El último adolescente mártir de Nicaragua

Hace cuatro meses que los nicaragüenses salieron a la calle por primera vez en protesta contra el Gobierno de Daniel Ortega. El presidente respondió con puño de hierro, causando cientos de muertos

Mirtha Pérez, junto a su hijo Leyting Chavarría, asesinado por el régimen nicaragüense
Mirtha Pérez, junto a su hijo Leyting Chavarría, asesinado por el régimen nicaragüense

Hace cuatro meses que los nicaragüenses salieron a la calle por primera vez en protesta contra el Gobierno de Daniel Ortega. El presidente respondió con puño de hierro, causando cientos de muertos.

La sangre de Mirtha Pérez se calienta cuando ve pasar a un policía por su casa. Armados, con pasamontañas y en grupos, los agentes caminan a sus anchas desde el 24 de julio por el barrio Sandino, donde ejecutaron una operación con armas de guerra para quitar el último bloqueo de manifestantes contra el Gobierno de Nicaragua. Durante el ataque murieron tres jóvenes. Uno de ellos, Leyting Chavarría, de 16 años e hijo de Pérez.

Hasta aquel día fatal, el barrio Sandino de la ciudad de Jinotega, al norte era el último bastión de lucha que les quedaba a los ciudadanos que se han rebelado contra el presidente Daniel Ortega desde el 18 de abril, cuando se inició la crisis política que ya ha dejado más de 400 muertos, según organismos de derechos humanos. De acuerdo con la Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos, hubo 23 adolescentes asesinados desde que se iniciaron las protestas.

Los vecinos del barrio levantaron barricadas el 30 mayo, cuando el Gobierno ejecutó en distintos departamentos del país una matanza de 20 personas, lo que provocó que varios grupos de ciudadanos bloquearan carreteras para aumentar la presión contra el líder nicaragüense, a quien le piden que dimita desde hace cuatro meses. «Leyting siempre me decía que iba a luchar por su patria y que sería un héroe si le pasaba algo», recuerda Pérez desde su casa de madera, que se abre a través de una pequeña barandilla. «Lo regañaba. Le decía: 'No te metas en eso. Mira cuántos jóvenes han muerto».

Como en el resto del país, las barricadas en Sandino eran custodiadas por jóvenes. En el caso particular de esta comunidad, sus miembros eran propietarios o hijos de comerciantes de un mercado cercano. Casi todos eran amigos o familiares. Es por eso que Leyting, a pesar de las advertencias de su madre, se iba a pasar un rato con sus amigos todas las noches. Siempre salía de su casa a las seis de la tarde, después de su programa de televisión favorito, y regresaba antes de las nueve de la noche. Sin embargo, aquel día fue distinto, había una lluvia de balas de las fuerzas policiales y paramilitares que asediaban desde temprano. Se dice que en aquel ataque lanzaron ráfagas toda la noche para que se creyera que había una reyerta, en lugar de lo que en realidad hubo: una masacre.

Los testigos aseguran que los paramilitares entraron por todos los flancos a punta de bala. Horas antes, Leyting le había dicho a su madre que, ante el peligro de que lo capturaran, iba a llegar más tarde de lo acostumbrado. Aquella madrugada nadie durmió. Todos los muchachos huyeron despavoridos de las barricadas. Algunos se metieron en las casas, otros se subieron a un cerro, y muchos continúan hoy desaparecidos. En el camino, los testigos aseguran que capturaron a Benito Rodríguez, a quien le dispararon a los pies y le ensartaron una bayoneta. Murió desangrado. También apresaron a Brayan Picado, pero a éste le dispararon por la espalda. A las 4:37, a pocos metros de su casa, Pérez encontró a su hijo con un balazo en el pecho. «Lo miré caído, muerto. No había nada qué hacer», dice Pérez. Los que vieron la escena reconocen que Leyting no se quejó porque el balazo fue a quemarropa. «El policía lo requisó. Y después le puso el rifle que él portaba al lado del cuerpo de Leyting para hacerle una foto. Lo hizo para demostrar que el niño iba armado. Pero era mentira, en realidad lo que le hallaron fueron unas bolas y una hulera [onda] con las que supuestamente se defendía», explica una señora que vio la escena, pero no quiere dar su nombre por temor a represalias.

Pérez trabaja doce horas consecutivas en un hospital. Cuando llega a su casa, a veces siente que Leyting golpea la puerta para pedirle que le abra, como lo hacía todas la tardes después de regresar de jugar al fútbol con sus amigos. «Tengo un vacío, una soledad. No me puedo dormir porque me parece que lo tengo al lado de mi cama», asevera Pérez, a quien le ha quedado una niña de 10 años y otro hijo de 18. «El mayor lo tengo en otra casa porque me da miedo que me lo secuestren, ya que yo paso más tiempo en el trabajo que en casa». Pérez ha criado a sus hijos sola. Cuando estaba embarazada de Leyting, su pareja murió en un accidente de tráfico.

Su hijo muerto era un adolescente delgado, moreno, de pelo lacio y de facciones suaves que tenía varias enamoradas. Sin embargo, su última novia no estuvo en su sepelio, pues sus padres no le dieron permiso. Y no fue para menos, durante el entierro se escucharon balazos. La madre de Leyting, no recuerda haber escuchado detonaciones. Quizá porque mientras las personas corrían atemorizadas, ella lloraba viendo el ataúd de su hijo descender.