Carolina Herrera, una leyenda forjada en España

Los Puig descubrieron en Barcelona y la ropa que vende mundo adelante la fabrican en Orense los antiguos socios de Adolfo Domínguez

Son días buenos para la moda, pese a registrar una jubilación sentida, la de Carolina Herrera que, con 79 años, en Nueva York –donde en su taller mostraba orgullosa su mesa de trabajo–, se ha despedido de las pasarelas que tanto animó desde que en Barcelona la descubrieron los perfumeros Mariano, Antonio y, sobre todo, Enrique Puig, que fue el relaciones públicas de la empresa familiar. Llevó el cargo de manera modélica en un tiempo en que la marca solo era conocida por un agua de lavanda que impulsó la creación de la Copa del Rey, celebrada en el agosto palmesano. Durante una semana, regata aparte, aquello se convertía en una sucursal de Madrid. Se producía una co-capitalidad similar a lo que La Coruña, miña terra nai, era en tiempos de Franco, en su verano de Meirás, el palacete que es eterna reclamación de la oposición y que, hartos, los Franco ponen a la venta en ocho millones. Doña Carmen nunca lo hubiese consentido.

Coruña fue en tiempos franquistas lo que luego fue Palma con Don Juan Carlos. Y por ella los Puig pasearon como por una pasarela social a Carolina, montándole incluso desayunos con Su Majestad, que nunca tomaba la primera comida del día en Marivent para así apurar su llegada al Real Club Náutico y pedir de pie un bocadillo en la barra de su bar. Podías estar lado del Rey en plan muy deportivo. Luego subía al barco al tiempo que su hijo, el entonces Príncipe Felipe, y la Infanta Elena, que aguantó esa afición más tiempo que su hermana Cristina, a quien Urdangarín le marcó otro futuro menos firme que esas oliñas que vienen y van. Fue una época espléndida para la proyección callejera de la Monarquía, que mantenía una actitud abierta espoleada por Don Juan Carlos, un Rey inolvidable, aunque algunos pretendan lo contrario.

Aunque, en otra escala, fue parecido el caso de la venezolana de apellido catalán nacida Pacanins, porque Herrera es su marido Reynaldo, un conde hispanoamericano bastante creído. Chocaba con la sonrisa abierta y nada clasista de ella. Son una familia muy arraigada en el cine, donde han firmado buenos trabajos con la limpieza de Carolina, a quien paseaban por los toros y la también irrepetible Expo sevillana o su gemela barcelonesa. Convenía dar prestigio a la nueva marca y ella era ideal para eso, aunque en una ocasión no apareció en un almuerzo neoyorquino que dieron en su honor –quizá deshonor, tras el imperdonable plantón–pretextando dolor de cabeza. Deja una estela de creaciones impolutas. Y si la esencia habla catalán, la ropa que vende mundo adelante la fabrican en Orense los antiguos socios de Adolfo Domínguez, que sostenía que «la arruga es bella». Era una frase más sonora que comercial, de ahí su poca permanencia en los escaparates.

Carolina se hizo diseñadora apoyada por Andy Warhol, David Bowie, Diana Ross, Jacqueline Kennedy y Ana Wintour, dos gurús. Jackie la convirtió en su diseñadora de cabecera, le creó un estilo propio, luego limitadísimo, y en 1986 hasta le encargó el traje de boda de su hija Caroline, gracia presidencial que Herrera aprovechó para lanzar su primera colección nupcial. Cultivó el «menos es más». Nada que ver con el rebosante conjunto de flecos rojos de Juan Vidal y pendientes de la colombiana Mercedes Salazar con que Naty Abascal se presentó en una cita de Maribel y Miriam Yébenes. Me parece estar recordando otra galaxia permanentemente alimentada por los Puig, que hoy fabrican hasta cuarenta colonias, entre ellas, las tan populares de Prada y los Stone.