Referendos, armas cargadas contra la UE

Durante los últimos 25 años, numerosas consultas han hecho temblar el proceso de construcción europea

Durante los últimos 25 años, numerosas consultas han hecho temblar el proceso de construcción europea

No se puede decir que a Europa se le den precisamente bien los referendos. Durante el último cuarto de siglo, numerosas consultas han hecho temblar con frencuencia los cimientos de la UE, que ha llegado a conceder exenciones a daneses e irlandeses para garantizar la continuidad del proyecto europeo. Los plebiscitos han puesto de manifiesto el creciente divorcio entra los ciudadanos y sus dirigentes.

Hace una década, la ratificación de la Constitución europea se convirtió en una vía crucis tal que obligó a los líderes europeos a aparcar su aprobación. El proceso comenzó con un esperanzador resultado en España el 20 de febrero de 2005, cuando los ciudadanos apoyaron con un entusiasta 76,7% la Carta Magna. Sin embargo, el entusiasmo duró poco. El 29 de mayo, los franceses, socios fundadores de la CE, rechazaron el texto con un 54,99% el texto y dos días después Países Bajos hizo lo propio con un margen aún mayor, el 61,5%. El no franco-holandés enterró para siempre el tratado constitucional y sumergió a la UE en su enésima crisis institucional.

Y es que la necesidad de que los tratados europeos sean ratificados por unanimidad por todos los Estados miembros ahuyenta a los Gobiernos europeos a lanzarse a nuevas aventuras. El Tratado de Maastricht, que alumbró el euro y la Unión Económica y Monetaria, supuso en 1992 la primera llamada de atención para las instituciones europeas. Al europeísta François Mitterrand le sorprendió que los franceses ratificaran por los pales, con un 51,1%, en septiembre. Tres meses antes, el 2 de junio los daneses habían pasado a la historia comunitaria al rechazar el TUE por un raspado 50,70%. Fue necesario que los Quince permitieran a Copenhague quedar fuera de la moneda única, la cooperación en justicia e interior y la ciudadanía europea paa que Dinamarcar dijera “sí” a Maastricht un año después con un 56,8% de apoyos.

La adopción del euro por los Estados miembros (que excepto Reino Unido y Dinamarca) están obligado a adoptar en algún momento todos los socios comunitarios ha proporcionados más decepciones. Los danese rechazaron entrar en la UEM en 2000 con 53,2%, mientras que en 2003 los Suecos se negaron a sustituir la corona por el euro con un 56,1%. Ni siquiera el asesinato un día antes de la ministra de Exteriores, la eruopeísta Ana Lindh, ablandó el corazón de los electores.

Ya en el siglo XXI, el Tratado de Niza, que a duras penas reformó las instituciones comunitarias para acoger a los nuevos Estados miembros del Este, se encalló en el proceso de ratificación. En este caso, fue Irlanda quien rechazó el texto por un 54% tras una nefasta campaña que sólo creó confusión entre los electores. Un año después, los irlandeses se desdijeron y dijeron “sí” a Niza por un abrumador 63%.

De poco sirvió, sin embargo, ser uno de los países más beneficiados por las ayudas europeas, especialmente las agrícolas. Los irlandeses volvieron a retrasar la ratificación del Tratado de Lisboa (heredero de la frustrada Constitución europea) en el referéndum de 2008, cuando un 53% dijo “no”. Un año después y tras garantizar a Irlanda que ni su neutralidad, ni su restrictiva ley del aborto ni su bajo impuesto de sociedades se verían mermados, los ciuadanos aceptaron por un 67,1% el nuevo tratado europeo, que entró en vigor en diciembre de 2009.

Capitulo aparte son los intentos frustrados de ingresar en la UE. De nuevo, el compromiso de los grandes partidos choca con la voluntad de un población celosa de conservar su soberanía nacional. Caso paradigmático es el de Noruega que por dos veces rechazó en las urnas unirse al proyecto europeo. La primera vez fue en septiembre de 1972, cuando un 53,5% de los noruegos dijeron “no” a unirse a la CE al mismo tiempo que Dinamarca, Irlanda y Reino Unido. Estre fracaso precipitó la dimisión del primer ministro, el socialdemócrata Trygue Bratteli. Casi dos décadas después, en noviembre de 1994, los daneses volvieron a rechazar su ingreso en la UE por un margen algo menor, el 52,2%. En ambos referendos, la oposición del poderoso sector pesquero noruego explican en gran medida el resultado. El país nórdico se ha resignado a pertenecer al Mercado Común y contribuir al Presupuesto de la UE sin participar en la toma decisiones.

Por su parte, Suiza, en pleno corazón de Europa y principal socio comercial de la UE, se ha resistido siempre a entrar en el “club” comunitario. Sus ciudadanos ya se lo dejaron claro a su entusiasta clase política el 6 de diciembre de 1992, cuando rechazaron entrar en el Espacio Económico Europeo (EEE), antesala de la UE. Desde entonces las relaciones entre Berna y Bruselas se han convertido en un permanente tango en el que la Confederación Helvética daba dos pasos delante y luego uno atrás. Así, en 2005, el 55% de los suizos aceptó a permitir la libre circulación a los ciudadanos de los países del este que un año antes se habían intregrado en la UE. Previamente, en 2001, un apabullante 78% había rechazado iniciar las negociaciones de adhesión con la UE. Finalmente, la consulta de 2014 en la que un 50,3% de los electores votó a favor de limitar la entrada de trabajadores de la UE e imponer cuotas anuales abrió una importante crisis con Bruselas.

El último plebiscito que puso en vilo a Europa en general y a la eurozona en particular fue el celebrado improvisadamente por el primer ministro griego, Alexis Tsipras, el 5 de julio del pasado año. Paradójicamente, aunque la población helena votó en contra del último plan de rescate propuesto por la troika, finalmente el Gobierno heleno acpetó implementar unos recortes que iban más allá de la propuesta rechazada en las urnas.

Finalmente, los holandeses han provocado el último dolor de cabeza a las instituciones europeas al oponerse con un 61% de votos al Acuerdo de Asociación con Ucrania en un referéndum que apenas contó con una participación del 30%. Los euroescépticos aprovecharon de nuevo la ocasión para manifestar su rechazo a la burocracia de Bruselas y allanar el camino para el “Nexit” (salida de Países Bajos de la UE).