La indemnización de 40.000 euros que debería rechazar

El torero haría bien en recurrir al pelillos a la mar tras ganar la demanda contra la revista «Mongolia» por una caricatura satírica.

  • José Ortega Cano considera que la revista vulneró su derecho al honor
    José Ortega Cano considera que la revista vulneró su derecho al honor

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18 de marzo de 2018. 00:52h

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18/3/2018

La operan más pechos que labios y narices. Lo proclama una autoridad de la cirugía estética como es Iván Mañero. No se escurre ni anda por las ramas cuando le pregunto qué parte del cuerpo hoy se operan más las españolas, que también en eso habrán evolucionado. Me pone al día: «Han bajado mucho las intervenciones de nariz y el abultamiento de labios. La moda actual es ponerse pecho». Sus afirmaciones marcan pauta y dan paso a una estética nueva. También recuperamos un signo físico de tanta exaltación patria, como las delanteras más o menos afiladas, aparatosas o sobresalientes. Las folclóricas fueron sus mejores lucidoras, honor a las caídas. Años atrás fue símbolo nacional la de Rocío Jurado, que de cría no tenía pecho. Se lo puso, aunque más tarde lo eliminó al dar la teta a Rociíto. Ahora Ortega Cano no la deja disfrutar de la paz celestial. Anda ufano tras ganarle a una revista satírica 40.000 euros de indemnización –la semana pasada Cayetano Martínez de Irujo me pedía a mí 65.000–, cantidad que hará desaparecer al medio y no enriquecerá más al cartagenero. Se enfadó ante la chirigota de unos carteles que anunciaban su presencia en la Cartagena natal. Le pareció un insulto que proclamasen «antes riojanos que murcianos». Demandó y ganó sin mucha tela a la que agarrarse. Con lo que han dicho de él, primero al revoleo de la chipionera y después como fuente inagotable de situaciones ridículas o hasta insultantes para su hombría de gran matador que rebulle mucho en su retiro.

Cordial pero blandengue

Sorprende, indigna y hasta parece vergonzoso que arremeta contra una publicación cómica que pudo haber hecho más sangre. Deberán publicar una rectificación y, lo que es peor, soltar la pasta sudada con sangre, sudor y tinta, quizá de una manera más cómoda que estar ante el toro, eso sí, pero con exigencias desproporcionadas que no encajan con el siempre buen talante, cordial pero blandengue, de «Ose», que así lo llamaba Rocío, aspirando la jota. Estará buena allá arriba, con lo que ella quería a una prensa cómplice a la que llamaba «mis niñas de pelo corto». Todos confían en que el torero dé marcha atrás. Claro que pudo hacerlo retirando la demanda y sin causar daño económico –el moral es impagable– a unos magníficos profesionales que buscan cachondearse con lo que genera cada semana. Son de los que no dejan político en su sitio y el diestro debería ofrecer un gesto de hombría recurriendo al pelillos a la mar. Ennoblecería su larga carrera, que tuvo un lamentable remate en La Malagueta, donde le decían de todo –eso sí es penable– arrojándole objetos disparados por la indignación de un adiós patético. Confío en que no me demande por volver la vista atrás, que todo podría ser, porque «Ose» ya no es el mosito que se prendó de Jurado y de su fama tras presentarlos el doctor Mariscal y chochear con ella en la reposición de «Azabache», hecha un 20 de agosto, donde lo presentó en sociedad. Ortega ocupó la primerísima fila mientras la cantaora le hacía guiños desde el imponente tablado, hasta cuyo centro Imperio Argentina llegaba jadeando. Con lo fácil que hubiera sido sacarla en calesa. Otro error de Gerardo Vera, que no conocía la copla y aunque cantase «por qué se viste de negro, si no se le ha muerto nadie» hasta vistió de verde a mi inolvidable Nati Mistral, que no se callaba una. Y, mientras, Rocío prohibía incluir las canciones de doña Concha Piquer y coló a María Vidal. Nati apenas tuvo ocasión de lucirse, salvo en el «Mañana, mañana sale» que cantaba con más ardor patrio que Marta Sánchez tarareando –más bien parodiando– el Himno Nacional, que debería ser intocable.

Oído al parche, nada de retocarse la nariz y menos inyectarse labios-morcilla tipo Maruja Díaz. Mir-Mir fue pionero y mejoró a todo el cine español y deshizo la patata aplastada que Maruja exhibió haciendo de graciosa en «El pescador de coplas», su primer éxito. Aunque también estaba buena la hoy exquisita Ana Belén, a quien acabo de descubrir en «La corte de Faraón». Todas pasaron por el quirófano en operación recorte. Y para todas usaba el mismo modelo respingón de muchachas con gesto altivo. Pensaban que así ganarían internacionalidad y verlas alineadas, muy sentaditas en El Corral de la Morería era como ver un catálogo clónico.

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