Los viajes que la Duquesa de Alba no pudo hacer

Pese a su delicado estado de salud, Doña Cayetana planeaba ir a Nápoles con Alfonso y visitar Nueva York en primavera

La Duquesa de Alba se fue de este mundo con varias cosas pendientes, entre ellas, hacer dos viajes que deseaba por encima de todo: a Nueva York y Nápoles. El segundo se frustó por el camino y sobre el primero, ella sugirió que fuera en primavera para que hiciera mejor tiempo. Ella, con 88 años y la salud frágil, hacía planes de futuro y se encontraba con ganas de disfrutar de la Gran Manzana sin nieve.

Quizá el ser políglota –hablaba alemán, italiano, inglés y francés– y tener sangre de media Europa despertaba en ella una inusitada curiosidad por ver mundo. En la etapa final de su vida, sus hijos se oponían a que hiciera viajes largos, pero ella quería ir a Tailandia y allí que se fue con toda la parafernalia de gente que movilizaba. Su marido, Alfonso Díez, sin embargo, era más de la opinión de «a estas edades lo mejor es dejarla hacer lo que quiera y que sea feliz lo que le reste de vida». Además, menuda era Cayetana para llevarle la contraria. Cumplió varias veces con la India, con parte de Europa, Egipto, Jordania, Siria, Estambul y Tailandia. A China la tenía vetada desde que le dijeron, cuando era pequeña, que allí comían perros y nunca quiso ir. Cayetana tenía muchas virtudes y una de ellas era su pasión por los animales. Llegó a dejar de volar en avión a Ibiza porque no la dejaban llevar con ella, aunque tuvieran billete en primera clase, a sus tortugas. También recogía perros como si no hubiera un mañana y los más apreciados descansan en un cementerio estupendo en el jardín posterior del palacio de Liria con sus placas de mármol, donde consta quién descansa allí y sus orígenes. Con ese panorama y su cariño hacia los cánidos, cualquiera la hacía ir a China habiendo llegado a sus oídos la creencia de que allí se comen a sus apreciados perros.

A Cayetana le gustaba viajar a Italia y, especialmente, a Nápoles. Como era una mujer que a títulos nobiliarios no la ganaba nadie –los tenía de todo tipo, incluidos varios italianos–, pisar aquellas tierras era reencontrarse con sus raíces. Además, un pariente suyo, don Pedro de Toledo, fue virrey de Nápoles. Cuando se quebró la cadera en Roma, tuvo que ser operada allí de urgencia y posteriormente trasladada en avión privado a España. No pudo llegar a su destino final, que era Nápoles, y se quedó con esa espinita, la de regresar a Italia para completar ese viaje con Alfonso.

El otro viaje que ya no podrá ser y que le hacía muchísima ilusión era ir a la inauguración de una tienda que abrirá Porcelanosa en Nueva York. Hasta tal punto le apetecía que le pidió a un amigo que le trasladase al propietario de la empresa cerámica, Manolo Colonques, su sugerencia de fijar la inauguración en primavera, ya que en estas fechas hacía mucho frío. Cayetana estaba delicada de salud, pero hacía planes de futuro. Es evidente que tenía medios suficientes para costearse ese viaje y no necesitar que ninguna empresa la patrocinase, pero a Cayetana le encantaba que la invitasen a cosas, lo agradecía mucho. En el caso de los Colonques también era especial porque la Duquesa se quedó pasmada con el trato que recibió en el viaje a Escocia y luego en Londres con el baile benéfico en el palacio de Buckingham, dos excursiones gentileza de los dueños de Porcelanosa, que fueron espléndidos en atenciones con la aristócrata. Casualmente se conocieron durante un almuerzo en Ronda. Durante la penúltima corrida goyesca a la que asistió Cayetana antes de romper relaciones con su ex yerno, Francisco Rivera. En esa comida también estaba el secretario del príncipe Carlos de Inglaterra y su esposa y fue cuando se generó ese buen ambiente que luego trasladaron a tierras escocesas e inglesas y que fue el inicio de una bonita amistad y de una continuidad de viajes, como el que preparaban a Nueva York.

Es costumbre en familias de abolengo como la de Cayetana de Alba que los testamentos se abran una semana y media o dos después del fallecimiento del testador. La familia se reúne cuando han pasado unos días de luto oficial y muchas lo hacen coincidir con el día del funeral oficial, que en el caso de la duquesa de Alba será el 15 de diciembre en la Real Basílica de San Francisco El Grande y que, como confirmaron ayer desde Casa Real, contará con la presencia de los Reyes Juan Carlos y Sofía. Otra de las costumbres es dejar pasar un año para empezar a utilizar el título del difunto. Al menos, ésas son las viejas normas no escritas de la nobleza, pero ahora cada uno hará lo que crea que deba hacer. Lo que es cierto es que a principios de esta semana se reunían en el Palacio de Dueñas Alfonso Díez y el primogénito y heredero de las mayores distinciones de Cayetana de Alba. Ambos son personas razonables, se entienden bien y han querido verse para tratar todos los flecos que puedan quedar pendientes ya que, si el duque consorte viudo quisiera, quizá podría reclamar la parte legítima de la herencia que por derecho le pertenece, aunque hayan firmado cuantos papeles quieran.

El distanciamento con Carmen Tello

Unas semanas antes de que Cayetana falleciese, su íntima Carmen Tello le había pedido que acudiese a la entrega de un premio taurino que le daba el Ayuntamiento de Sevilla a Curro Romero. El mismo día del evento por la mañana, la Duquesa disculpaba su asistencia por no encontrarse bien, pero al día siguiente aparecía en el club de Pineda para ver saltar a su hijo Cayetano. A Tello le dolió y decidió poner un muro de silencio entre ellas hasta que Alfonso la llamó de parte de su mujer para preguntarle qué le pasaba y a qué se debía ese silencio. Y Carmen le aclaró por qué estaba enfadada.