Ser o no ser «Charlie»

Tres años después del horror, el atentado contra la revista satírica abre un profundo debate en Francia sobre la defensa de la libertad de expresión y la laicidad como símbolo de la identidad nacional.

El presidente Emmanuel Macron, acompañado por la alcaldesa Anne Hidalgo, dirigió tres ceremonias sucesivas organizadas en recuerdo de las víctimas de «Charlie Hebdo» y el supermercado judío
El presidente Emmanuel Macron, acompañado por la alcaldesa Anne Hidalgo, dirigió tres ceremonias sucesivas organizadas en recuerdo de las víctimas de «Charlie Hebdo» y el supermercado judío

Tres años después del horror, el atentado contra la revista satírica abre un profundo debate en Francia sobre la defensa de la libertad de expresión y la laicidad como símbolo de la identidad nacional.

El pequeño bigote de Hitler que había aparecido dibujado días atrás sobre el retrato conmemorativo de los caricaturistas asesinados de «Charlie Hebdo» situado en la puerta de la antigua oficina del semanario satírico ha podido ser eliminado a tiempo, justo horas antes de los tributos del aniversario y la visita del presidente francés, Emmanuel Macron, junto a la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, al lugar de la tragedia ayer por la mañana, tres años después de la matanza que vaticinaba una larga lista de atentados en Francia.

Esta desfiguración es muy sintomática del momento en el que el país celebra la efeméride. En enero de 2015, tras la masacre de once personas que cometieron los hermanos Said y Cherif Kouachi irrumpiendo armados con fusiles en este lugar, toda Francia salió a la calle al grito de «Je suis Charlie» (Yo soy Charlie, en francés). Tres años después, ser o no Charlie es un debate instalado especialmente en los sectores de la izquierda francesa que han protagonizado innumerables controversias en las que se han ido alineando sucesivamente políticos, periodistas, medios de comunicación y ciudadanos.

Las antiguas oficinas del semanario satírico están ubicadas en un barrio progresista de la parte este de la capital francesa, donde nadie cuestiona la necesidad de proteger la libertad de expresión. Pero los críticos insisten en que uno puede estar a favor de este derecho sin aferrarse al mantra «Je suis Charlie». Sin embargo, la pelea pública que sostienen unos y otros tiene poco que ver con la libertad de expresión, que ni el más osado puede poner en cuestión en Francia, sino más bien con el lugar que ocupa el laicismo en la sociedad.

De un lado está la izquierda libertaria y de tradición anticlerical, que se burla de la autoridad religiosa y profesa la laicidad como valor imprescindible. Del otro, la izquierda de tradición antiimperialista, que ve en las burlas de «Charlie Hebdo» a la religión profesada por sectores de la población de origen inmigrante una forma de intolerancia, véase de racismo. Representante de bandera de la primera es Manuel Valls, el ex primer ministro galo que lleva años combatiendo intensamente el discurso «buenista» de los sectores más escorados a la izquierda.

Del otro lado, Jean-Luc Mélenchon, el líder de la izquierda radical que ha llegado a tachar de «facha» a Valls por intentar imponer la laicidad a golpe de fuerza y de hacer el juego a la ultraderecha de Marine Le Pen. Estas dos concepciones de la izquierda le niegan a la otra su carácter emancipador. La izquierda laicista es acusada de ser proimperialista y la más radical es señalada por complicidad con el islamismo. Ser o no Charlie se ha convertido en el debate público de estas dos izquierdas, en el que el presidente Macron cuida con esmero las distancias. El mandatario es firme defensor del laicismo pero no comulga con las formas, en ocasiones de duro verbo, con las que lo defienden Valls y la derecha. Macron repite una y otra vez su consigna: la laicidad no debe reprimir la expresión religiosa y ya ha avisado que considera un «error funesto» hablar sólo de ella cuando se toca el tema del islam.

Coincidiendo con la efeméride, el número especial de esta semana de «Charlie Hebdo» detalla en su editorial las medidas tomadas para garantizar la seguridad de la redacción, que incluyen la instalación de sistemas costosos y la contratación de agentes de seguridad. «En total, se elevan a entre 1 y 1,5 millones de euros anuales, completamente a cargo del semanario, lo que equivale al precio de venta de 800.000 ejemplares al año», afirma su director actual que se hace en voz alta una pregunta: «¿Es normal para una revista de un país democrático que la venta de más de un ejemplar entre dos tenga que financiar la seguridad de sus locales y de sus periodistas?».

En este último número, varios de los periodistas que trabajan actualmente en la publicación relatan las amenazas que reciben de forma regular a través de redes sociales por sus portadas provocadoras. Lo hacen mediante un largo relato titulado «Lo que ha cambiado en tres años» y que termina de la forma más desesperanzadora: «Vivimos en medio de una guerra que puede retomar en cualquier momento».

El 7 de enero de 2015 los hermanos Said y Cherif Kouachi irrumpieron armados en la redacción del semanario en la capital, que ya tenía entonces protección policial –en concreto un agente– y asesinaron a doce personas, además de dejar varios heridos y que marcaron el comienzo de una oleada de atentados yihadistas en suelo francés.