El papel de Graiver

Compró una parte de Papel Prensa y evitó así el control de los medios por el Gobierno. Cuando este banquero de origen judío entró en la empresa, firmó su sentencia de muerte

Silencio. Muchos medios, como «Siete Días», elucubraron sobre el destino de Graiver tras su desaparición en México el 6 de agosto de 1974
Silencio. Muchos medios, como «Siete Días», elucubraron sobre el destino de Graiver tras su desaparición en México el 6 de agosto de 1974

Se llamaba David Graiver y era hijo de una familia de judíos polacos que decidieron abandonar la vieja Europa en la década de los años treinta y establecerse en Argentina. La decisión, con total seguridad, los salvó de acabar muriendo entre los muros del ghetto o las alambradas de Auchswitz. El padre de familia, Juan, se fue abriendo camino en la ciudad de La Plata gracias al negocio inmobiliario. David, el hijo mayor, comenzó los estudios de Derecho, pero, al final, optó por otro camino. Con dinero aportado por su familia, adquirió en 1967 el Banco Comercial de La Plata.

En una sociedad donde el antisemitismo no era un fenómeno marginal, la existencia de un judío al frente de un banco despertó los más diversos prejuicios. No disminuyeron éstos cuando Francisco Manrique, ministro de Bienestar social con Lanusse, designó a Graiver subsecretario general y llegaron casi al paroxismo cuando se convirtió en asesor de José Ber Gelbard, el ministro de Economía de Cámpora. Con poco más de treinta años, Graiver era dueño del Banco Comercial de La Plata y del Banco Hurlingham, de los bancos neoyorkinos ABT y CNB, del Bruselense Banque pour l'Amérique du Sud y de un banco israelí, el Swiss-Israel Bank. A ese impresionante caudal financiero se sumaban docenas de compañías localizadas en distintos países.

Paranoia antisemita

Si Graiver hubiera sido un gentil o hubiera vivido en otra nación, hubiera podido vivir con total y absoluta tranquilidad. En Argentina, semejante eventualidad era imposible. Contra él se iniciaron las más diversas acciones judiciales y aunque de todas ellas salió bien parado, su figura quedó marcada. En 1971, Graiver decidió respaldar la creación de una prensa no controlada por el poder político e invirtió en «La Opinión», un periódico legendario dirigido por el también judío Jacobo Timerman. Con el paso del tiempo, el diario sería el primero en publicar las listas de desaparecidos por la Junta Militar argentina y, por ello, se vería clausurado en 1977. Envidiado, detestado y admirado, en 1973, Graiver dio un paso que le depararía consecuencias fatales. El papel destinado a la publicación de diarios se encontraba mayoritariamente controlado en Argentina por Papel Prensa, una empresa fundada en 1971.

Se trataba de una circunstancia que fijaba el terreno donde debían combatir los que deseaban la libertad de expresión y los que soñaban con yugularla de manera total. Graiver llegó a la conclusión de que podría extender su actividad empresarial en esa dirección. En diciembre de 1973, a través del Grupo Civilta de Editorial Abril, Graiver adquirió el veintiséis por ciento de las acciones de Papel Prensa quedando el resto en manos del Estado argentino. La jugada de Graiver significó cruzar una raya no por invisible menos obvia.

En adelante, ningún gobierno podría controlar de manera total la salida de periódicos a la calle. Que un judío fuera banquero ya levantaba ronchas en sectores amplios de la sociedad argentina; que participara en empresas periodísticas rayaba lo intolerable para esos mismos sectores, pero que formara parte del accionariado de la empresa que proporcionaba papel a la prensa constituía una transgresión que debía ser castigada. El 6 de agosto de 1976, Graiver desapareció en un accidente aéreo en México que nunca ha sido esclarecido.

Para no pocos, Graiver había sido asesinado por las mismas razones que no pocos judíos habían encontrado la muerte a lo largo de los siglos. Como ellos también, su memoria fue vilipendiada. Se lo acusó de haber ayudado a los Montoneros y miembros de su familia –igual que Jacobo Timerman– fueron detenidos y sometidos a tortura por la dictadura militar. En el curso de infernales interrogatorios, una y otra vez se preguntó por los detalles de un supuesto plan para separar la Patagonia de Argentina y convertirla en un hogar judío. Se trataba de una tesis paranoicamente antisemita, tanto como el comportamiento que había llevado a Graiver hasta la muerte simplemente porque para muchos un judío no podía poseer Papel Prensa.