«Prefieren morir ahogados antes que regresar a Libia»

La comida se acabará en breve y el calor aprieta en la cubierta del «Aquarius» donde los 629 migrantes esperan bajo lonas mientras se resuelve el desembarco del buque en el puerto de Valencia. La impaciencia se adueña de los rescatados.

Son meses de dura travesía que les ha llevado por desiertos soportando temperaturas extremas y situaciones humillantes hasta llegar a la fallida Libia. Desde allí, apiñados en viejas barcazas que apenas pueden navegar, se echaron al mar para alcanzar Europa y huir de la guerra, la miseria y los régimenes autoritarios. La noche del sábado al domingo, un ángel se cruzó en su camino y fueron rescatados por cooperantes de Médicos Sin Fronteras (MSF) y SOS Méditerranée cuando sus embarcaciones estaban a punto de quebrarse. En las seis operaciones que se llevaron a cabo se rescataron a 629 personas, entre ellas a 123 menores no acompañados, 11 niños y siete embarazadas. «A pesar de ser un rescate muy crítico, no tenemos una emergencia médica en este momento», asegura el doctor de MSF David Beversluis.

Los supervivientes están agotados. Muchos de ellos presentan quemaduras químicas, una reacción inflamatoria como consecuencia de la mezcla de agua salada y combustible que se acumuló en los botes de goma durante las horas que permanecieron a la deriva en el Mediterráneo. «Sufren fatiga, deshidratación, dolores musculares y de cabeza; y mareos», describe el doctor desde el «Aquarius». Si continúan en estas condiciones, con tanto estrés y el hacinamiento en cubierta durante mucho más tiempo, puede complicarse la situación.

Al cierre de esta edición, la embarcación continuaba varada entre las aguas de Italia y Malta, pese a la oferta de España de permitir atracar en el puerto de Valencia. «Actualmente estamos esperando que nos llegue más comida desde Malta, aunque no sabemos exactamente cómo nos va a llegar. Seguimos esperando todavía a que nos indiquen un puerto seguro al que dirigirnos, pero no sabemos todavía dónde vamos a ir», describe con preocupación. Horas después de esta conversación, llegaría el primer convoy con alimentos desde Malta: fideos instantáneos, galletas y agua.

La incertidumbre empieza a adueñarse de los rescatados que mantienen una aparente calma. La confusión y la desesperación hacen mella. Son muchas horas en la inmensidad del Mar Mediterráneo sin saber qué será lo siguiente. «Aunque la gente está calmada, comienzan a preocuparse porque no nos hemos movido en las últimas 12 horas», insiste Aloys Vimard, coordinador de MSF a bordo del «Aquarius». «Estamos siendo muy transparentes con todos a bordo. Es importante que entiendan lo que está sucediendo. Les hemos dicho que somos una organización humanitaria y que no los devolveremos a Libia bajo ninguna circunstancia». Nadie a bordo quiere escuchar el nombre del país magrebí. Para muchos es lo más parecido al infierno. Allí son víctimas de vejaciones, violaciones, abusos y esclavitud. «Un hombre amenazó con saltar por la borda; dijo que tenía miedo de que lo enviarían de regreso a Libia, y que había perdido la confianza en nosotros. La gente está desesperada», reconoce..

Saben que el cementerio del Mediterráneo es cada día que pasa más grande y que sus aguas se tragan a miles de personas. Aun así prefieren endeudarse para embarcarse en una precaria lancha. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) al menos 2.832 murieron en 2017. Acaba el «día uno» a bordo del «Aquarius».