La revuelta del Líbano cuestiona los tabúes religiosos

La falta de oportunidades amplifica las tensiones sectarias entre los diversos grupos del país, sumido en un ciclo de protestas masivas

Miles de libaneses salen a las calles desde hace más de dos semanas para protestar contra el Gobierno
Miles de libaneses salen a las calles desde hace más de dos semanas para protestar contra el Gobierno

Mohamed ha venido desde Labue (valle de la Bekaa) para participar en las protestas que se desarrollan desde hace más de tres semanas en el centro de Beirut contra el desempleo masivo, la inflación, la corrupción y la mala gestión del ejecutivo libanés para hacer frente a la crisis económica. Este joven chií, de 23 años, dice estar harto de que las nuevas generaciones «no tengan futuro» en el Líbano. Que el hecho de pertenecer a una u otra confesión religiosa marque sus vidas. «Queremos acabar con el sistema sectario. Todos somos libaneses y tenemos los mismos derechos. No hemos aprendido nada de la guerra civil», lamenta Mohamed.

La pasada semana, el presidente libanés, Michel Aoun, prometió la formación de un nuevo Ejecutivo tras la dimisión del primer ministro, Saad Hariri, y aseguró que llevará a cabo una «transición de un sistem a sectario a un Estado civil», que no se base en el reparto de poder por pertenencia religiosa.

La zona donde vive Mohamed es una de las áreas menos desarrolladas del país, en donde son mayoría los chiíes. Por lo general, sus habitantes se dedican a la vida rural, al comercio ilícito de mercancías en las proximidades de la Bekaa con Siria o al duro trabajo de canteras de piedra. Ahora, además, se añade el problema de la crisis siria. Desde hace ocho años cientos de miles de refugiados se han asentado en la Bekaa y «trabajan como jornaleros a mitad de precio que los libaneses por lo que hay menos trabajo para nosotros», se queja Mohamed.

Son años de frustración, de falta de oportunidades laborales, de endeudamiento que, en algunos casos ha llevado a situaciones desesperadas como el caso de George Zreik, que se quemó a lo bonzo a principios de año en la puerta del colegio de su hija por no poder pagar las tasas.

Cuando se publicó la noticia algunos medios locales lo compararon con el vendedor de verduras tunecino Mohamed Bouazizi, quien en 2011 se roció de gasolina y se prendió fuego en protesta por la confiscación de sus bienes por la policía. El suceso desencadenando las revueltas de la Primavera Árabe. Pero la horrible muerte de Zreik no movilizó a la población libanesa. Sin embargo, su muerte fue una advertencia de cuan precaria se ha vuelto la situación de muchos libaneses.

Desde el comienzo de las protestas, seguidores de los partidos chiíes de Hezbolá y Amal han intentado reventar el ambiente pacífico y convertirlas en violentas. «Somos como una especie de ‘fuerzas de paz’ que se interponen entre dos grupos enfrentados», señala Justine, otra manifestante. Mujeres como Justine están, literalmente, en primera línea de las protestas formando un tapón para evitar que grupos violentos puedan incitar a los manifestantes antigubernamentales.

«Fue una vergüenza lo que ocurrió la primera noche (17 de octubre). Hubo mucha violencia y vandalismo y nadie de las que estamos aquí quiere esto. No aceptamos la violencia, nuestras protestas son pacíficas», indica la joven. «No nos moveremos de aquí hasta que dimitan cada uno de los responsables de esta crisis, no sólo Saad Hariri. Queremos la dimisión del presidente del país (Michel Aoun), del presidente del Parlamento (Nabih Berri) y de cada uno de los 128 miembros parlamentarios», advierte Justine. «Todo es malo, la vida es muy difícil para la clase media. Carecemos de servicios básicos como luz y agua, y tenemos un sistema deficiente de Salud y Educación. Soy ama de casa con dos hijos pequeños y es muy duro» explica por su parte, Rania, que ha dejado a su marido en casa y a cargo de los niños, mientras ella está «guardando la paz» en las protestas. «Lo hacemos por nuestros hijos. Queremos mostrar que las mujeres pueden desempeñar un papel en la sociedad, que las mujeres también pueden rebelarse. No se trata solo de hombres», agregó Rania.

Miles de manifestantes como ellas están hartas de las desigualdades de las que son víctimas. La mayoría de las libanesas siguen dependiendo económica y socialmente de sus esposos. Por lo tanto, según un estudio del Banco Mundial, las mujeres tienen el 60% menos de los derechos otorgados a los hombres. Ya no solo como mujeres sino como ciudadanas libanesas están cansadas de que el hecho de pertenecer a una u otra confesión religiosa marque sus vidas. El origen de esta discriminación son las leyes sectarias que regulan los problemas del matrimonio, la herencia, el divorcio y la custodia de los hijos de cada comunidad religiosa.

«El principal problema del Líbano es su miserable situación económica (una deuda pública de 86.000 millones de dólares). Esto actúa como un catalizador para todos los demás problemas en el país: las tensiones entre los grupos religiosos, el racismo y el resentimiento contra los extranjeros, especialmente contra los refugiados sirios. Cuanto más precaria es la economía, más inestable es el país en su conjunto», advierte a LA RAZÓN un diplomático occidental.

La presión de la calle logró que el gobierno aprobara los presupuestos de 2020, que mantenían bloqueados 11.000 millones de dólares que donó la comunidad internacional en 2018 para rescatar el Líbano, a cambio de que se implementaran reformas económicas. Sin embargo, el vacío de poder a raíz de la dimisión del gobierno retrasaría aún más la implementación de esas reformas, dejando al borde del colapso la economía libanesa.

Una vía para calmar la furia del país

Las protestas en el Líbano, las más destacadas en más de una década, exigen reformas económicas y políticas profundas, y acabar con la clase dirigente corrupta, en un país que acumula una deuda de 86.000 millones de dólares (el 150% del PIB). El país trata de buscar una vía para normalizar la situación convulsa.