Asia

Pescar en la línea de fuego

LA RAZÓN acompaña a los pescadores que cada día se juegan la vida faenando en los alrededores de las islas Senkaku, un enclave al sur de Japón que se ha convertido en un irrenunciable objeto de deseo de China

LA RAZÓN acompaña a los pescadores que cada día se juegan la vida faenando en los alrededores de las islas Senkaku, un enclave al sur de Japón que se ha convertido en un irrenunciable objeto de deseo de China.

Lo llaman el Caribe asiático y lo cierto es que no les faltan razones para ello. Ishigaki, una isla de poco más de 50.000 habitantes ubicada al sur del Mar de China Oriental, es un destino frecuente de turistas y recién casados (más de 1,7 millones viajaron a la isla en 2017). Un paraíso que, sin embargo, se ve ensombrecido por el expansionismo dictado por Pekín, que se traduce en constantes incursiones de buques chinos en sus aguas territoriales. ¿El motivo? Su cercanía a las disputadas islas Senkaku, ubicadas a menos de 160 kilómetros. El archipiélago formado por cinco islas y tres peñones –todos ellos deshabitados– fue incorporado a la prefectura de Okinawa en 1865, pero desde que la ONU publicó en 1971 un informe que desvelaba el gran potencial de reservas de petróleo que escondían bajo sus aguas, así como su riqueza pesquera, Pekín no ha dejado de presionar y ha puesto en serios apuros a los pescadores de Ishigaki, cuya industria, junto al turismo, es la principal fuente de ingresos de la isla. Yukihide Higa, de 56 años, es uno de estos pescadores que se juegan cada día la vida en el mar. Lleva más de 26 años al frente de su «Yukihro-Maru», un barco que construyó con sus propias manos. «Ahora es de los más pequeños y con él tardo seis horas en llegar a las Senkaku, pero hace años era de los mejores. Le puse este nombre en homenaje a mi sobrino porque justo nació el día en que terminé de construirlo», explica a LA RAZÓN en el puerto pesquero de Ishigaki. A su lado, el sobrino dice que según está «el mar de revuelto» él prefiere comer pescado que faenar. Yukihro quiere ser piloto. Y es que pescar en los alrededores de las Senkaku se ha convertido en una actividad de riesgo. Los guardacostas japoneses han detectado que las intrusiones chinas en la zona se producen aproximadamente tres veces al mes, y los barcos enviados desde Pekín (ya sean guardacostas o pesqueros) están aproximadamente dos horas por la zona. Intimidan a los pescadores «y no podemos competir con ellos porque sus barcos son gigantescos, de más de 100 toneladas», afirma Yukihide.

El punto álgido del conflicto tuvo lugar en 2010, cuando se produjo una fuerte colisión intencionada por parte de un pesquero chino contra una patrullera japonesa. Desde entonces, los guardacostas nipones han tratado de impedir, no siempre con éxito, que los marineros de Ishigaki pesquen en la zona para evitar la escalada del conflicto, pero esta situación ha supuesto un duro golpe a su negocio. «El 40% de nuestra pesca es el atún, que afortunadamente se localiza en zonas alejadas de las Senkaku, pero el resto de la pesca, es decir el 60%, sí que se ha visto perjudicada sobre todo con el pargo rojo, que está muy solicitado», apunta Yukihide, que suele pasar en alta mar 15 días cada mes. Esta restricción de zona pesquera, que es de dos millas náuticas aproximadamente (unos 3 kilómetros) se traduce, según los trabajadores del mar, en la reducción de un 20% de su negocio desde 2012, cuando dejaron de faenar en la zona. Algunos compañeros de este hombre original de esta isla de ensueño han tenido que empezar a compaginar su oficio de pescador con la agricultura para llegar a fin de mes. Así lo explican en la Cooperativa de Yaeyama, que integran 324 pescadores, entre ellos su director, Koukiichi, que reconoce que «si cualquiera de los 400 barcos que conforman nuestra flota traspasa los límites marítimos marcados, corremos el riesgo de ser arrasados por barcos chinos o amonestados por la guardia costera de Japón» A los pescadores también les incomoda el acuerdo pesquero que Tokio estableció con Taiwán y que obliga a japoneses y taiwaneses a compartir zona de trabajo. «Realmente, el Gobierno ha sacrificado nuestro trabajo por mantener una buena relación con Taiwán», critican varios miembros de la cooperativa. Nagawoshi Miwicato, que no oculta su malestar pese a que reconoce que aún así la relación con sus vecinos es buena. A poco distancia de esta asociación se encuentra la mayor base de guardacostas. Su flota y personal se han duplicado en los dos últimos años y alcanzan en la actualidad una plantilla de 670 policías y 16 barcos equipados con todo tipo de elementos de disuasión e incluso armas. «Afortunadamente no hemos tenido que utilizarlas, hasta ahora ha bastado con llamadas de atención a los barcos chinos. Realizamos vigilancia las 24 horas, pero es necesario estar siempre alerta», explica a este diario el capitán Kinichi a bordo del «Taketomi».

Sin embargo, parece que esto no es suficiente para frenar las constantes agresiones de China en aguas territoriales de Japón. Tanto es así que por primera vez se plantea la posibilidad de enviar fuerzas de autodefensa a Ighisaki. Así lo confirma a LA RAZÓN el alcalde de la isla, Yoshitaka Nakayama, que acaba de ser reelegido con un notable apoyo desde el Gobierno central de Shinzo Abe. «Lo importante es proteger las islas y en general todo el territorio de Japón», dice el acalde. Este despliegue, que consistiría en una unidad de apoyo logístico y una lanzadera de misiles tierra-aire y tierra-agua, deberá ser votado en la Asamblea y de aprobarse no se haría efectivo hasta dentro de dos años.

«Sinceramente a mí no me parece buena idea, porque si tenemos aquí Fuerzas de Autodefensa, seremos el centro de la diana en caso de un ataque», explica un miembro de la cooperativa. Y es que en esta isla, aunque se hable principalmente del acoso marítimo de China, también hay preocupación por la amenaza de Corea del Norte. De hecho, tres misiles de Pyongyang ya han sobrevolado Ishigaki.