Guerra clandestina contra el Irán nuclear

El Mossad combatió durante años el programa atómico de Teherán, congelado ahora seis meses tras un acuerdo

Algunos la bautizaron como la «operación Armagedón» y consistía en una ofensiva de la aviación israelí lanzada desde aeródromos de la época soviética en Azerbaiyán. Este país, que comparte 600 km de frontera con Irán, era la plataforma alternativa para atacar las instalaciones nucleares estratégicas iraníes. Así lo publicó el año pasado «Foreign Policy», con el posterior desmentido de Azerbaiyán. Otros detalles sobre la operación apuntaban a que los cazas israelíes que despegaban de las bases de Baku Kala y Nasonaya –cargados con bombas de alta penetración GBU-57/B– tenían como objetivo reactores en Teherán, Qazvin y Arak, las minas de uranio de Saghand, las instalaciones de Natanz y las centrifugadoras de Fordo.

Según algunos analistas, EE UU se encargó de frustrar la misión ante el riesgo de un ataque de consecuencias impredecibles que hubiera podido envolver a Washington en una nueva guerra en Oriente Medio. Aunque el acuerdo alcanzado entre la comunidad internacional e Irán para congelar una parte de su programa durante seis meses aleja un escenario bélico, Israel no va a bajar la guardia, asegura Eric Frattini, autor del libro «Mossad, los verdugos del Kidon». «Sencillamente, los israelíes no se fían del régimen de Teherán, y por eso siempre estarán alerta», añade.

Al Mossad, el servicio de Inteligencia judío, se le han atribuido diversos episodios de la guerra clandestina para frenar el desarrollo nuclear iraní, cuyo objetivo último es la bomba atómica. La venta de material defectuoso, laboratorios en llamas, aviones que se estrellan con personal vinculado al gobierno. Grupos opositores en el exilio también han proporcionado jugosa información secreta sobre los avances de Teherán que ha servido de base para informes de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (IAEA).

El historiador israelí Michael Bar-Zohar asegura que el Mossad representa la mejor arma para detener la amenaza de Teherán y la última frontera para detener la guerra abierta. A Meir Dagan, el director entre 2002 y 2010, sus compatriotas le consideran «un héroe». La prioridad de su gestión fue la de conseguir la máxima información desde dentro del programa, que salió a la luz en el año 2002. Desde entonces, el régimen de los ayatolás ha sufrido golpes constantes que han obstaculizado su objetivo de convertirse en un gigante nuclear.

Pero en 2010, la batalla secreta –a la que ningún país pone firma– se recrudeció con el asesinato de varios científicos y el diseño de un potente virus informático llamado Stuxnet. Para muchos, éste ha sido el mayor contratiempo que han padecido las ambiciones de los ayatolás. El gusano informático Stuxnet había sido introducido en los servidores de las instalaciones de Natanz, donde Irán opera miles de centrifugadoras para el enriquecimiento de uranio. La virulencia de esta arma es tal que, además de poder infectar ordenadores no conectados a internet, es capaz de destruir una industria entera.

«Stuxnet se ha convertido en la primera arma global de contenido geopolítico», dijo el influyente «hacker» alemán Frank Rieger. Según publicó «The New York Times», el virus fue creado con ayuda de EE UU en las instalaciones de Dimona –en el desierto de Negev, donde Israel lleva a cabo su programa nuclear nunca reconocido–, y logró ralentizar el desarrollo atómico al detener el funcionamiento del 30% de las centrifugadoras durante meses.

A finales de la Administración Bush, EE UU descubrió que miembros del Mossad fingieron ser americanos de la CIA para contactar con la organización radical suní Jundallah, autora de varios atentados en Irán. Es de suponer que este grupo salafista nunca hubiera colaborado con el Estado judío, pero sí con los norteamericanos. En la jerga del espionaje a esta operación se le denomina «falsa bandera». Washington e Israel comparten la misma visión sobre el peligro que supone Irán, pero, según Bar-Zohar, autor del libro «Las grandes operaciones del Mossad», ambos países han discrepado de cuál era el momento para intervenir.

Los Servicios Secretos estadounidenses pensaban que ese punto llegaría cuando el nivel de enriquecimiento de uranio alcanzara el 80%, porque entonces Irán podría acelerar el proceso hasta lograr el 97%, grado necesario para ensamblar una bomba atómica. En cambio, los enviados israelíes decían a los norteamericanos que «cuando lleguen a ese punto de enriquecimiento crítico será demasiado tarde para poder atacarles» porque «habrán entrado en una zona de inmunidad, donde ninguna bomba será capaz de destruir su proyecto», según el testimonio recogido por Bar-Zohar. Giora Eiland, ex consejero de seguridad nacional con Ariel Sharon, asegura a LA RAZÓN que el acuerdo parcial pactado en Ginebra «reduce considerablemente» las posibilidades de un ataque de Israel. Pero advierte de que aunque el pacto sellado por Teherán «es muy fácil de cumplir porque le obliga a hacer muy poco», cualquier violación del mismo podría cambiar la situación y colocar las fichas en el punto de partida.

Científicos en el punto de mira

Uno de los episodios más oscuros de la guerra secreta contra Irán es el asesinato de científicos iraníes. En enero de 2010, el profesor en mecánica cuántica Massud Ali Mohamadi falleció cuando estalló un artefacto colocado en los bajos de una moto Honda aparcada junto a su coche. Majid Shahriari, de la Comisión de Energía Atómica de Irán, y Fereydoon Abbasi Davani, un experto en misiles balísticos, fueron asesinados al estallar una bomba pegada en sus vehículos. Arriba, el ex presidente Ahmadineyad durante una visita a una instalación nuclear.