Larsson, tras el asesino de Olof Palme

Con ochenta millones de ejemplares vendidos podría parecer que el interés de Stieg Larsson era la ficción. Pero antes de ser el autor de «Millennium» quiso cazar al asesino de Olof Palme

El primer ministro sueco Olof Palme fue asesinado el 28 de febrero de 1986. En la imagen, junto a Anna Lindh, ministra de exteriores de Suecia, que también mataron en 2003
El primer ministro sueco Olof Palme fue asesinado el 28 de febrero de 1986. En la imagen, junto a Anna Lindh, ministra de exteriores de Suecia, que también mataron en 2003

Con ochenta millones de ejemplares vendidos podría parecer que el interés de Stieg Larsson era la ficción. Pero antes de ser el autor de «Millennium» quiso cazar al asesino de Olof Palme

Stieg Larsson fue uno de los grandes nombres del periodismo sueco. Una de sus obsesiones fue averiguar quién mató a Olof Palme, el primer ministro de su país, un caso que permanece todavía hoy abierto. En el libro «Stieg Larsson. El legado», que esta semana publica Roca Editorial, Jan Stocklassa reconstruye la investigación del autor, como es el caso de una carta, hasta hoy inédita, donde Larsson apunta sus primeras sospechas sobre el magnicidio y que se publica en exclusiva en este diario por primera vez. Stocklassa ha sido el primero en acceder a los documentos periodísticos de Larsson y que permanecen celosamente guardados en algún lugar sin identificar de Estocolmo.

El archivo del escritor ha estado sin ser consultado diez años. Son varias cajas de documentos en los que se puede seguir la detallada investigación de uno de los grandes enigmas del siglo XX: el asesinato del primer ministro sueco Olof Palme sucedido el 28 de febrero de 1986. La aparente acción de un loco solitario fue dibujándose como una oscura conspiración en el país donde aparentemente nunca pasa nada. Pocas semanas después del magnicidio, Larsson se ponía en contacto con Gerry Gable, el redactor jefe de la revista «Searchlight», para transmitirle sus primeras impresiones y dudas acerca del caso:

«Querido Gerry, queridos amigos: La muerte del ministro sueco Olof Palme es, para ser totalmente sincero, uno de los casos de asesinato más increíbles y sorprendentes que jamás he tenido la desagradable tarea de seguir. Sorprendente en cómo la historia de pronto se retuerce y no deja de dar pie a nuevos descubrimientos asombrosos, solo para luego volver a cambiar para el siguiente deadline. Increíble por la magnitud de su influencia política. Por primera vez en la historia, creo, un jefe de Estado ha sido asesinado sin que nadie tenga la menor idea de quién ha cometido el crimen. Incómodo (los asesinatos siempre lo son) porque la víctima era un primer ministro, una persona querida y respetada en Suecia, tanto si eras socialdemócrata como si no lo eras (es mi caso).

»Desde que el teléfono sonó, a primera hora de la mañana del sábado 1 de marzo, y mi redactor jefe me informó del crimen y me ordenó que me presentara en mi mesa, mi mundo ha sido un caos. Imagínate cómo sería tu vida si te tocara cubrir el asesinato de la señora Thatcher y el asesino hubiese huido sin dejar rastro.

»Y luego está el shock general. Las primeras horas de ese sábado, mientras la noticia corría por una Suecia aún adormecida, me topé con gente que de manera espontánea salía a la calle con la cara pálida y desencajada. En la redacción, vi reporteros curtidos en el mundo del crimen (hombres y mujeres que habían visto de todo muchas veces) dejar de escribir en mitad de una frase, inclinarse sobre la mesa y romper a llorar. Yo mismo me descubrí llorando esa mañana. Sucedió cuando me acometió una desesperante sensación de déjà-vu: era la segunda vez en menos de tres años que perdía a un primer ministro. El primero había sido Maurice Bishop en Granada, un hombre al que quería, respetaba y en quien confiaba más que en la mayoría. Otra vez no».

Larsson estaba convencido de que había algo en este crimen que se escapaba de lo común. Por ello le afirmaba a Gable que «se escribirán libros sobre esto. En general, los que matan a un jefe de Estado son detenidos o abatidos en los segundos o minutos posteriores al suceso. Como casos de asesinato, suelen reducirse a casos abiertos o cerrados. Pero ahora no».

Los hechos vinieron a dar la razón al escritor y periodista. El 28 de febrero de 1986, Palme, acompañado de su esposa, acababa de salir del cine. Paseaba por las calles de Estocolmo sin ningún tipo de protección. Tras despedirse de su hijo, alguien se le acercó y le disparó por la espalda, muriendo a los pocos minutos. Al asesino se lo tragó la tierra, perdiéndose toda pista de su rastro en las frías calles de la capital sueca.

Casi un mes después del crimen, Larsson hizo balance de todo lo sucedido a su colega británico: «Apenas un minuto después de despedirse, el hijo [de Olof Palme] se vuelve casualmente y se percata de que un hombre está siguiendo a sus padres: más tarde describiría la vestimenta del tipo de una forma que concuerda con la descripción de la ropa que llevaba el asesino, pero no pudo distinguir su rostro.

La falsa escolta

»Otro testigo se cruza con el primer ministro dos minutos más tarde y se detiene cuando este pasa por su lado. Observó que había un hombre siguiendo a la pareja y explica también que le pareció que había otros dos hombres caminando por delante del primero. Le dio la impresión de que iban todos en grupo, por lo que sacó la conclusión de que los tres hombres desconocidos debían de formar parte de la escolta del primer ministro.

»El primer ministro y su esposa bajaron por la avenida Sveavägen, cruzaron la calle para mirar escaparates y luego continuaron. En la esquina de las calles Sveavägen y Tunnelgatan, el asesino se acercó al primer ministro y le disparó una bala del calibre .357 Magnum en la espalda. Según la teoría de la policía, todas las señales apuntan a que el asesinato fue ejecutado de forma profesional. Los periodistas parecen estar de acuerdo, no sin ciertas dudas.

»El asesino efectuó un solo disparo, pero el arma es una de las más potentes que existen en el mercado. Todos los entendidos en el tema conocen el efecto devastador que una sola bala puede tener. Se ha comprobado que la bala entró por el centro de la espalda del primer ministro, le seccionó la columna vertebral, le destrozó los pulmones, reventó su esófago y dejó luego un orificio de salida lo bastante grande como para meter dentro un sombrero. La muerte fue instantánea, o cuestión de segundos. La bala, aunque no estuviera pensada para desintegrarse, giró sobre sí misma; era blindada para poder atravesar un eventual chaleco antibalas».

El anónimo asesino incluso podría haber intentado también acabar con la vida de la esposa de Palme, un disparo que solamente le rozó el hombro provocando quemaduras sin importancia. Larsson apunta que con ese tiro «se puede especular sobre la profesionalidad del asesino; algunos opinan que la bala sí tenía intención de matar, pero que el asesino era un principiante y se puso nervioso. Otros dicen que esto último prueba que el asesino era un profesional y que la segunda bala solo pretendía asustar a Lisbet (su esposa) y atajar su impulso de seguir al asesino».

¿Qué ocurrió tras esos disparos anónimos? Un desbarajuste. Larsson se preocupó de reunir los testimonios que le sirvieron para reconstruir la huida del criminal, una huida demasiado fácil, sin ningún problema. De él se sabe que sería un varón blanco de entre 30 y 40 años, «de estatura media y hombros anchos. Llevaba un gorro gris más o menos como el del personaje Andy Capp, con alas que se podían bajar sobre las orejas; vestía un chaquetón que le llegaba a la cintura y un pantalón oscuro». El autor de «Millennium» califica su marcha como un «camino de huida bien planeado». La reconstrucción de las horas posteriores al magnicidio provoca que se incrementen las dudas sobre el autor o los autores de un hecho que causó una honda conmoción en Europa.

Persecusión a pie

Dejemos que sea otra vez Larsson quien tome la palabra en su carta a Gerry Gable cuando habla de los testigos. Uno de ellos era «Lars, un hombre de unos veinticinco años, que se cruzó con el asesino al final de Tunnelgatan, pero sin ser visto, puesto que se cruzaron a distintos lados de una caseta de obras. Lars titubeó unos valiosos segundos (menos de un minuto) y luego decidió emprender la persecución a pie. En aquel momento, no sabía que la víctima era el primer ministro. Corrió siguiendo el mismo camino que el asesino, los ochenta y seis escalones de la escalera, pero, cuando llegó al final de esta, el asesino había desaparecido sin dejar rastro.

»Por acto reflejo, Lars continuó por la calle David Bagare, donde al cabo de una manzana se topó con una pareja que caminaba en sentido contrario. Les preguntó si habían visto pasar a un hombre corriendo; la pareja afirmó que habían visto pasar a un hombre cosa de medio minuto antes, y que había continuado calle abajo. Lars estaba sorprendido, explicó luego, de no haber logrado vislumbrar por segunda vez al asesino, puesto que tampoco le llevaba tanta ventaja».

El fino olfato periodístico de Stieg Larsson no duda a la hora de señalar a los posibles responsables de la conspiración que acabó con la vida del llorado Olof Palme. En su larga carta, tras repasar los testigos y las informaciones contradictorias de la policía sueca, sostiene el que será uno de los hilos de los que tirará en su propia investigación: «Entre las especulaciones, se contempla la posibilidad de que haya intereses sudafricanos involucrados en el asesinato. La Comisión Palme, de la que el propio Palme era una persona importante, había iniciado una campaña contra los traficantes de armas que hacían negocios con el régimen del apartheid. Entre las especulaciones aparece también el PKK kurdo, que ha perpetrado por lo menos tres asesinatos políticos en Suecia en los dos últimos años. (...) ¿Por qué? Pues porque sus oficinas en Estocolmo están en la calle David Bagare, donde al asesino se lo tragó la tierra».