Política

Xi advierte a EE UU que nadie puede dictar a China qué hacer

El presidente antepone la primacía del Partido Comunista a las reformas del gigante asiático.

Ovación de 3.000 delegados. El presidente Xi Jinping llega al acto del 40º aniversario de las reformas para dar su discurso en el Gran Palacio del Pueblo
Ovación de 3.000 delegados. El presidente Xi Jinping llega al acto del 40º aniversario de las reformas para dar su discurso en el Gran Palacio del Pueblo

El presidente antepone la primacía del Partido Comunista a las reformas del gigante asiático.

Ni anuncios de reformas, ni mención a la guerra comercial con Estados Unidos. Así es como fue el discurso de ayer del presidente chino, Xi Jinping, para conmemorar el 40º aniversario del inicio del proceso de reforma y apertura económica del país asiático. La alocución del mandatario fue un alegato de las políticas que han llevado a China a convertirse en la segunda economía del planeta en un tiempo récord y del Partido Comunista chino (PCCh), adalid y supervisor de un proceso que constituye «uno de los hitos más destacados de la China contemporánea».

«Ya sea el partido, el Gobierno, el Ejército, la gente común o los estudiantes, el este, el oeste, el sur, el norte o el centro, el partido lidera todo», sentenció el presidente del gigante asiático ante cerca de 3.000 funcionarios e invitados en el Gran Palacio del Pueblo de Pekín. Pese a que los analistas esperaban que Xi Jinping aprovechara la ocasión para anunciar las reformas necesarias que ayudarán a contrarrestar una economía china ahogada por la deuda, el dirigente utilizó su disertación para advertir de que «nadie está en posición de dictar a China lo que debe hacer».

Sus palabras tenían un destinatario claro: Estados Unidos. Desde que el presidente norteamericano, Donald Trump, llegara a la Casa Blanca, las relaciones entre ambos países no han hecho más que empeorar. Mientras Trump ha abogado por el proteccionismo y el «América primero», Xi ha defendido la globalización y ha buscado aliados para sus megaproyectos de conexión internacional. Por eso, Xi insistió en que China nunca se desarrollará «sacrificando los intereses de otros países». Además, sus diferencias han agravado sus relaciones comerciales y ambas naciones andan enfrascadas en una contienda comercial con la imposición mutua de aranceles que, de no resolverse, podría acarrear graves consecuencias para las dos mayores economías del mundo y para aquellas naciones con las que realizan intercambios comerciales.

Para protegerse en caso de hundimiento, Xi, a quien comparan con el gran timonel Mao Zedong y cuyo poder político es mayor que el de cualquier líder en décadas, endureció los controles sobre su economía a través del PCCh, algo que generó cierta inseguridad entre el sector privado del país. Para disipar esos temores, ayer insistió en que «debemos reforzar de forma inquebrantable el desarrollo de la economía estatal mientras alentamos, apoyamos y guiamos el desarrollo del sector privado». Estos sectores, que hace 40 años eran inexistentes, prosperaron gracias a la política del «Gaige Kaifang», con la que, entre otras medidas, se dio la oportunidad a algunos campesinos de tener la propiedad de sus cultivos o se establecieron varias «zonas económicas especiales» que permitieron experimentar con otro tipo de mercado. Desde entonces, el PIB se ha multiplicado por 82 y supone el 15% de la riqueza global, la esperanza de vida ha pasado de los 65,8 a los 76,4 años y 740 millones de personas han salido de la pobreza.

Pese a las buenas intenciones, habrá que observar cómo cala realmente el discurso de Xi entre estos líderes empresariales y economistas del país. En los últimos tiempos, se han quejado de las pesadas cargas fiscales y las restricciones a la inversión motivadas por la preferencia de los bancos a canalizar préstamos de las grandes compañías estatales que disfrutan del patrocinio de los líderes de los partidos, por lo que continúan preocupados ante los riesgos de una economía que se ralentiza tras años y años de vertiginoso crecimiento.

Con el fin de salvaguardar su economía, Xi se ha visto obligado a ceder en algunos aspectos ante las exigencias de Estados Unidos, pero, al mismo tiempo, se ha mantenido firme a la hora de lidiar con el país norteamericano. Así sucedió con el reciente caso de la directora ejecutiva del gigante chino tecnológico Huawei, Meng Wanzhou, a quien detuvieron en Vancouver a principios de mes a petición de EE UU. Tras hacerse público su arresto y al no cumplirse las exigencias de China de ponerla en libertad, Pekín arrestó a dos ciudadanos canadienses como probable represalia pese a negar que sus casos estuvieran relacionados.

Ahora habrá que esperar a la reunión de la Conferencia Central de Trabajo Económico de China, que se celebrará esta semana y en la que se decide anualmente el futuro más inmediato en ese área, que, según el diario «China Daily», podría incluir un recorte de impuestos y un incremento del gasto fiscal. Mientras tanto, las palabras de ayer dejaron un sabor agridulce. Mark Williams, jefe economista de Asia para Capital Economics, lamentó que «más allá de apuntar a una nueva liberalización económica, el mensaje clave de la dirección es que el Estado continuará jugando un papel importante en la economía». Para él, no fue una sorpresa que Xi centrara su atención en los grandes logros de China en los últimos tiempos, «pero fue un tanto decepcionante la poca mención que hubo de los mercados y el sector privado en la descripción de Xi del camino a seguir». En un paso más del contencioso comercial, el Gobierno chino solicitó ayer formalmente ante la Organización Mundial del Comercio la apertura de un grupo especial para investigar los aranceles impuestos por EE UU a sus importaciones.