Rentables desnudos

La Razón
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En algún lugar escribió Karl Marx, a propósito de Napoleón III, que la historia siempre repite sus acontecimientos. La primera vez en forma de tragedia y la segunda en forma de comedia. He recordado esa sentencia pensando en Cristina Pedroche y sus escandalosas transparencias de fin de año. La primera vez, en forma de tragedia, pues hasta el final de aquella noche de 2014 nadie sabía si la provocación terminaría en éxito mediático o en catástrofe viral. La segunda, en forma de comedia, pues todo parecía calculado al milímetro la última noche de 2015. La primera, el vestido de encaje negro, lejanísima evocación de Chanel en esa exquisita película de Alain Resnais titulada «El año pasado en Marienbad» –donde un vestuario firmado por Madmoiselle consagró el encaje de seda de Chantilly como epítome de elegancia– permitía una arriesgada discreción sólo rota cuando Cristina abrió su vestido, como si fuesen alas, y todos vimos su estrecha cintura y más abajo su lencería mínima. La segunda, el vestido transparente bordado en blanco, no tenía que ser abierto porque ya sabíamos todos que debajo no había nada.

La ocasión lo requería, el modelo era de Pronovias y lo había realizado expresamente el director creativo de la marca. Los más de 30.000 brillantes, bordados uno a uno, formaban parte de la apuesta; todo estaba preparado para dar la campanada. Nunca mejor dicho, Cristina Pedroche dio las doce. Una precisa maquinaria había sido encajada al milímetro para intentar batir un récord de audiencia. La primera vez, todo era un riesgo casi ingénuo; la segunda, las cartas estaban marcadas para que la banca ganase.

Pronovias es una multinacional española de los vestidos de novia y era una tontería desaprovechar un escaparate tan único como ese. Cuando yo era niño una leyenda urbana decía que el primer anuncio del año, entonces solía ser de Coca Cola, era el más caro de la TV. Alguien más listo que todos nosotros no lo pensó después, sino mucho antes, precisamente para que el milagro ocurriese. La primera vez, una Cristina casi desconocida para los que no la seguían en «Zapeando», desveló que esa chica tenía lo que hay que tener. Como diría un personaje de Forges, «ta pá comérsela». La segunda, la chica que no sabia freir un huevo, ya es la señora del único cocinero tres estrellas Michelin de Madrid. Hola la quiere en sus portadas y la estrella imparable necesitaba un vestido de novia con glamour para olvidarse de aquella primera vez en la que se vistió para la ocasión como si los dos contrayentes fuesen militantes convictos de Podemos. De alguna manera, Cristina, vestida con un traje de novia, escandaloso, pero un traje de novia al fin, iba a casarse ante todas las cámaras de España. Poco importa que su marido estuviese representado por Sobera en tan solemne ocasión o que su cuerpo no sea precisamente el de una modelo de pasarela. La chica pobre de Vallecas, comprometida con las causas nobles, no podía evitar la tentación de ser por una noche otra «princesa del pueblo». Luces, cámaras, acción... Ese vestido transparente hasta el vértigo, que sólo tiene el defecto, puestos a ponernos estupendos, de que se parece peligrosamente al de una de las inolvidables Kardashian en la última gala de los Oscar, no será el mejor transparente del año, mérito que este humilde experto le otorgaría a la simpar Irina y su famosísimo «guante negro» con transparencia lateral que, dicho sea de paso, también es una recreación de un famoso vestido largo de YSL que juega con las siluetas de dos rostros de Cocteau besándose. Pero sí será el más caro de la historia de la televisión española. No importa su precio, confesaría eufórico el director de la ceremonia, fue amortizado a los cinco minutos de su aparición en pantalla.

Las transparencias son tan antiguas como la civilización, ahí están las venus de la mitología griega, pero vista la imperiosa necesidad de destacar a toda costa que imponen estos tiempos de Babilonia a las mujeres del espectáculo catódico, la historia de las transparencias no ha hecho más que empezar. Y la Pedroche lo sabe.