Bruselas y Berlín respiran aliviados

Pese a la victoria del candidato favorito en las cancillerías europeas, la UE observa con inquietud cómo más del 40% de los franceses apoyan partidos que cuestionan el proyecto europeo

La canciller Angela Merkel y la primera ministra polaca, Beata Szydlo, ayer en Hanóver
La canciller Angela Merkel y la primera ministra polaca, Beata Szydlo, ayer en Hanóver

Pese a la victoria del candidato favorito en las cancillerías europeas, la UE observa con inquietud cómo más del 40% de los franceses apoyan partidos que cuestionan el proyecto europeo

A pesar de que las instituciones europeas mantienen su consabida neutralidad ante los procesos electorales internos, ayer tanto el Ejecutivo comunitario como la Cancillería germana quisieron mostrar de inmediato su apoyo a Emmanuel Macron. El portavoz del Ejecutivo comunitario, Margaritis Schinas, anunció en Twitter que Jean Claude Juncker había felicitado a Macron y deseado buena suerte de cara al 7 de mayo. En un movimiento paralelo, el portavoz de Angela Merkel también le deseó «lo mejor».

En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas no sólo se dirime un modelo de país sino el futuro de Europa, su propia supervivencia. Porque los peores enemigos son los internos. Ni el Brexit ni Trump tienen el mismo potencial devastador que una eventual salida de Francia de la moneda única y del club comunitario, tal y como propugna la líder ultraderechista Marine Le Pen. París es el corazón de Europa, uno de sus tradicionales motores junto a Berlín.

Aunque la batalla no ha terminado, las cancillerías europeas respiraron ayer con cierta tranquilidad tras el buen resultado de Macron. La presencia de la líder ultraderechista Marine Le Pen en esta segunda votación, si bien no puede considerarse una buena noticia, estaba descontada desde hace tiempo en las capitales de la UE. Bruselas da por supuesto que se repetirá el mismo resultado que en el año 2002, cuando los votantes moderados se unieron para formar un dique de contención sin fisuras para elegir al conservador Jacques Chirac y alejar del Elíseo al progenitor de la actual candidata del Frente Nacional.

La primera prueba de la repetición de este escenario llegó ayer cuando tanto François Fillon como Benoît Hamon, los representantes de los tradicionales partidos de derecha y socialdemocracia, pidieron el voto para Macron. En los pasillos comunitarios se da por seguro que, tal y como ha pasado en Holanda con la derrota de Geert Wilders, el populismo ha tocado techo y que paradójicamente, el azaroso proceso del Brexit y la llegada de Trump pueden convertirse en los mejores aliados a la hora de conjurar el peligro de Le Pen y movilizar el voto moderado, unido por el miedo al extremismo.

Los peligros, sin embargo, no se han disipado. La presencia de la líder populista en la segunda vuelta y el sorprendente buen resultado de Mélenchon demuestran que más de 40% del electorado francés está profundamente en contra del proyecto de integración europeo, al menos con sus características actuales, y que la victoria de Macron, un líder sin partido propio, puede complicar la puesta en marcha de su programa electoral y aportar incertidumbre de cara a las elecciones legislativas francesas del mes de junio.

En los últimos meses, los contactos de Macron con los líderes europeos se han multiplicado. Incluso ha recibido la bendición del todopoderoso ministro de Finanzas alemán, desatando las iras de François Fillon. Macron se ha presentado como un europeísta convencido, respetuoso con el Pacto de Estabilidad y Crecimiento que limita el déficit público y alguien dispuesto a abordar, de una vez por todas, esas reformas estructurales que le ha venido reclamando Bruselas durante los últimos años. Una melodía que, de momento, gusta en Berlín, a pesar de que los planes de Macron de poner en marcha mecanismos de solidaridad europeos y un presupuesto para la zona euro han contado con la oposición alemana.