Los espías rusos vuelven a la máquina de escribir

Los tiempos del KGB, los juegos de espías y la paranoia soviética por las filtraciones regresan a Moscú. Tras las revelaciones de Wikileaks, con las que salieron a la luz millones de cables diplomáticos, y las más recientes acusaciones del ex analista de la CIA, Edward Snowden, que acusó al Gobierno británico de haber espiado a Dimitri Medvedev durante las reuniones del G-20, resuenan ahora en el Kremlin los ecos de la Guerra Fría. El miedo de la Inteligencia rusa ante posibles filtraciones ha causado recelo frente a los documentos electrónicos, y el FSO (Servicio de Protección Federal, en sus siglas rusas) ha decidido volver a comprar máquinas de escribir, según informaba el diario ruso «Izvestia». Tal y como indica el sitio web de la Federación Rusa, en el que figuran las compras de las administraciones públicas, se han adquirido 20 unidades de la Triumph Adler Twen 180, una máquina de escribir de fabricación alemana especialmente diseñada para la redacción de documentos secretos. Según informa el fabricante, esta máquina permite la edición de documentos complejos y deja una marca de impresión única que permite identificar y rastrear los documentos que hayan sido escritos por cada una de ellas.

Pese a que los servicios secretos y el Ministerio de Defensa rusos nunca han dejado de usar medios de escritura tradicionales, incluido el bolígrafo, el riesgo de emplear dispositivos electrónicos ha aumentado en los últimos años. Según los expertos, el factor humano suele ser la causa principal de las filtraciones y las brechas de seguridad, pero los discos duros y las memorias USB, de tamaño reducido y fáciles de esconder en cualquier bolsillo, han facilitado en gran medida la tarea de los espías. Ejemplo de ello es el conocido virus Stuxnet, un gusano informático diseñado por el Mossad israelí y la CIA que logró detener el funcionamiento de cientos de centrifugadoras de una central nuclear iraní y que fue escondido en una memoria USB.

Nikolai Kovaliov, ex director del Servicio Federal de Seguridad (sucesor del antiguo KGB), aseguraba a Efe ayer que, «desde el punto de vista de la seguridad, cualquier sistema de comunicación es vulnerable. Desde un ordenador se puede sacar cualquier información. Aunque existen medios de protección, no hay una garantía del cien por cien de que funcionen. Por eso, para preservar los secretos de la forma más segura, es preferible emplear los métodos más primitivos, el bolígrafo y la máquina de escribir».

Sin embargo, el espionaje en máquinas de escribir no es nada nuevo, y el propio KGB lo utilizó, y su sucesor también desde hace tiempo. Ya en 1985 fueron descubiertos doce minúsculos dispositivos instalados en las máquinas de escribir de la embajada estadounidense en Moscú. Estos dispositivos recogían la información que escribían las secretarias de la delegación de Estados Unidos y la transmitían a un centro de escuchas soviético a través de unas antenas escondidas en las paredes del edificio.

Espiar lo que producen estas máquinas también es posible, pero para instalar los aparatos que lo hagan posible es necesario tener acceso físico a ellos, y eso, en estos días que corren de ciberespías, soplones y filtraciones informáticas, las convierten en una de las opciones más seguras.