Los iconos argentinos de la muerte

El tercer megajuicio contra la Armada no es el final de la pesadilla argentina si creemos con San Agustín que «Justicia es dar a cada uno lo suyo»

Jorge Acosta y Alfredo Astiz, ante el tribunal que juzgó esta semana su responsabilidad en los «vuelos de la muerte»
Jorge Acosta y Alfredo Astiz, ante el tribunal que juzgó esta semana su responsabilidad en los «vuelos de la muerte»

El tercer megajuicio contra la Armada no es el final de la pesadilla argentina si creemos con San Agustín que «Justicia es dar a cada uno lo suyo»

Tras sumariar durante cinco años la desaparición (chupamiento) de 789 ciudadanos en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) el Tribunal Federal Oral 5 argentino (en el país austral puede juzgarse exclusivamente por escrito) condenó esta semana a cadena perpetua a 29 oficiales navales, de 30 a 8 años a 19 y dictó seis absoluciones en un MEGAESMA, tercer jucio sobre los horrores que allí sucedieron. En el banquilo dos estrellas: el ex capitan de Fragata, Alfredo Ignacio Astiz, alias «El ángel Rubio» y el ex capitán de Corbeta, Jorge Eduardo Acosta, por mal nombre «El tigre» reposable de la institución naval.

Astiz es un icono de la muerte. De familia acomodada, rubio, de ojos azules sobre rasgos infantiles se especializó en inteligencia naval e infiltración contrainsurgtente. Vestido al desgaire se hizo recadero indispensable para las fundadoras de las «Madres de plaza de Mayo» que reclamaban a sus hijos y daban imágen incómoda a la dictadura militar (1976-1983). Azuzena Villaflor, Esther Ballestino, María Ponce, las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet, más siete activistas se reunían en la Iglesia de la Santa Cruz, de los Pasionistas. Ganada su confianza las abrazó a todas y todos para identicarlas a los marinos que las llevaron a la ESMA sin que se haya vuelto a saber de ellas. Por las monjas está condenado a la perpetua «in absentia» en Francia. Astiz y su grupo de tareas 3.3.2. se emboscaron en la casa vacía de una montonera y una cría sueca de 17 años, vecina de los habitantes, Dagmar Hagelin, abrió la puerta ante un «malón» de hombres armados y de paisano. Era atleta y espantada echó a correr por la vereda. Astiz gritó: «Párate flaca o disparo». La metieron en la baulera de un coche y alguien la vió en la ESMA con una herida en el cráneo, daños neurológicos y descontrol de esfínteres. El Gobierno sueco le mantiene procesado como autor del disparo por la espalda. Astiz tuvo ocasión para la heroicidad. Durante la guerra por Malvinas ocupó desde un submarino las Georgias del Sur al frente del comando «Los lagartos». Replicó al contraataque inglés rindiéndose sin condiciones sin disparar un solo tiro.

La ESMA es un pequeño edificio blanco y neoclásico de dos pisos y altillos, junto a una hilacha del Río de la Plata, camino del delta del Paraná, a las afueras del Gran Buenos Aires. Exclaustraron al alumnado y compartimentaron celdas con cartón piedra. El triunviro, almirante Massera, alias «El negro», comicionísta de las compras navales a Alemania, asesino convícto del marido de su amante la bella Marta Rodrígue MacCormak, hacía méritos en su afán de ser presidente de sus conmilitones. Por la ESMA, dirigida por «El tigre» Acosta, con Astiz de mano derecha, pasaron unos 5.000 chupados de los que sobrevivieron un 5%. Se llegó a chupar al azar o por ser propietario de una librería en una ciudad llena de ellas. No se interrogaba: desnudos sobre un somier metálico y baldeados con agua se daba a los desaparecidos picana de corriente alterna en el glande, la vulva, el ano, las encías hasta que decían algo de interés o se partían la lengua en los espasmos. Aplicaron una cucharilla de café a la picana y dieron corriente al feto de una embarazada. Nacieron bebés en la ESMA que Acosta repartía entre parejas militares estériles. En el almuerzo en Casa Rosada del presidente, el teniente general Jorge Rafael Videla, dijo a sus comensales Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, que lo que se estaba haciendo era «un acto de amor». Fue una guerra civil en que las juventudes peronístas de los Montoneros de Mario Eduardo Firmenich y Fernando Vaca Narvaja, y los guerrilleros rurales del Ejército Revolucionario del Pueblo, de Roberto Santucho, tuvieron la genial idea de declararle la guerra a las Fuerzas Armadas, matando a mansalva aunque no se tenga noticia de torturas. Borges lo definió:«Se están comiendo a los caníbales». La Aviación se involucró con desgana, el Ejército se llevó la palma con sus tumbas NN (Ningún Nombre) y la Armada de Massera les fue a la zaga pero con menos posibilidades de deshacerse de las víctimas hasta que descubrieron las dimensiones insondables del Atlántico Sur, tan a mano. Se inauguraron los «vuelos sin puertas», denominados luego por el periodísmo como «vuelos de la muerte». Ahorrándose un piadoso tiro en la nuca sedaban a sus viajeros con pentotal, llamado jocosamente por los marinos «Pentonaval» y en vuelos nocturnos les arrojaban vivos a la Bahía de San Borombom, en la embocadura del Plata.Una presa obesa recibió poco «Pentonaval» y arrastró con ella a su asesino. En las noches de luna llena, grande como un pandero, se hizo costumbre pararse y contemplar como la cruzaban unos inexplicables puntitos negros. En aquellos años el país estaba en el diván del psicoanalista.

Electo Raúl Ricardo Alfonsín como presidente democrático le visité en su oficina electoral del hotel «Panamericano» con una sola pregunta: “¿Qué va a hacer con los milicos, con los uniformados?». «No puedo llevarlos a todos a juicio porque no se dejan. Encargaré a Julio César Strassera, Fiscal General de la República, que consiga la perpetua para las Juntas Militares que propiciaron este quilombo. No puedo condenar a los cabos, o a la Policía Federal que tambien participó en esta matanza cainita».

La presión popular hizo trizas su sentido común y ante la admisión de denuncias contra subalternos se sublevó Campo de Mayo (Cuartel General del Ejército) y Alfonsín hubo de resignarse a una ley de Punto Final y otra de Obediencia Debida que han permitido a los verdugos vivir décadas de libertad creyendo impunes sus horribles crímenes. En 2003, el presidente y peronista corrupto, Nestor Kirchner, derogó las dos leyes impuestas a punta de bayoneta e inhumanos como Astiz o Acosta comenzaron a entrar y salir de prisiones militares en las que eran tratados como príncipes de la milicia mientras duraban años sus recursos y sus argucias, incluso con primeras condenas perpetuas no firmes.Este tercer megajuicio contra la Armada argenina no es el final de la pesadilla si creemos con San Agustín que «Justicia es dar a cada uno lo suyo».Los cuadros medios, y sus subalternos, del sicariato castrense o han fallecido o continúan emboscados, tal como hay cientos de niños que se han criado con los asesinos de sus padres. Las Fuerzas Armadas pidieron perdón, han heho esfuerzos por profesionalizarse pero las heridas son muy anchas y aún existen fascistas criollos que confunden el patriotísmo con la picana.