Política

López Obrador, un revolucionario de lo obvio

El nuevo líder mexicano se propuso a los veinte años llegar algún día a la presidencia de su país

Andrés Manuel López Obrador, presidente de México
Andrés Manuel López Obrador, presidente de México

El nuevo líder mexicano se propuso a los veinte años llegar algún día a la presidencia de su país.

Los periódicos mexicanos publican fotografías de López Obrador abrazando riente en la puerta de su casa a Miguel Ángel Revilla, adelantado a su toma de posesión. Voceros del presidente electo confirmaron que estaban invitados «todos» al juramento en el Congreso y los actos multitudinarios en El Zócalo. Pero sin Donald Trump y Pedro Sánchez al albur de sus agendas en el G-20 de Buenos Aires. El presidente de Cantabria amistó con el naciente mandatario mexicano en una visita de éste a la casa natal de su abuelo materno y, forzando las aproximaciones, cabría algún paralelismo populachero, lenguaraz, entre uno y otro, habiendo circulado siempre Obrador por los sinuosos caminos del post-comunismo y las izquierdas mutantes asentadas en el populismo demagógico y la intoxicación extraparlamentaria de las masas.

Desde España le han llegado al electo mensajes halagueños de Pablo Iglesias como predicciones catastróficas de Mario Vargas Llosa. Obrador recibió una nueva banda presidencial y un bastón de mando de la comunidad indígena (15 millones), otro signo de lo que será su mandato. Pese a tan destacados invitados, Obrador insistió en no contar con otra protección que la habitual del Estado Mayor Presidencial, sin presencia de tropa militar y lograron desistirle de hacer los trayectos trepado a una «pick-up» como un vendedor de bananas.

De 65 años, Andrés Manuel López Obrador lleva 40 como fijo en la política mexicana y es de esos pocos políticos que en la veintena decidieron presidir su país. «Aut Caesar aut nihil». Nacido en Tabasco, en el Golfo atlántico mexicano, se licenció en Políticas y, como no podía ser de otra manera, se afilió al Partido Revolucionario Institucional, tan institucional que fue hegemónico durante 60 años, desde 1.929, entrando en declive la monotonía hacia el año 2000, pero dejando el regusto por un partido único pero con elecciones. Creó y dirigió otros partidos, más bien plataformas electorales de izquierda difusa o pragmática, como Por el Bien de Todos (¿quién no vota eso?) o el acrónico Morena (Movimiento de Regeneración Nacional), que le ha llevado al poder al tercer intento con la mayor votación personal registrada en el país latinoamericano.

Para identificarse más fácilmente Obrador aceptó ser conocido por AMLO. Y «amenazó» con no intentar más la Presidencia si fracasaba el pasado julio. Bronco en campañas anteriores, ha limado su mal carácter, continúa justificando a Chaves y Maduro, y, carente de una ideología identificable, apela a todos los mexicanos, incluidos los más conservadores, mientras amaga con amnistías para el narcotráfico. Ha formado un Gobierno paritario con tantas mujeres como hombres en su explotación del feminismo, pero va más allá halagando al colectivo LGTB y su arcoíris en un país donde los machistas tendrían por uniforme el del mariachi con revólver, canana y guitarrón.

Sin estadísticas oficiales fiables estudios independientes estiman que en el primer semestre del año que acaba 1.408 fueron asesinadas por hombres, cifra pavorosa, y en Guanajuato se ha llegado a matarlas por hacer mero tiro al blanco en los caminos en cosificación total del género. AMLO está contra la violencia que en el país es paisaje, pero no adelanta cómo enderezará una mentalidad y una Policía desestructuradas. AMLO, en un programa de obviedades, también está contra la corrupción, en un México donde la mordida, en todas las capas sociales, públicas y privadas, es una institución bien engrasada. Para acercarse a la personalidad política de este hombre hay que repasar dos de sus hitos: su gobernaduría de la Capital Federal y su rebelión tras perder las federales ante Felipe Calderón. Al frente de México DF, en 2000, edificó el primer hospital público en 20 años, otorgó pensiones a mayores de 70 años sin otros recursos, desarrolló políticas ambiciosas de obra pública, vivienda y subsidios a madres desamparadas y, a la distancia, la fundación londinense City Majors le eligió como el segundo mejor alcaldes del mudo.

Cada día de su mandato dio una rueda de prensa a las seis de la mañana (no se sabe si para molestar a los periodistas), bajó el sueldo de todos los funcionarios, incluido el mismo, y formalizó dos consultas en seis años para revalidar su cargo, ganándolas. El entonces presidente, Vicente Fox, aludiéndole, previno contra el paternalismo, el populismo y el uso demagógico e irresponsable de los recursos, contestándole AMLO que la derecha llama populismo a dar a los pobres lo poco que reciben. En 2006 fue derrotado en las presidenciales por el PAN de Felipe Calderón Hinojosa en unas elecciones, como todas, plagadas de urnas rotas o secuestradas, conteo de votos a punta de revólver y tiroteos a la puerta de los colegios. La huestes de AMLO cortaron durante meses con un campamento la avenida de la Reforma, colapsando la capital, cercaron el Congreso con barricadas y AMLO aceptó una Presidencia ilegal nombrando un Gobierno en la sombra y tambaleando la democracia mexicana, en un golpe de Estado caricaturesco que se desinfló sin consecuencias.

¿Qué no hará, se preguntan, ahora que es presidente de verdad? Su problema no es dar asistencia a los pobres, sino resolver la ecuación mexicana que de Estado fracasado ha pasado a narcoestado, con la infantería de Marina rondando las calles ante la corrupción de la Policía y hasta del Ejército de Tierra.