Los Martínez de Irujo se intercambian las playas

Naty Abascal junto al diseñador Giambattista Valli en la semana de la Alta Costura italiana
Naty Abascal junto al diseñador Giambattista Valli en la semana de la Alta Costura italiana

Ya preparan las maletas, todos huyen del calor en busca de mejor tiempo y temperaturas atenuadas. Mónica Martín Luque se marcha al sur, como María León. Sandra Barneda queda sin descanso –y da gracias a Dios– y Jorge Javier se instala en Barcelona mientras Rafael Amargo monta una mini temporada de baile en Madrid. Lo alterna con actuaciones semanales y esporádicas en una sala ibicenca. Hasta allí se va Juan Peña «porque tengo dos fiestas privadas», me dice. Supone lo que en tiempos mejores eran Los del Río. Hace un flamenquito accesible y sin pretensiones. Me cuenta también que «seguramente actuaré en el Hard Rock, a ver si sale». Cuqui Fierro no piensa moverse de Madrid, arrobada por David Meca que sí se mueve –estuvo acompñado en el Eurofestival–, ella antes era adicta a la isla blanca y siempre conmocionaba con sus cenas. Eran únicas, como su estabilidad acaso momentánea en los Madriles. Las Massumeh tornan a Marbella, escenario de sus primeros éxitos, mientras Fernando Martínez de Irujo se instala en Ibiza y Eugenia en Marbella. Cambiaron papeles y preferencias, mientras Naty Abascal –que en lo que va de verano ya ha estado en su adorado Portugal y en los desfiles de Alta Costura de Italia– sigue fiel a Ossorio, el de Aquazzura, montando para septiembre el lanzamiento madrileño de su colección cápsula. Lo contaron en corazón agrandado benéficamente.

Entrando en otros temas, más bien grises, el jueves fue el funeral de don Leandro de Borbón. Tristísimo. Doble dolor ante la desbandada en su funeral. Imaginaban que habría algún representante de la Familia Real, pero ni señales en su adiós en Los Jerónimos, donde los monarcas se casaban y luego mantenían relaciones extra conyugales como la de Alfonso XIII con Carmen Ruíz-Moragas, la actriz y madre de Leandro. Bastardo como otros muchos de menos relumbrón, Leandro presumía y alardeaba de quien era. Mientras su hermanastro, el conde de Barcelona, siempre sostuvo relación con él, el Rey Juan Carlos tardó en darle su sitio. Conocí bien al extinto, último hijo que quedaba del soberano provocador de la República, por su matrimonio con Conchita Mora. Coincidimos en las mañanas de Radio España, en épocas de Eugenio Galdón tras crear la Ser. Conchita era su secretaria y con Leandro tomábamos el aperitivo cuando pasaba a recogerla. Ella era encantadora; se entendía la entrega del cuasi infante de España, a quien su soberano padre siempre ayudó incluso desde sus exilios parisiense y romano. Leandro mantuvo aspiración y tipo. Era corpulento, como Don Juan. Un empaque mantenido hasta el último suspiro. No olvido las cosas que en su último viaje sevillano le confió a Antonia Dell’Atte, otra rebotada de la saga. Rieron y ella pasmó del aguante defensivo siempre con buen talante de su casi pariente o tío abuelo, secuela de que fue nieta política de la Infanta Beatriz, abuela del conde Lequio, al que defendí a muerte cuando la dejó por Ana Obregón. Madrid entero se les enfrentó; incluso lo marginaron, seducidos por el fachón de la italiana.