5 vinos blancos para soportar agosto

Aunque digan que el mejor vino blanco es un tinto, yo sigo siéndole fiel a las tradiciones estivales y no hay nada más apropiado para el calor que un fresquísimo vino blanco (o, en su defecto, uno rosado). Así que, como otro verano más, y después de haber recibido más de una veintena de vinos en casa, he decidido escoger estos cinco para afrontar el calor (a pesar de que en Madrid estos días hayan bajado las temperaturas) y recibir la vida con emociones retenidas en una copa.

1. LA SONRISA DE TARES 2018, fresco y cariñoso

Podría ser una sonrisa con sabor a 2018, otra manera de beber el pasado pero con alegría. Y es que las Bodegas DOMINIO DE TARES (El Bierzo, D.O.) presenta su vino blanco más joven, que nace para demostrarle al mundo que Godello y es posible. Dicho de otra manera (para los neófitos), esta variedad de uva Godello tiene como, una de sus características y puntoss fuertes, su longevidad: vamos, que de todas las uvas blancas esta podría ser la que “más” aguanta en botella, pudiendo conservarse hasta 8 años y que siga estando rico.

Este es un vino con mucha personalidad. Tampoco nos dejemos engañar por la marca: si te acaba de dejar tu pareja, la sonrisa no es algo que vaya a acompañarte inmediatamente. Sin embargo es un vino que yo catalogo como “cariñoso”, porque el alcohol “va subiendo” y camelándote poquito a poco, como dice la canción.

Su precio en tiendas online no supera los 9 euros.

¿Resaca? ¿Qué es eso? LA SONRISA DE TARES 2018 no entiende de resacas.

Muy aplaudido por los jóvenes (tiene un sabor democrático fácil de digerir para los no-amantes de vino), los expertos dicen que es un vino con “cuerpo”, “estructura” y “frescura”, perfecto para consumir por copas en barras; con una acidez cremosa, con elegantes aromas a cítricos y un final persistente. En lenguaje de emociones es un vino “cariñoso”, perfecto para desconectar este agosto y compartirlo en pareja: así los besos bailan al mismo ritmo que su graduación alcohólica.

2. IZADI LARROSA 2018: 6 uvas, 6 amigos. Nostalgia y presente.

Del Bierzo nos movemos a mi querida Rioja Alavesa. Y es que en estas bodegas pueden presumir de haber creado el único vino blanco riojano que incluye las seis variedades autóctonas, algunas de ellas tan raras como desconocidas (para el gran público) como la Turruntés (o Torrontés, como me exige mi corrector del portátil). Así que este IZADI 2018 se podría considerar, técnicamente, como un vino blanco complejo, untuoso pero con frescura.

En busca de almas perdidas, o más bien uvas discriminadas, emocionalmente hablando, podría hablar de una metáfora emocional y, quizá, un mensaje subliminal que traen las uvas de este vino: rescatar y recordar 6 amigos de la infancia, y usar este vino como excusa para esa reunión, en homenaje a esas 6 uvas olvidadas.

Su precio no llega a los 10 euros y es la excusa perfecta para enfrentarse a nuestro pasado y proyectarlo en el presente (aun ni sabemos si el futuro nos va a acompañar; momento “rayada” a lo Nietzsche, lo reconozco).

3. García VIADERO 2018, de Valduero: maridaje musical

Aquí entramos en un concepto subjetivo. Mi hermana Elena Mikhailova, la violinista y compositora, degustando esta joya de las Bodegas VALDUERO (de las que os hablé hace dos semanas) elaborado a partir de la uva Blanco de Albillo, ha decidido crear una obra musical. De hecho está en pleno proceso de creación, y yo me muero por contaros (y enseñaros más sobre eso). Es un claro ejemplo de cómo el vino inspira a los artistas y ayuda a crear (y no sólo para ahogar las penas en una copa, como a veces aconsejo). Está a la venta por unos 16 euros en diferentes tiendas online.

También en la línea de las “uvas (o causas) perdidas” a lo Izadi, Valduero sigue en la cresta de la vanguardia, y además de hacer vinos ecológicos en la Ribera del Duero, rescata la Albillo definida y humanizada al ser considerada una uva “pequeña y de piel fina”. Misma finura que acogen los acordes del Jean Baptiste Vuillaume del s. XIX (el “Stradivari francés” que toca la hermanísima) y que, por tanto, recrea la sinergia de un pasado que vuelve a ponerse de moda para los más exquisitos.

No tengo ni idea cómo definen los expertos (de este vino carezco de nota de prensa y prefiero contarlo yo misma), pero la acidez va en su justa medida, y es, sin duda, una vino con una enorme personalidad que no cae en los clásicos sabores que tienen a los españoles eternamente enfrentados entre los de Verdejo y los de Albariño. Porque hay vida más allás de estas variedades, y Albillo se merece su oportunidad. Se vende a X y es perfecto para un maridaje musical, o, en su defecto, para compartir el vino entre hermanos y primos.

4. LUIS ALEGRE 2018 y el glamour en color rosa

Lo sé: os estoy colando rosado por blanco, pero ya os avisaba en la entradilla que esto iba a ser así, y que, aunque mis resacas con rosados son épicas, LUIS ALEGRE 2018 merece una mención para este agosto por la ausencia de dolor de cabeza alguno (eso sí: tomadlo con comida, por favor, el marisco va de muerte). Es además muy económico: en la web veo que lo podéis adquirir por menos de 6 euros.

Desde su creación en 2002 (¡anda que no ha llovido! Y sobre todo en los viñedos), LUIS ALEGRE ROSÉ se sigue elaborando de manera tradicional como se lleva haciendo con los rosados en La Rioja (llamado “métodos de sangrado” cuyos detalles francamente no interesan a mis lectores, por aburridos, toscos y técnicos).

Yo que hablo de las uvas como si de mujeres se tratara, este tiene dos: Viura y Tempranillo. Presenta un color rosa pálido, limpio y brillante; y en nariz su intensidad supera hasta la congestión herencia de los aires acondicionados.

Alejandro Simó es el culpable de esta maravilla que nos regala la naturaleza y que este enólogo sabe aprovechar fusionando las tradiciones y la vanguardia. Y a nivel emocional recomiendo descorchar este vino para maridarlo con la familia: esa cena en familia alrededor de una mesa en casa o en jardín, porque es un vino que merece su silencio y su brindis.

5. GRAN MONUMENTO 2018, el verdejo de la pasión

Hubo un tiempo en el que mi uva preferida Verdejo (que no me canso de recordarlo) me recordaba un amor de verano. Aunque haya sido superado, este vino de Tierras de Castilla presenta un color amarillo verdoso, propio de la variedad; en nariz, deja un aroma a frutas blancas maduras, frutas de hueso y notas herbáceas frescas. En boca presenta un toque amargo pero agradable y una acidez equilibrada. En lenguaje de emociones recomiendo este vino para una noche de pasión con sabor a V: verano, vino y vida.