitualmente turbia arena política israelí. Amon Lipkin-Shahak, que también encabezó el Ejército y dio un salto frustrado a la política, recordó que «no puedes predecir cómo se comportará un general. En la Armada, tiene mucha autoridad y el apoyo de un sistema establecido. En política, debes aprender códigos distintos, armar coaliciones, cuidar tu espalda y hacer sacrificios».

Su habitual posado poco enérgico hacía predecir que la transición se le podría atragantar. Como tantos otros ex generales, al abandonar el cargo ingresó con facilidad en consejos de administración de grandes compañías, sirvió como voluntario en ONG y proyectos educativos para judíos y beduinos en el Negev, y dio conferencias aprovechando su prestigioso currículum.

Antes de emitir su primer discurso, aprovechó para anunciar la creación de su partido Josen LeIsrael (Resiliencia para Israel), que días después se fusionó con el centrista Yesh Atid de Yair Lapid y Telem del ex ministro de Defensa Moshe Yaalon para lanzar la coalición Azul y Blanco. Adhiriendo al también ex jefe del Ejército Gabi Ashkenazi, conformó una «lista de los generales», haciendo de esta manera oídos sordos a los cantos por forjar una amplia coalición con los partidos de izquierda.

Consciente de que debía seducir a votantes del Likud si quería tener posibilidades de ocupar la residencia de la calle Balfour, dudaba si lanzar toda la caballería contra el primer ministro. En caso de ser demasiado blando, podría perder la confianza del votante tradicional de centro izquierda, dispuesto a «prestar» el voto a Gantz como voto útil en detrimento de Avodá o Meretz.

En su primer video de campaña, apostó por un polémico eslogan para intentar venderse como una alternativa a Netanyahu, el «míster seguridad»: difundió tomas áreas de la franja de Gaza completamente devastada tras los bombardeos israelíes de la guerra de 2014, con un contador remarcando que bajo su mando se atacaron «6.231 puntos de Hamas y se mató a 1.364 terroristas». Más de 2.200 gazatíes y 71 israelíes murieron en aquel conflicto, que se alargó durante 50 días. Para contrastar su primera impresión militarista, difundió un segundo anuncio en el que con su suave tono de voz «soñaba por alcanzar la paz», acompañado por imágenes de líderes israelíes estrechando la mano del ex presidente egipcio Sadat o el ex líder palestino Yaser Arafat.

Apelando constantemente a la unidad nacional, Gantz carece por ahora de una sólida coalición de partidos que le apoyen.