La Liga Árabe arrincona a Irán

Históricamente, Irán y Arabia Saudí han luchando por mantener posiciones hegemónicas en todo Oriente Medio, en una lucha del poder religioso –las dos ramas del islam: suní y chií–, y el económico del petróleo. Desde que Teherán logró un acuerdo nuclear con la comunidad internacional y consiguió liberarse de las sanciones, el país persa ha aumentado la producción de crudo hasta 1,5 millones de barriles diarios. Su mejora económica ha puesto en alerta a su rival regional, que no ha ocultado su descontento por el pacto nuclear. Desde entonces, el reino saudí ha llevado a cabo una guerra soterrada para intentar aislar económica y políticamente a la República Islámica. Precisamente, la crisis diplomática tras la ejecución del clérigo chií Nimr al Nimr por Arabia Saudí ha llegado en un momento en el que Irán aspira a convertirse en potencia gasífera mundial. Teherán produce alrededor de 600 millones de metros cúbicos de gas al día, y prevé incrementar la producción hasta mil millones en dos años tras el final de las sanciones.

El 60% de las reservas gasíferas que posee Irán se encuentran en alta mar, específicamente en el yacimiento de South Pars, el mayor del país y uno de los más grandes del mundo. Teherán aseguró hace una semana que «con la ejecución de los nuevos proyectos se espera que la longitud total de los gasoductos de Irán supere los 70.000 kilómetros, convirtiéndonos así en la tercera red de transferencia después de Rusia y EE UU». El anuncio del Gobierno coincidió con la ruptura de sus relaciones diplomáticas con los aliados del Golfo y de varias naciones árabes suníes.

La «guerra fría» entre Teherán y Riad ha escalado en la región. El enfrentamiento de las dos comunidades religiosas se ha hecho patente en Irak con el apoyo de la Guardia Revolucionaria iraní al Gobierno chií, el renacimiento de las milicias populares comandadas por el ayatolá Ali Sistani, mientras que los soldados de la vieja guardia del ex dictador Sadam Husein han pasado a engrosar las filas del Estado Islámico (EI). Lo mismo ocurre en la guerra de Siria, en la que Irán y la milicia chií libanesa Hizbulá apoyan a Bachar al Asad mientras que los saudíes y sus aliados árabes financian y arman a la oposición suní. También en Yemen, donde se libra otra guerra civil, ambos países están posicionados en bandos distintos. El aislamiento diplomático de Irán por parte de la mayoría de países suníes de la región podría mermar su influencia en Siria, Irak y Líbano.

En el terreno militar, Teherán ha expuesto sus limitaciones, poniendo en duda su capacidad para asegurar sus intereses a largo plazo en muchos países de la región. «La República Islámica ha jugado en gran medida un juego de divide y vencerás, a menudo basado en el sectarismo, en un mundo árabe de mayoría suní», indica a LA RAZÓN el coronel retirado Nizar Abdelkader. Esto se ha visto especialmente en Irak, donde puso en marcha una estructura paralela de las milicias chiíes proiraníes para asegurar su hegemonía. Sin embargo, continúa el analista libanés, «el resultado ha sido una situación que ha exacerbado las tensiones sectarias, lo que ha permitido que grupos extremistas como el EI se hayan apoderado de territorio, y ha animado a los kurdos a buscar una autonomía dentro de Irak».

La Liga Árabe condenó ayer las agresiones contra las legaciones diplomáticas de Arabia Saudí en Irán y la injerencia de ese país en los conflictos de Siria y Yemen, al término de una reunión extraordinaria de ministros de Exteriores en El Cairo. En una resolución, el organismo responsabilizó a Irán de los asaltos a la embajada saudí en Teherán y su consulado en Mashhad hace una semana, y le exigió que se comprometa con los acuerdos internacionales. El texto, aprobado por los miembros de la Liga con la abstención de Líbano, condenó «las declaraciones iraníes hostiles contra Arabia Saudí en relación a las sentencias judiciales que fueron emitidas contra varios terroristas», en referencia a la ejecución del clérigo chií al Nimr junto a otras 46 personas el día 2. También ayer, Pakistán indicó que apoyará militarmente a Arabia Saudí en caso de «amenaza» tras el encuentros del primer ministro paquistaní, Nawaz Sharif, y su jefe del Ejército, Raheel Sharif, con el titular saudí de Defensa, el príncipe Mohamed bin Salman. A pesar de la marginalización regional de la República Islámica, Irán tendrá algo que decir sobre el futuro de Siria e Irak y no podrá ser ignorado. Rebajar las tensiones entre Teherán y Riad se ha convertido en una prioridad para la comunidad internacional que teme que la crisis actual pueda socavar los esfuerzos para la paz en la región.