Más allá de la bragueta

El problema no es que tuviera una relación extraconyugal, sino que Trump ha vuelto a faltar a la verdad una vez más

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El problema no es que tuviera una relación extraconyugal, sino que Trump ha vuelto a faltar a la verdad una vez más.

¿Es Donald Trump carne de inhabilitación? Puede ser. Los presidentes estadounidenses no pueden ser llevados ante los tribunales mientras están en el cargo. Pero sí pueden ser inhabilitados, es decir, echados a la calle. Richard Nixon dimitió al ver a pocos metros la espada de la inhabilitación y Clinton escapó por muy poco después de retozar con la señorita Lewinsky en el Despacho Oval y de negarlo. Las mentiras de un político ante una autoridad, que no ante la Prensa, son pagadas caras a menudo en los países anglosajones.

Trump es quizás el presidente americano más mentiroso de los últimos tiempos. Como decía un escritor sobre Nixon: «Es un artista verdadero. Miente incluso cuando no tiene que hacerlo». Ahora, Giuliani, asesor legal trumpiano, desliza en una entrevista con Hannity, un «superstar» de la televisión, admirador, por cierto del presidente, que Trump devolvió a su abogado Cohen la cantidad que éste había pagado a una actriz porno para que ésta no revelara en la campaña electoral que se había acostado con el presidente, algo que podía hacer pupa al candidato entre su electorado conservador. Que Giuliani contara esto no es una metedura de pata inconsciente. Donald Trump tiene que haber dado luz verde. Los asesores del presidente le debieron convencer de que era mejor admitirlo que correr el riesgo de que los «malpensados» (hay gente «pa to») salieran con el registro de que podía parecer que el abogado, pagándolo de su bolsillo, había tratado de salvar a Trump en plenas elecciones y, por lo tanto, había influido en éstas, lo que no sería ilegal.

La bragueta de nuevo, como le ocurrió a Clinton y al francés Strauss-Kahn. No es que Trump se la bajara engañando a la elegante Melania. Lo hizo aunque lo ha negado en varias ocasiones. El problema es que lo ha negado. Trump no lo negó ante un Tribunal ni en el Senado, pero está claro que, una vez más, faltó a la verdad. Lo que da munición al investigador especial Mueller, que debe averiguar si Trump o su equipo actuaron en colusión con el Gobierno ruso para ganar la Presidencia. Es sabido que Putin y su equipo odian visceralmente a Hillary Clinton y estaban dispuestos a cualquier cosa, a que eligieran al Pato Donald como presidente, cualquiera menos la demócrata en la Casa Blanca. Si la gente de Trump se reunió con los rusos para que éstos lanzaran su catarata de mensajes en internet para echarle caca a doña Hillary pueden haber pagado un precio innecesario y potencialmente perjudicial. El Kremlin no necesitaba que lo azuzaran. Le salía de dentro.

Mueller no parece persona que suelte la presa. Quiere, en su prolija investigación, interrogar al presidente. Los asesores de la Casa Blanca se mesan los cabellos; están convencidos de que Trump meterá la pata, bien diciendo una machada perjudicial, bien mintiendo infantilmente. Han pactado 29 preguntas con el investigador que deberá atenerse a ellas. Pero piensan que en la hora que estén juntos, el impulsivo político del flequillo tendrá un desliz verbal, un calentón que permita al investigador especial Mueller empujar el tema hacia la inhabilitación.

Con Trump, no cabe un «drilling», es decir, ensayos reiterados de las respuestas. Su ego, su ignorancia y su impetuosidad lo pueden traicionar.