Teatro

Estrella Morente: «Al final de la lidia de un toro y de un quejío siempre hay un “olé”»

Estrella Morente / Cantaora.. Sube al escenario, pero no como Estrella Morente, sino como Lisístrata. A la artista le gustan los retos y afronta un nuevo desafío en su carrera interpretando a la heroína de Aristófanes y dando musicalidad a su recitado, para probar que eso de los escenarios es suyo por tradición y por su arte.

«El flamenco y la tauromaquia forman parte de nuestras señas de identidad»
«El flamenco y la tauromaquia forman parte de nuestras señas de identidad»

Sube al escenario, pero no como Estrella Morente, sino como Lisístrata. Le gustan los retos y afronta un nuevo desafío en su carrera interpretando a la heroína de Aristófanes y dando musicalidad a su recitado, para probar que eso de los escenarios es suyo por tradición y por su arte.

Trae el duende metido en la sangre, como si lo del talento y el desparpajo fuera un ADN que dieran los siglos y la conjunción de varias generaciones de artistas. Estrella Morente, musa del cante, la perla de Granada, la hija del maestro Enrique, de voz prodigiosa y carácter valiente, se acerca siempre a los escenarios con un desafío nuevo en la mirada. Mérida, que es nuestro festival de clásicos, ha decidido cambiar de palo y pasar la dramaturgia de Aristófanes por el flamenco, que es el clásico de aquí, lo que nos viene por tradición y decantación de siglos. Y en «La guerra de las mujeres» le ha ofrecido el papel de Lísistrata. Aunque ella, alegre y puntualizadora, tira de humor y nos corrige: «No es que la interprete, es que me siento Lisístrata desde que tengo uso de razón».

–¿Cómo se embarcó en este proyecto? ¿Qué le atraía de él?

–El conocer esto, que es único. Ha sido una experiencia más que inolvidable, muy importante para mí. Estoy desbordada con este proyecto. Había tantas cosas, tanta música que llevar a cabo, con toda esta teatralidad. Y también a la inversa, hay que hacer que el texto se convierta en música. Ahora mismo estoy viviendo un sueño, como profesional, como músico y como persona.

–¿Tanto se ha involucrado en este espectáculo?

–Mi entrega al teatro ha sido total. Menos mal que tenía a mis hijos de vacaciones, porque no sé cómo me habría organizado. Me he olvidado del mundo que existía a mi alrededor. José Carlos Plaza ( el director del montaje) me decía al terminar los ensayos que me olvidara de mi papel, que lo aparcara y que siguiera con el día a día. Pero es que este es uno para el que me tengo que disfrazar muy poco, porque ella es como yo, no podía estar mejor escrito para mí. Me siento identificada con ella. Me ha emocionado mucho. Su actitud, como mujer, me ha impresionado bastante.

–Lísistrata es una guerrera.

–Más. Es una luchadora. Es un soldado más de la guerra. Declara la guerra al mundo en guerra. Se levanta contra la injusticia y da voz a los que no la tienen.

–¿Qué ha aprendido de ella?

–Yo siempre he tenido un carácter muy Lisístrata, siempre he sido como ella desde que tengo uso de razón. Esta mujer es la más femenina del mundo. No pretende ocupar el lugar del hombre, no busca una revolución del sexo, sino encontrar lo más puro del ser humano: persigue la igualda, no protege a la mujer por encima del hombre. Los protege a los dos y guerrera por ello. Mi padre se oponía a las revoluciones porque son sangrientas, y no interesan. Los seres deben encontrar su positividad, la oportunidad de crecer y avanzar.

–Ella convence a las mujeres para mantener una «huelga» de sexo hasta que los hombres aparquen las diferencias. ¿A quién aplicaría eso mismo hoy?

–En efecto, en este caso defiende la guerra sexual hasta que los hombres se pongan en paz. Esto es muy aplicable en cualquier otra historia. Si, por ejemplo, pensamos en nuestros políticos actuales, estoy convencida de que, en esta circunstancia, Lisístrata necesitaría un planteamiento un poco distinto porque me temo que ni una huelga sexual resolvería que España siguiera sin Gobierno.

–Usted, sin embargo, procede de dos mundos muy patriarcales: el flamenco y el toreo.

–En mi casa, y en mi caso, en realidad no ha sido así. El machismo no lo he vivido porque los hombres de mi familia han muy respetuosos y siempre han demostrado que estaban muy cerca de las mujeres. Estaban enamorados de la figura femenina. Le daban un sentido muy especial. Sabían que a las musas no se las maltrata ni se las aparta ni tampoco se las deja sin opinión. Y los dos, mi padre y mi marido, son dos creadores muy grandes. Nosotras, en mi familia, éramos conscientes desde pequeñas de los derechos que tenemos las mujeres. Además, en el caso de mis padres, ellos vivieron una historia maravillosa hasta el final. Siempre han sido una pareja enamorada. Pero eso no quiere decir que no sepa lo que es, por ejemplo, un maltrato, porque todas las mujeres tenemos una amiga, una vecina, que ha sufrido algo así. En este aspecto me siento identificada con el papel que precisamente ahora he encarnado, me cuesta separarme de él, porque protege al débil y engrandece a los que están desprotegidos.

–El flamenco ha perdido recientemente algunos de sus grandes maestros.

–Y que han formado parte de mi mundo, de mi caminar. Nuestro flamenco son también nuestros mayores. Yo nunca he tenido un contacto directo con El Lebrijano pero lo sentía como un padre; con Juan Carmona, El Habichuela, pues me he criado con él. Siempre tienes un seguimiento de las personas que ha habido detrás, tienes una veneración hacia los que hay antes que tú y que han abierto el camino anterior. Y con una capacidad suficiente como para haber pasado a la historia. Ahora se han ido varios maestros de nuestra generación de golpe en un espacio de tiempo muy corto, pero yo confío en la gente de hoy, que se levanta al alba para engrandecer de nuevo el flamenco, que ahora no creo que viva los momentos desastrosos de otros instantes. El flamenco seguirá viviendo, continuará también protegiéndose así mismo. Para mí, como la tauromaquia, es una fuente de imaginación y de fantasía para nuestro país, dos señales de nuestra identidad cultural.

–¿Qué le enseñaron su padre y su madre del flamenco?

–El padre da la vida, la madre la genera. Mi padre y mi madre lo que han hecho es crear un santuario de sueños que estaba empapado de creación y de generosidad. Con eso es con lo que han construido su obra, con una entrega total, porque formaban una pareja excepcional donde se unían sus grandes proyectos. Eran como Gala y Dalí, sólo mi padre y mi madre se querían muchísimo.

–El público del flamenco crece. En cambio, los toros están inmersos en la controversia.

–Es muy importante respetar a la tauromaquia. Y no te voy a mentir. Cuando mi marido viste de luces y se va a una plaza, paso miedo.

–¿Y cómo lleva eso?

–Lo que hago en estos instantes es recordar los sacrificios diarios que hace por su afición, la entrega que me ha demostrado desde que lo conozco. También confío en su inercia como torero. Para mí es el mejor del torero que existe, porque tiene una enorme vocación, es muy diferente lo que hace él, bastante especial. Se puede ver en tantos calificativos que recibe como torero, como artista, como soñador que domina la energía de un animal indominable tan solo con la única fuerza de sus muñecas, con apenas un ligero gesto que mueve el aire. Para mí eso es grandioso. No puedo hablarte de lo conflictivo que es ahora la tauromaquia, porque soy muy aficionada desde que era pequeña. Me llevaban a la plaza, con mantilla, casi sin saber andar. Yo siempre agradeceré la oportunidad que se me ha dado desde niña para conocerlos y que me dejaran decidir si me gustaban o no los toros.

–¿Qué tienen de parecido los toros y el flamenco?

–Al final de lidiar uno y terminar un quejío flamenco siempre hay un «olé».

¿Mar o montaña?

Estrella Morente ha nacido entre la playa y la montaña, en la ciudad de Granada, que está abrigada por las cumbres de Sierra Nevada, pero que ya se asoma a las orillas del Mediterráneo. Elige un capote con montañas, pero su carácter viene de la mezcla cultural, de vivir entre fronteras.