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Los falsos paraísos del alma

El reclamo de las filosofías orientalistas y la autoayuda esconden muchos fraudes

  • Carné de la escuela del shaolín Juan Carlos Aguirre
    Carné de la escuela del shaolín Juan Carlos Aguirre
  • El maestro en aikido Carmelo Ríos
    El maestro en aikido Carmelo Ríos

Tiempo de lectura 4 min.

08 de junio de 2013. 14:44h

Comentada
8/6/2013

No basta raparse el pelo, vestir túnica y hacerse llamar «sensei» para ser un entrenador de artes marciales o un maestro en meditación. También los alumnos deben reunir un protocolo de aptitudes apto para enarbolar un sable, aprender a dar certeros golpes o sentarse en loto. ¿Cómo diferenciar a los iluminados de quienes siguen la correcta vía de una disciplina? Y a la inversa: ¿Cómo reconocer a un discípulo que acude con una mochilla cargada de violencia?

La comunidad de las «artes marciales» tanto como la de la «vía meditativa» está entristecida a raíz de los funestos acontecimientos protagonizados por el falso maestro shaolín Juan Carlos Aguilar, alias «Huang», que denominaba a su gimnasio bilbaíno como Monasterio Budista Chan/Zen Océano de la Tranquilidad, que decía ser campeón de kung-fu y durante años se paseó por los platós televisivos propagando «revelaciones». Entre otros, estuvo en «Redes» con Punset o en el espacio «Al otro lado» que Javier Sierra dirigía en Telemadrid. Pero nunca obtuvo los títulos de los que presumía, producto sólo de su marketing, pese su periplo por Youtube y su embustera vinculación a los templos chinos.

¿Cómo se detecta, entonces, un maestro fraudulento, de uno acreditado? «El alumno lo tiene fácil, si no se deja impresionar por falsos santones: hay que acudir a las instituciones oficiales. A las federaciones. En concreto, shaolín es un estilo reglado dentro del "wushu", que a su vez pertenece a la Real Federación Española de Judo y deportes asociados. Quienes pueden impartir clases tienen que estar regidos por normativas y titulaciones que revisa tanto la Federación como el Consejo Superior de Deportes», aclara un maestro de wushu, que no quiere dar su nombre.

En el caso del presunto asesino de las dos prostitutas –hasta el momento–, el mundo de las artes marciales se ha desentendido de él y la Federación Española de Karate niega que haya ganado campeonato alguno en nuestro país. Quienes alguna vez combatieron con él le definen más como un «acróbata» que como un experto. Una de las personas consultadas que más dolidas está es Víctor Díaz, responsable del Templo Shaolín España: «Yo le prohibí utilizar la marca porque no me ofrecía ninguna garantía. Todo esto dejará una gran mancha sobre esta disciplina. Voy a decir una barbaridad, pero sólo liberará su indignidad cuando deje de existir. Y creo no equivocarme si digo que posiblemente ponga fin a su vida, no tardando mucho», aclara el maestro de kung-fu shaolín cuando explica que ningún occidental puede entrar en un monasterio chino porque son una orden monástica como los benedictinos en Occidente.

En la dirección contraria, los maestros o instructores también tienen sus propias prevenciones respecto de sus potenciales alumnos. «Igual que ellos pueden informarse sobre mí, yo no acepto a cualquiera que no conozco como alumno, y en todos los casos, permanece algún tiempo bajo mi observación. No acepto discípulos con tendencias violentas, narcisistas, individualistas o competitivas. Me dejo llevar por mi intuición, y en líneas generales, rara vez me equivoco. Deben ser ejemplo de bondad de corazón y altruismo. Recordemos que el Aikido es un camino de no violencia activa», explica Carmelo Ríos, reputado orientalista y maestro de aikido, autor de numerosos libros y cuyo último best-seller es «El alma del aikido». De igual forma, tiene mucha prevención a la hora de colocar un arma en las manos de un aprendiz... Aunque matiza «las llamamos "herramientas" nunca se las dejo a nadie que no haya permanecido conmigo tiempo y de quien esté seguro de que las usará correctamente, como una forma de expansión de la energía (ki) y como instrumento de poda del propio ego». Y apostilla: «Un verdadero «sensei» jamás hace uso de la violencia. Un buen maestro tiene como primera obligación cambiar, evolucionar como ser humano, para ser un ejemplo coherente de sus enseñanzas. Las artes marciales son una escuela de vida, una forma de entender el mundo... Como una escuela de caballería en la que se aprenden valores humanos: humildad, bravura, lealtad, bondad, altruismo y no violencia... Todo lo que no sea así, le rechina al profesor y al alumno».

Algunos profesores de artes marciales dicen haber recibido enfermos mentales derivados por programas psiquiátricos, pero, si no los perciben equilibrados y debidamente medicados, la práctica de cualquier disciplina los puede desequilibrar. El reputado maestro internacional de zazen Dokushô Villalba da un paso más allá a la hora de admitir a un discípulo en su Dojo Zen, Templo Luz Serena. «Se trata de una meditación budista zen para la que cualquier potencial discípulo debe tener acceso a las acreditaciones de su maestro. En mi caso, estudié en París con Taisen Deshimaru y después en Japón. Es cierto que son falsificables muchas referencias, pero cada vez es más difícil. En nuestro caso, basta con pedir a Japón las acreditaciones de estar inscrito como monje y maestro autorizado, y recientemente hay sede en París. También en España existe la Comunidad Budista Soto Zen de la que soy presidente y cualquiera puede solicitar credenciales de su maestro».

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