Cárceles para la tercera edad

Francisco Pérez Abellán

La cárcel de Soto del Real, en Madrid

El progresivo e imparable envejecimiento de los delincuentes ha convertido nuestras cárceles en una especie de clínicas para cuidar ancianos. En la actualidad, según Instituciones Penitenciarias, hay 351 reclusos de más de 70 años, y de ellos, 48 sobrepasan los ochenta. Eso supone llenar las prisiones de citas para la revisión de la próstata, pañales antipérdidas, antitusivos, fármacos para la tensión, «fisios» para mejorar la movilidad, laxantes y sopitas.

Pero, cuidado, estos viejecitos no son homicidas, agresores sexuales, maltratadores, estafadores y traficantes de droga. En la calle se cree que los delincuentes de más de 70 años no van a prisión. Y lo cierto es que el espíritu de la Ley es ese. La viveza de los agresores sexuales septuagenarios y octogenarios demuestra de sobra que, como dice Falstaff, se acaba antes la potencia que el deseo.

Lejos de ser unos simpáticos viejecitos, son personas enrabietadas y furiosas y algunos de ellos sentenciaron a sus mujeres a muerte hace cincuenta años. Uno mató a su esposa cuando ésta tenía 66 años y él, 77, y ahora tiene 81 y se pasa la noche levantándose a orinar.

De modo que a nadie se le ocurre dejarles en manos de los monitores anti alzhéimer. Quizá no recuerden lo que han desayunado pero es muy probable que nunca olviden cómo clavar un cuchillo en el cuello. Hay reclusos de más de 79 años condenados por abusos sexuales reiterados a menores; otro recluso, de 71 años, ha sido condenado a cinco de cárcel por abusos contra una menor de once a la que iba a recoger al colegio por mandato de los padres.

Desde los años ochenta, la población reclusa no hace otra cosa que crecer en edad. De 69.113 presos que hay ahora en España, casi el tres por ciento tiene más de sesenta años. Los veteranos del crimen no tienen un lugar definido dentro de las prisiones, una sala para ancianos o algo así, con dominó, baraja, mus, sol y sombra, carajillo, cigarrera, chocolate caliente y soconusco, donde, si quieren darles en el gusto, puedan pagar en pesetas, de esos trescientos mil millones que todavía atesoran debajo del colchón o en el calcetín. Que Arteseros les vaya poniendo trozos de película los fines de semana o reportajes del No-Do. Al fin y al cabo, en el sepia de esas imágenes es donde únicamente podrá reconocerse gente con contrato de empleo indefinido, que vivían llenos de esperanza en sus casas, sin miedo a que vinieran los del desahucio, ni a que te llamara el director de tu banco para venderte unas preferentes.

Y hasta es posible que viejas figuras les visiten, como Poli Díaz o Mario Conde, que puede soltarles un curso de banca acelerada, y si quieren viajar en sus salidas de recluso, nada mejor que dejarse aconsejar por Gerardo Díaz Ferrán, de 70 años, preso preventivo, recién ingresado, ex presidente de la CEOE, fundador del grupo Marsans, y que ahora desde Soto del Real (Madrid) puede organizar variedad y calidad. Quienes osen aprender pueden ser muy bien asesorados en el entendimiento de asignaturas duras como alzamiento de bienes, blanqueo de capitales e insolvencia punible. Entrar hoy de mayor en la cárcel, si encima fumas, es que te toque el premio gordo de la lotería.