Posado en el «photocall» de la Historia

Dicen quienes estuvieron muy cerca de la Duquesa de Alba que disfrutaba cerca de sus obras de arte. Sabía dónde estaba exactamente cada una y el lugar que ocupaban en sus palacios (se fotografiaban las estancias para que, cuando se prestaban las obras, al volver a su sitio ocuparan exactamente el mismo emplazamiento, una norma no escrita que se cumplía a rajatabla). Conocía cada lienzo ydataba su época de inmediato. Entre las joyas que posee la Casa de Alba, una de las colecciones en manos privadas más importantes del mundo, doña Cayetana disfrutaba con algunas en paticular y con todas en general. «Cuando tenía una comida le gustaba sentarse en una sillita baja, una joya barroca de enorme valor, enfrente de ‘‘La Virgen de la granada’’, de Fray Angélico, la única obra del artista en manos privadas. Sentía verdadera debilidad por las buenas piezas, que son muchas en su caso». Quien habla es Rafael Alonso, conservador del Museo del Prado y que ha estado al frente del mantenimiento de la colección desde 1978.Conoce como pocos el incalculable valor de la misma. «Ella no quería que se dijera que poseía un museo; al contrario, porque cada obra es un fragmento vivo de la historia de España. Es impresionante la colección de muebles y objetos únicos que posee. Están vividos. De las paredes cuelgan retratos de la madre, del abuelo junto a cómodas que pertenecieron a Eugenia de Montijo y que están cerca de una cómoda que perteneció a Napoleón», explica. Y entre tantas joyas, los lienzos ocupan un lugar especial. Y los retratos de quienes la precedieron, también.

En la colección, Cayetana de niña, inmortalizada por Zuloaga a lomos de su pony preferido, Tommy, mira con cierto descuido. Rubia y con un abrigo de color azul, está tocada por un cierto aire pop, modernísimo debido a sus pincelada y a la paleta de colores. En la composición, el perro basset familiar y dos peluches de la pequeña. Así era a la edad de cuatro años y así la inmortalizó el maestro vasco en el otoño de la sierra de Madrid. Fue un encargo paterno.

No es la única vez que una duquesa ha tomado el lienzo. Quizá el más conocido, los más sabidos, sean los realizados por Francisco de Goya, dos retratos imponentes, de cuerpo entero de Doña María del Pilar Teresa Cayetana de Silva Álvarez de Toledo, XIII duquesa de Alba. La pintura que la retrata de blanco y con un perrito a su lado, está en el Palacio de Liria. Se desconoce cómo llegó a manos del VII duque de Berwick y XIV de Alba, Carlos Miguel Fitz-James Stuart, tras la muerte de la XIII duquesa. Posiblemente fuera comprado. En el que aparece ataviada de negro, también del maestro de Fuendetodos en 1797, y que no pertenece a la colección de la casa de Alba (está depositado en la Hispanic Society of America de Nueva York), luce un traje negro, pues está pintado tras enviudar. Tenía 35 años y su marido había muerto. Luce dos anillos en la mano cuyo índicde apunta al suelo: en una se lee «Goya», en el otro «Alba». «La goyesca es soberbia», apunta Alonso, quien no quiere que se olviden los retratos realizados por los Madrazo, Federico (de Doña María del Rosario Falcó, duquesa de Alba, XXII condesa de Siruela), que está en Liria y procede de la Casa de Fernán Núñez, y el de Raimundo, quien la pinta con más edad. Uno de los mejores retratos de la emperatriz Eugenia de Montijo también está en la colección y es obra de Winterhalter. Cuando Rafael Alonso se hizo cargo de la colección, hace más de treinta años, las condiciones de la misma no eran buenas. Prácticamente se ha restaurado toda. Allí, en Liria, fijó su taller y en el palacio trabajó. «Ella estuvo siempre al tanto, muy encima de lo que se hacía, de los trabajos. Ha sido excepcional su desvelo y gracias a su amor por el arte que le inculcó su padre, nos han llegado las obras que hoy atesora en sus palacios», dice Alonso.