La Infanta Elena, la protectora de Don Juan Carlos

Don Juan Carlos junto a su hija la Infanta Elena, en una actitud de complicidad
Don Juan Carlos junto a su hija la Infanta Elena, en una actitud de complicidad

Don Juan Carlos siempre ha sentido una querencia especial por la Infanta Elena y esta debilidad, por llamarlo de alguna manera, tiene ahora su respuesta. Mucho antes de abdicar y cuando aún había un desconocimiento público de las desavenencias conyugales de los Reyes, la primogénita ya ejercía de acompañante habitual de su padre. Viajes por España, monterías, rutas gastronómicas y almuerzos en algunos de los restaurantes preferidos de ambos, como La Trainera o Zalacaín. Unas veces estas salidas quedaban documentadas por el ciudadano de turno, convertido en paparazzi, que demostraba la buena sintonía paterno filial. Lo llamativo es que este tipo de encuentros a dos bandas no ha sido habitual con los otros hijos, con los que aparentemente se divertía menos. El desaparecido general Sabino Fernández Campos, jefe de la Casa de Su Majestad durante muchos años, definía esta unión como «una cuestión de química que no es tan frecuente con el Heredero y su hermana».

RUTA GALLEGA

Ahora la protección es a la inversa. Si en aquellos años complicados del divorcio la Infanta estuvo arropada por su padre, ahora es ella la que está pendiente de Don Juan Carlos, al que mantienen una agenda con nula actividad institucional desde hace tiempo. Y, en cambio, cada vez son más habituales sus viajes a Galicia, donde tiene un grupo de amigos incondicionales muy diferente a lo que fue la corte de Mallorca. A esta ruta gallega se apunta desde el verano pasado la duquesa de Lugo, recuperada para actos públicos. El último ha sido inaugurar en Sevilla el Salón Internacional del Caballo de Pura Raza Española (Sicab). Hacía ocho años que no acudía y la razón de esta ausencia estuvo marcada por el «caso Noos», entonces en pleno apogeo. Por decreto familiar dejó de pertenecer al núcleo duro (así denominado por Zarzuela y no por los periodistas), compuesto por los Reyes, sus hijas y los Eméritos. Una vez que se levantó la veda pudo abandonar esa invisibilidad y compaginar su actividad como Infanta de España con la nueva vida de Don Juan Carlos. Así desde agosto las idas y venidas a Sanxenxo han sido numerosas. Cuentan que la primogénita es consciente de la soledad de su padre y de su estado físico, que no es el mejor. Fue su «pareja de baile» en junio en el bautizo del hijo de María Zurita, al que no acudió ningún miembro de los Borbón Grecia. Don Juan Carlos era el padrino del bebé y de nuevo la Infanta estuvo apoyando, no solo al padre, también a la prima querida. Asimismo, los dos han participado este verano en Galicia en competiciones náuticas. La hija no acudió solo para regatear, sino para dar ese apoyo emocional y familiar del que aparentemente carece don Juan Carlos. Y esta última semana también acompañoó a su padre de nuevo a Sanxenxo. Había que adecuar su agenda laboral. No hubo problema, porque Doña Elena siempre está dispuesta para lo que mande el patrón. Así llaman los tres hijos a su padre, como descubrió el entonces Príncipe Felipe al dirigirse de esa manera al Rey en su 70 cumpleaños. A la Infanta la comparan con «La Chata», la primogénita de Isabel II y Francisco de Asís, su ascendiente familiar, a la que, precisamente, por ser la más castiza del Gobierno de la Republica no la obligan a exilarse como al resto de su familia, aunque ella, por solidaridad, también cruzó la frontera. En el caso de la duquesa de Lugo, esa manera de ser más cercana ha provocado que cuando acude a actos públicos no reciba pitadas y sí aplausos. Ella ha sido el nexo de unión y la que en más de una ocasión ha mediado para calmar las turbulentas relaciones entre los miembros de la familia. Justamente, esa querencia del Rey hacia ella ha servido para facilitar las cosas. Ahora la situación es a la inversa y es Elena la que se ha erigido en la protectora de su padre octogenario, que por el momento no recibe honores ni reconocimientos.

El consejo marital del Rey a su hija

La recomendación de Don Juan Carlos («Haz lo que creas conveniente», le aconsejó) fue definitiva para que la Infanta tomara la decisión de divorciarse. Las dudas que tuviera por el daño que su separación pudiera hacer a la institución desaparecieron con esas palabras paternas.

Mientras Doña Sofía era partidaria de esperar, él sabía que era imposible y de ahí que no hubiera reproches del tipo «una infanta de España no se puede divorciar». Doña Elena, que sabe lo que es estar emocionalmente sola, ha trasladado a su padre la frase que Lauren Bacall le dedica a Bogart en la película «Tener o no tener»: «Si me necesitas... silba».