Mugabe, el fin de un dictador

Según ha anunciado el presidente del Parlamento, Jacob Mudenda, durante la sesión en la que se discutía el proceso de 'impeachment' en contra del mandatario.

Robert Mugabe presenta finalmente su dimisión, una semana después de que el Ejército tomara el control del país

Una nueva era ha llegado a Zimbabue. El cambio, tan esperado por la inmensa mayoría de la población, es ahora una realidad. Robert Mugabe, de 93 años, dimitió ayer como jefe del Estado a través de una carta que fue leída por el presidente de la Cámara Baja del país, Jacob Mudenda, en el Parlamento en la que el anciano político aseguraba que dejaba su cargo «por voluntad propia». Una diplomática fórmula para obviar que tenía las horas contadas, ya que la Asamblea Nacional y el Senado estaban ya debatiendo la posibilidad de presentar una moción de censura en las próximas fechas para culminar el golpe de estado perpetrado hace una semana por una facción del partido y del Ejército contrarias a su continuidad. Su soledad se evidenció aún más en la reunión a la que convocó Mugabe a su Gobierno ayer. Sólo cinco ministros y el fiscal general acudieron a la cita, mientras otros 17 ministros optaban por asistir al encuentro para poner en marcha el proceso de destitución.

En el documento de dimisión, de «efecto inmediato», «el viejo Bob» –como es conocido–, señalaba que deja el poder para facilitar una transición pacífica en su país, pero sin aclarar quién será su sucesor. El anuncio se celebró inmediatamente en las calles de la capital, Harare, con vítores, bailes, canciones y grandes atascos de los miles de zimbabuenses que quisieron reunirse para festejar lo que esperan supondrá un giro en la política y la economía del país, aunque la incertidumbre sea ahora la palabra más pronunciada. «Estamos felices», «nos lo merecemos», eran algunas de las frases que los ciudadanos pronunciaban ante las cámaras de los medios de comunicación después de conocer la noticia. «Creo que ha llegado la verdadera libertad», decía un joven que no podía contener su sonrisa. La noticia se celebró hasta en la vecina Suráfrica, donde muchos zimbabuenses tratan de ganarse la vida.

«La demora en su renuncia se debió a discusiones sobre su futuro. Él quería asegurarse la inmunidad. Al final, permitió que el país transitara suave y nominalmente dentro de la Constitución. Eso es importante para sus sucesores, que querrán mantener la legitimidad dentro de la región, y puedan comenzar ahora a tratar de atraer inversión occidental al país», explica a LA RAZÓN Julia Gallangher, directora del Centro de Estudios de África de la Universidad de Londres.

El problema es que nadie sabe realmente qué pasará mañana. En estas jornadas de tensión en las calles con el Ejército desplegado en la capital, los zimbabuenses han sido un ejemplo de pacifismo y han demostrado ante la comunidad internacional que no pretendían en modo alguno utilizar la violencia para forzar el proceso de dimisión y transición a pesar de las presiones militares y el malestar que se ha vivido en estas últimas semanas en Harare.

Los ciudadanos ya habían mostrado su descontento con manifestaciones en las que pedían una dimisión del nonagenario y rechazaban la posibilidad de instaurar una dinastía en el país, ya que Robert Mugabe y su entorno estaban allanando el camino para que su esposa, Grace Mugabe, 40 años más joven que él, fuera la sucesora de la presidencia. Algo que los zimbabuenses rechazaban porque era una manera indirecta de que el clan Mugabe se anclara al poder. Éste intentó hasta el último momento aferrarse al poder para continuar en la presidencia al menos hasta las elecciones del próximo año. Pero los veteranos de guerra, un sector poderosísimo en Zimbabue, se negaron a ello, así como la población, que había anunciado marchas todos los días hasta que el que fuera héroe de la independencia decidiera dar un paso atrás.

Tras este esperado anuncio, el Partido Unión Africana de Zimbabue-Frente Patriótico (Zanu- PF) anunció que el vicepresidente, Emmerson Mnangagwa –expulsado de su cargo el pasado 6 de noviembre por el ya ex mandatario Mugabe– será el que ostente el cargo. Por su parte, el Parlamento explicó que se van a acelerar todos los trámites para que este mismo miércoles se pueda nombrar al nuevo presidente de manera legal hasta la celebración de las próximas elecciones.

A partir de la designación del nuevo mandatario, todo son incógnitas. En estos días observadores internacionales viajarán a Zimbabue para vigilar la transición que está por venir. Por el momento, el primer desafío es conseguir la libertad que tanto ansía el país y poder celebrar unas elecciones legales y justas en las que los ciudadanos puedan participar con la seguridad que aporta una democracia.

«Mnangagwa representa la continuidad en muchos sentidos. Es visto como alguien que mantendrá los intereses de la élite política y militar. Él no es muy popular en el país porque está asociado a los excesos del régimen de Mugabe. Sin embargo, Mnangagwa intentará acercarse a Occidente y restablecer las posibilidades de apoyo, e inversión exterior para recuperar la economía. Creo que será una labor muy difícil ya que las élites serán reacias a diversificar la economía lo cual puede ser una desventaja para ellos», asegura Gallangher.

Rudo Sanyanga, de 58 años, abogada y residente en Suráfrica desde hace más de 20 años, lamenta que las elecciones no se hayan celebrado nunca dentro del marco de la legalidad. «Hace tiempo que no votaba en mi país porque el recuento es irregular. Si voto desde Suráfrica, que cuenten los votos aquí y así me fiaré de los resultados». La abogada cuenta a LA RAZÓN que Manangagwa es «más de lo mismo» para el país porque está dentro del partido y fue un gran apoyo para Mugabe en su tiempo de gobierno, pero aclara que «fue el único que apoyó a los blancos que fueron forzados a dejar sus tierras y marcharse de Zimbabue». Es una de las dudas que quedan por resolver en los próximos meses. Una multitud ha salido a la calle a celebrarlo, pero es un largo camino por recorrer ya que el desempleo ha llegado a picos del 95% de la población sin trabajo y unos cuatro millones de zimbabuenses residen en Suráfrica buscando una vida mejor. «Hemos sacado a nuestros hijos de Zimbabue porque queremos que tengan mejor calidad de vida, ahora no sabemos qué pasara», cuenta Grace Hungwe, camarera de un restaurante de Pretoria, la capital surafricana.

En el futuro a corto plazo lo que se espera es que la oposición se fortalezca y comience a presionar en favor de celebrar unas elecciones verdaderamente democráticas para conseguir un cambio en Zimbabue. Mugabe, que llevaba en la presidencia desde 1987, ha hecho de las elecciones un mero trámite para revalidar su poder y no ha tenido nunca un rival fuerte.