Jeffrey Epstein, un magnate pedófilo sonroja a la Justicia y la política de EE UU

Su fortuna y los excelentes contactos libraron a este financiero de la cadena perpetua por explotación sexual de menores. Once años después vuelve a prisión tras reabrirse el caso

Jeffrey Edward Epstein fue arrestado la pasada semana con cargos por abuso sexual de menores
Jeffrey Edward Epstein fue arrestado la pasada semana con cargos por abuso sexual de menores

Saluden a Jeffrey Edward Epstein. Potentado, amigo de la realeza, de banqueros, de ex presidentes y ex primeros ministros, de cineastas consagrados y científicos de primera magnitud. Había cola para asistir a sus parrandas. Nadie quería perderse aquellas fiestas legendarias, los viajes al Caribe, los atardeceres frente a las aguas lapislázuli rodeados de huríes. Epstein compaginaba la vida disoluta, los negocios y el lujo con importantes donaciones a universidades del prestigio de Harvard, de la que era benefactor. Lo mismo sacaba de barbacoa a Stephen Hawking y otros grandes cosmólogos y físicos teóricos que bailaba junto a Bill Clinton, uno de sus cuates, o el príncipe Andrew, Duque de York.

Hoy Epstein duerme en un calabozo. Lo acusan de cometer agresiones sexuales contra decenas de mujeres, algunas de las cuales no tenían más de 14 años, y trata de blancas.

Lo trincaron hace una semana en un aeropuerto de Nueva Jersey. Al mismo tiempo doce agentes del FBI irrumpieron en la mansión neoyorquina del compadre de Donald Trump, propietario de un jet privado que la prensa amarilla bautizó como el «Lolita Express».

En 2008 había escapado a una posible cadena perpetua, cuando la Fiscalía del distrito sur de Florida, a la sazón dirigida por Alex Acosta, le propuso un trato irrenunciable. Epstein aceptaba que su nombre apareciera en el registro de delincuentes sexuales. También pagaría una cantidad nunca especificada a sus supuestas víctimas. A cambio sólo debía cumplir 13 meses en una cárcel de mínima seguridad, con todo un ala para él solo y permisos para ausentarse 12 horas al día y seis días a la semana... para trabajar. Le concedieron pases especiales, que le permitían tomar su Boeing y visitar sus propiedades por el mundo. La cosa no llegó a los niveles de Pablo Escobar en La Catedral, la prisión de Envigado que levantó y diseñó a su gusto y donde se encerró con sus mejores hombres y parte del sicariato para darse la gran vida y humillar al Gobierno. EE UU no es un Estado en descomposición, como la Colombia martirizada de los años del plomo y el narcoterrorismo. Pero resulta complicado citar otro caso en el que alguien acusado de unos delitos tan graves, un presunto pedófilo, haya recibido un castigo similar. Nada menos que en Florida, que mantiene la cadena perpetua y la pena de muerte. Lo de Epstein fue una combinación de buenos contactos, un bolsillo profundo, unos abogados estupendos y unos fiscales poco decididos.

Hace 17 años, en 2002, Trump, que entonces sólo era una combinación de estrella de la telebasura y Jesús Gil, que no había eclosionado para transformarse en la versión Atlantic City de Silvio Berlusconi, comentó a la revista «The New Yorker» que su amigo era un gran tipo. Simpatiquísimo y bueno, ok, un poquitín golfo. «Conozco a Jeff desde hace quince años», explicó, «Es un tipo estupendo. Es muy divertido estar con él. Dicen que le gustan las mujeres hermosas tanto como a mí, y muchas de ellas caen del lado más joven. No hay dudas sobre eso. Jeffrey sabe cómo vivir la vida». Aparte de las fiestas los dos comparten las sospechas respecto a sus finanzas. Tanto que la revista «Forbes» les ha dedicado a lo largo de los años varios artículos para dilucidar cuánto dinero tienen. En el caso de Epstein dictaminó que tras la crisis económica, y después del escándalo sexual, que le costó un buen puñado de amistades y clientes, los números están lejos de la fortuna que afirmaba poseer en 2008. Aunque la ingeniería fiscal, el entramado de dinero líquido, sale y entra de los países sin dejar huellas y dificulta sobremanera cualquier investigación.

El pasado viernes, mientras Acosta dimitía de sus cargos como secretario de Estado, Trump parecía molesto. Dijo: «Hizo un trato con el que la gente estaba feliz, y luego, doce años más tarde, parece que no están contentos con él. A ver cómo lo explicas. Pero el hecho es que ha sido un fantástico secretario de Trabajo».

Realmente nadie creyó que Acosta haya renunciado de forma voluntaria. Apenas 24 horas antes había dado una rueda de prensa de más de una hora en la que trató de disolver las dudas, limpiar su nombre, explicar cómo demonios fue posible que un tipo que admitía ser un agresor sexual sistemático, presuntamente implicado en sexo con decenas de adolescentes, a las que pagaba, podría irse de rositas. Todavía más correoso fue explicar por qué los términos de su acuerdo legal no habían sido comunicados a las víctimas. Cuando alguien le comentó que a lo mejor sus decisiones de entonces hoy habrían provocado un escándalo –lo han hecho, y le ha costado el puesto– comentó que «vivimos en un mundo muy diferente. El mundo de hoy trata a las víctimas de manera muy, muy diferente. Hoy, nuestros jueces no permiten que los abogados de la defensa avergüencen (a las víctimas)».

El futuro de Epstein se antoja negro. De momento decidirá la juez Kenneth Marra, del distrito sur de Florida, designada por el ex presidente George W. Bush. En sus manos, los próximos meses, quién sabe si el resto de su vida, del chico judío de Brooklyn que abandonó sus estudios en Cooper Union y a los dos años daba clases de matemáticas en una modesta facultad. El hombre de negocios que reinaba cuando los emperadores de Wall Street jugaban al monopoly con el resto del mundo, que sufrió un brutal revés en sus finanzas a raíz de la crisis financiera del 2009, y todavía es dueño de la mayor residencia privada en Manhattan, la imponente Herbert N. Straus House, así como de apartamentos en París, un colosal rancho en Nueva México y una isla privada en el Caribe.