Un museo de la tele con el Pertegaz que Salomé lució en Eurovisión

En dicha institución, cuyo proyecto merece llevarse a cabo, cabrían también los perritos de Herta Frankel o la batuta de Artur Kaps

Salomé, una de las cuatro ganadoras de Eurovisión en 1969 con «Vivo cantando»

La de crear un Museo de la Tele es una propuesta que merece apoyo y promoción, y que fue lanzada al presentar las «Historias de la televisión», donde María Casado resume, exhuma y homenajea a cuantos la precedieron. La apoyó David Cantero, ya un clásico de la buena presentación, y ambos esbozaron que lo mismo podría contener programas tan históricos como el «1,2,3» o el «Un millón para el mejor» que Joaquín Prat –padre, recalcaron– hacía desde los estudios de Miramar, la mejor vista sobre Barcelona, hoy convertido en restaurante, cuando aquello lo dirigía Jorge Arandes. Entonces competían Madrid y Barcelona, pero los mejores dramáticos llevaban sello catalán. Qué tiempos aquellos, ahora resucitados, más bien inmortalizados, en un libro cargado de anécdotas oídas más que vividas. Sugirieron que en la presunta colección podrían figurar desde los posados de Marisa Medina a la modernidad de Mónica Randall presentando «Cosas», o los perritos de Herta Frankel –en foto, claro–, incluso los nuevamente rehechos labios de Susanna Grisso o el pelo cardado de Jesús Alvárez. También el orejudo sillón del mítico Chicho Ibáñez Serrador –abrazos, inolvidable maestro– o la batuta de Artur Kaps, otro histórico, junto con Fran Johan creador de «Los amigos del lunes» cuando era una noche no tan temida como en la programación actual. Apuntaron la posibilidad de incluir desde el cursilón traje de Carmen Mir –cuya elección presencié en su taller barcelonés– llevado por Laura –entonces Laurita– Valenzuela para presentar la Eurovisión que fue repartida entre cuatro naciones, o el mono de pailletes turquesa, idea valiente de Pertegaz para Salomé en el «Vivo cantando», color que la hizo transformarse de mujerona y perder hasta diez kilos para poder entrar en el traje que luego destrozó usando solo la falda y el delantero desunidos para engalanarse ocasionalmente bajo un traje de chaqueta. Lástima, merecía una vitrina.

Fueron hitos de aquella época en que el concurso eurovisivo casi parecía una guerra musical. Cómo olvidar «Tom Pillibi» o el «No tengo edad» de la quinceañera Gigliola Cinquetti, el «Mercie, cherie» del colocado Udo Jürgens o los inmortales «Muñecos en la cuerda» de la rubia Sandie Shaw de éxito tan popularizado como el en principio rechazado «La, la, la» de Massiel porque nadie confiaba en él. Concursar era un honor, de ahí la asiduidad de Frida Boccara o Lulu con el «Boom Bang A Bang». Era más enfrentamiento de cantantes que de canciones. Expectación que hoy ni siquiera tiene seguidores la noche del certamen tan opacado. De cómo lo ganamos contaban, no sé si inventaban, triquiñuelas del dúo de austríacos catalanizados –los inefables Kaps y Johan– manipulando y comprando votos. En el caso de Massiel afirmaban que pagaron dándoles a cambio vacaciones en Mallorca o la Costa del Sol. Todo era posible con tal de quedar primeros. Acudí a bastantes eurofestivales y recuerdo el cabreo de Juan José Rosón, entonces director general del Ente, que fue uno de sus muchos cargos, cuando alguien más inspirado nos dejó finalistas y no ganadores. «¡Después de lo que hemos gastado!», suspiraba con malhumor en un enfado típico del gallego que se cree burlado.

Por otra parte, en las vísperas navideñas no falta la subasta de capones que ya no hacen en un mercado sino marcando contraste en la suntuosidad del Hotel Palace. Ya un clásico inventado por Josemi Rodríguez-Sieiro. Nacido en Villalba de Lugo, ahora reparte ese cariño acaso nostálgico a capones cacereños. Organiza una rifa, ya cita social, en la que este año la marquesa de la Vega de Anzo deslumbró, muy chic, junto a Carmen Lomana, siempre dispuesta al posado, y es muy de agradecer. La sonriente marquesa exhibió un conjunto de turquesas con guantes a juego que casi opacó a los enjaulados animales. Brillaban más que cualquier plumaje. Madrid se presta a todo, lo mismo a una reunión recaudadora que a esta tan «animal», con perdón, anunciadora de las fiestas navideñas. Aquí no somos muy aficionados al capón aunque se llamen «Riverito», «Aladino» o «Chicuelón», cuya carne entreverada, igual que la del jamón, es la más sabrosa.