Un mañana sin Mandela

La deficiente red de infraestructuras  (en la imagen, carretera de Uganda) es uno de los lastres que condiciona el crecimiento del comercio en África pese a sus riquezas naturales
La deficiente red de infraestructuras (en la imagen, carretera de Uganda) es uno de los lastres que condiciona el crecimiento del comercio en África pese a sus riquezas naturales

La muerte de Nelson Mandela ha dejado una interminable estela de elogios y admiración, previsible y merecida, y una herencia moral de la que África debería beneficiarse para labrar un futuro en el que creer. Esa unanimidad en los parabienes y en la exaltación de su figura deja sobre todo en evidencia a los gobernantes africanos que ensalzan a Madiba y, al mismo tiempo, entierra los ideales por los que luchó. El gran reto del continente tras la desaparición del mito es hacer realidad el sueño de Mandela, «un África en paz consigo misma». Pero, ¿hay motivos para creer en África?

La corrupción y la pobreza oscurecen, sin duda, cualquier pronóstico de bonanza, aunque sería injusto, y tremendamente simplista, reducir un continente con 54 países y más de 1.000 millones de habitantes a esos dos lastres. También hay atisbos para empezar a dibujar una sonrisa: la riqueza de sus recursos naturales es incontestable, como el crecimiento experimentado por las economías africanas en los últimos años. Acudamos a las cifras del Banco Mundial, si no hay más remedio: entre los 15 países que más han crecido en la última década, y con mayor rapidez, diez son africanos, todos por encima del seis por ciento (Ghana, con un 12%, supera incluso a la todopoderosa China). Las tímidas mejoras en sanidad y, sobre todo, educación, muy lejos aún de los parámetros occidentales, también ofrecen motivos para creer, como el progresivo afianzamiento de la clase media, el verdadero talón de Aquiles de toda perspectiva de progreso, y la creciente conciencia crítica de la sociedad civil, por ahora limitada a las grandes ciudades.

El reto de la unión política

Pero volvamos al otro lado de la balanza. Medio siglo después de la creación de la Organización para la Unidad Africana (rebautizada como Unión Africana en 2002), la unión política y económica del continente ni siquiera se atisba –las perspectivas más optimistas la sitúan en 2034–. Los aranceles y las trabas a las transacciones –la exasperante lentitud administrativa hace el resto– reducen a un decepcionante 15 por ciento el comercio entre los países africanos, lo que agudiza, aún más si cabe, la dependencia del exterior. Los gobernantes no han sabido plasmar el orgulloso sentimiento africano de sus habitantes, por encima de países y fronteras –que para sí quisieran los europeístas–, en unos Estados Unidos de África como los que soñó el ghanés Kwame Nkrumah, el precursor de la unidad política del continente. Muy lejos de ese ideal están las dolorosas imágenes de los inmigrantes africanos que llegan a Europa, jugándose la vida, huyendo de un futuro que se les escapa entre las manos.

Más de sesenta años después de ponerse en marcha los procesos de independencia, África sigue escudándose en el colonialismo para explicar su fracaso. Y, al mismo tiempo, abraza un neocolonialismo, éste económico: el que apadrina China, el nuevo rey Midas de África. Cualquiera que haya viajado por el continente se habrá tropezado con infraestructuras (presas, carreteras, aeropuertos, vías férreas) construidas por obra y gracia de Pekín, comandadas por capataces chinos con pinta de acabar de aterrizar en Marte.

¿Qué obtiene la segunda economía mundial a cambio? Sobre todo, un acceso preferente a las materias primas, El Dorado africano, y el mercado que necesita para vender sus productos. «Antes pocos se podían permitir unos vaqueros –me explicaba un joven etíope hace unos años en Adis Abeba– y ahora los chinos los venden muy baratos y todos los llevamos, aunque no duran mucho». ¿No sería mejor que China abriera recíprocamente su mercado a las materias primas africanas para fortalecer su economía?

Mayor estabilidad

En todo caso, el crecimiento del continente viene de la mano de una mayor estabilidad política, pese a la amenaza islamista en el Sahel y en el Cuerno de África (Uganda, Etiopía y Kenia han sufrido en carne propia atentados con el sello de grupos afines a Al Qaeda por el despliegue militar de sus soldados en Somalia) y la guerra civil en ciernes en Libia. La República Democrática del Congo (donde el reciente abandono de la lucha armada por parte de la guerrilla del M23 abre una ventana de esperanza en el conflicto más sangriento de África), la República Centroafricana (donde la ONU tiene la oportunidad de redimirse de su espantada en Ruanda para evitar otro genocidio) y Somalia siguen siendo los principales puntos negros. Pero no los únicos.

La política y la economía están acostumbradas a hacer equilibrios sobre el alambre de asonadas, cuartelazos y los recurrentes conflictos étnicos o secesionistas (Mali, sin ir más lejos). Ni siquiera uno de los países más estables, Kenia, se ha librado en los últimos años. La reelección del kikuyu Mwai Kibaki y la sombra de un pucherazo desataron, a principios del año 2008, una inusitada ola de enfrentamientos tribales que dejó un reguero de muertes en el paraíso de los safaris.

«Si Dios tiene que romperte una pierna, al menos te enseñará a cojear», reza un proverbio africano. Y da la sensación de que África –con sus ricos yacimientos de petróleo, gas y minerales, y sus vastas extensiones cultivables– está condenada a cojear abrumada por el nepotismo, el mal gobierno, la injusta distribución de la riqueza, las deficientes infraestructuras y el inquietante acecho de guerras y hambrunas. Quizá, como apunta Mbuyi Kabunda Badi, profesor congoleño, en el último especial de la revista «Mundo Negro» sobre África, los estados africanos se hayan resignado a ser sólo «un avatar del estado colonial».

Para Occidente, que sigue mirando al continente de reojo con una mezcla de paternalismo y condescendencia, África apenas es noticia por sus conflictos bélicos, secuestros de cooperantes y sequías devastadoras. La maquinaria de la ayuda humanitaria se pone entonces en marcha, a menudo publicitada por estrellas del rock y del celuloide, esa «farándula del desarrollo que en ocasiones es todo corazón y nada de cabeza» a la que se refiere el economista Paul Collier en «El club de la miseria». «La ayuda por sí sola no va a solucionar nada», sentencia, si no se potencian además «la seguridad, el comercio y las normas internacionales».

Mala conciencia

Pero lo cierto es que los países desarrollados, quizá para aliviar su mala conciencia colonizadora, siguen apostando prioritariamente por esas políticas de ayuda, que los gobernantes africanos no están en condiciones de rechazar (más del 95% de los programas de la Unión Africana está financiado por donaciones extranjeras) y que en demasiadas ocasiones sirven para engordar fondos de reptiles, sinecuras y cuentas corrientes en paraísos fiscales. La pregunta es obligada: ¿ha redundado realmente ese aluvión de ayudas en una mejora general del nivel de vida de los africanos?

El futuro de África, no obstante, no sólo pasa por la política y la economía. «La libertad es inútil si la gente no puede poner comida en sus estómagos, si no pueden tener refugio, si el analfabetismo y la enfermedad siguen persiguiéndolos», decía Mandela en 1994. Veinte años después, las tasas de alfabetiza- ción son cada vez más altas, pero el sida sigue siendo una lacra para muchos países (con Botsuana y su 25% de población seropositiva a la cabeza) y la mortalidad infantil, una pesadilla insoportable (3,5 millones de niños mueren cada año antes de cumplir los cinco). Millones de personas viven hacinadas sin agua corriente ni electricidad en los «slums» (núcleos chabolistas), la estación término de tantos africanos que un día soñaron con una vida mejor en la gran ciudad.

África tiene músculo y recursos para creer en sí misma. El 60% de su población es menor de 25 años. Pero es responsabilidad de sus gobernantes (algunos, como Mugabe, casi vitalicios) ofrecer a esas generaciones un futuro con el que poder soñar, para evitar que, como apuntó el periodista y escritor Ryszard Kapuscinski, pasen gran parte de su vida «en un estado de inerte espera».

Proyecto faraónico en el Nilo azul

Costará más de 6.000 millones de dólares y se convertirá en la séptima planta hidroeléctrica del mundo y la mayor de África. La Presa del Gran Renacimiento se está construyendo, paradójicamente, en uno de los países más pobres del planeta. Pese a su notable crecimiento en los últimos años, Etiopía sólo es noticia por sus periódicas hambrunas y sequías. E incluso con este proyecto faraónico en el Nilo Azul, así sigue siendo. Es difícil encontrar información sobre este complejo que, con una potencia de 6.000 megavatios, triplicará a la de la presa de Asuán (Egipto) y propiciará el lago más grande del país (duplicando la superficie del Tana).

La infraestructura, construida en la región de Benishangul-Gumuz, se encuentra en tierras de los gumuz, una tribu nilótica a la que los propias etíopes se refieren como «shangalla» (negros). Un rincón olvidado de un país olvidado que fue vivero de razias esclavistas durante siglos. Recorrer sus caminos, a un paso de la frontera con Sudán, es retroceder en el tiempo a cada paso. El hombre blanco es aquí un extraño.

Para Etiopía, no ha sido fácil poner en marcha el ambicioso proyecto (que está previsto inaugurar en 2015). Egipto y Sudán no ven con buenos ojos la construcción de la presa e invocan un acuerdo de 1959 por el que se atribuyeron, excluyendo a la antigua Abisinia, el 90% del caudal del gran río. El Nilo es fuente de vida y, también, de disputas.