Enajenación mental

Estamos en un momento en que los ciclones y terremotos arrasan en el Caribe. España se encuentra bajo el volcán separatista y me temo que tiene un pésimo futuro si no redescubre rápidamente el patriotismo y lo ejerce. Las instituciones en el conflicto de Cataluña llevan mucho tiempo sin comparecer, en un exceso de cautela, y cuando lo han hecho ha sido con apocamiento y mucho retraso. Al Gobierno parece que le cuesta enfrentarse a los temas espinosos.

Pocas oportunidades más favorables tendrá la presidencia y su gabinete para ejercer la autoridad después del bochornoso espectáculo del miércoles con los soberanistas, violando, a la vista de todos, las reglas de su propio Parlamento. En esta delirante actuación quedó expuesto el carácter antidemocrático del plan de ruptura y la ausencia de escrúpulos políticos y éticos. Yo pregunto: ¿qué le hemos hecho a la mitad de los catalanes para que nos odien? Y la mitad de esa mitad son hijos de emigrantes extremeños, manchegos, andaluces... Lo que en Cataluña llamaban «charnegos», que ahora resultan ser los más radicales. El papanatismo llega a tal punto que he tenido que escuchar a un hijo de andaluces que no visita a su familia por no pisar España, ya que nada de lo que veía lo sentía suyo. La enajenación mental llegada a ese límite es para hacérselo mirar.

Mi marido, que no era español, decía que no hay país más coherente que España por más que quisiesen desmarcarse unos de otros. Siempre ponía un ejemplo muy cierto: se parece más un señor de Irún a uno de Cádiz que a uno de Hendaya, pueblo al que están unidos por un puente. Los españoles tienen los mismos horarios, comen cebolla, aceite, gritan, se pasan la vida en la calle y en los bares. En Hendaya a las nueve de la noche no hay nadie por la calle y podría seguir enumerando las miles de facetas que nos separan de los franceses.

Los intentos de secesiones contra España siempre han sido un continuo fracaso, como la «Guerra de los Segadores», que, en realidad, fue una sangrienta semana sin ley en la que catalanes y castellanos perdieron la vida. El resultado fue formar alianzas como vasallos del rey de Francia, Luis XIII, que nombró un virrey galo y llenó la administración catalana de franceses. La población catalana, especialmente la nobleza, comenzó a percibir que estaban peor que antes de la sublevación. Durante 12 años Cataluña permaneció bajo control francés hasta que Felipe IV recuperó el territorio perdido. Los catalanes aceptaron de buena gana las condiciones que entonces impuso España. Francia no tuvo la menor consideración por Cataluña, no respetó sus fueros y solo veía una buena colonia donde colocar sus productos. Como recordatorio histórico a su error, Cataluña nunca recuperó Rosellón.

Si no les gusta la nación a la que pertenecen, que se marchen y dejen vivir en paz a los catalanes,que no se les ha perdido nada en esta huida hacia no se sabe dónde. Muchos tienen algo de España en el corazón, imposible de enterrar y, a medida que avanza la estrategia separatista, les duele un poco más. Tampoco en este proceso se puede hablar de razas. Los catalanes son una mezcla de judíos, fenicios, árabes y demás pueblos que los poblaron. Uno de los mayores asentamientos judíos esta en La Garrotxa, en el pueblo de Besalú, con una arquitectura románica espectacular. Os recomiendo una gran novela. «El puente de los judíos», de Martí Gironell, que os hará vivir en primera persona los lugares más representativos del Besalú medieval y sefardí.

No querría terminar esta crónica sin mencionar el horror del mensaje enviado a través de Facebook a Inés Arrimadas por una separatista llamada Rosa María Miras al final de un debate el domingo pasado en Telecinco. La llamó «perra asquerosa» y deseó que la violasen en grupo. Esta claro que el peor enemigo de una mujer es otra mujer. A la generación de 98 le dolía España a la de 2017 le duele internet...