Najwa Nimri: «¿Desgobierno? Ahora es más difícil cerrar negocios»

Najwa Nimri / Actriz y cantante. O ambas a la vez. Depende de la época. Camaleónica. Hasta a ella le duele su mala malísima de Zulema de «Vis a vis» que la ha reconciliado con la interpretación. Ahora anda de conciertos con el misterio de «Bonzo». Najwa. Distante. Cercana. O aplastante. Ese torrente de personalidad

Najwa Nimri

Es la mala malísima de «Vis a vis», Zulema. Un antes y un después en la vida de Najwa Nimri, que ha encontrado en este personaje brutal la «reconciliación con la actuación». De nombre jordano, padre de allá, nacida en Pamplona, criada en Bilbao y con el corazón de Madrid, tiene Najwa un imán, ese enigma. Salvada la distancia del primer encuentro comienza el duelo dialéctico. Fuma. Piensa y acorta distancia palabra a palabra.

–¿Qué porcentaje de gente pronuncia bien su nombre?

–Algo así como el 0,01%, pero ya estoy acostumbrada.

–¿Qué le espera este verano?

–Lío pardo. Pensaba que iba a estar descansando en la casa del monte pero además de los conciertos de Bonzo, vamos a empezar un musical con las chicas de «Vis a vis». Es una historia en la que llevo trabajando tiempo, es alucinante, y las actrices también.

–Cine, televisión, concierto... ¿Dónde Najwa es más Najwa?

–En casa. Todo el rato soy un poco parecido. Aunque cuando actúo no soy yo. Tienes que transformarte lo posible y adecuarte al papel, pero debes saber muy bien quién eres para poder interpretar; si no se te puede ir la cabeza.

–Y más si se mete en la piel de Zulema.

–Me encantan los personajes extremos. He cogido un cariño terrible a ese bicho.

–¿Se cruzan de acera cuando la ven?

–Todo lo contrario, se sacan fotos, aunque también me dicen «mala, que eres muy mala».

–¿Qué le ha dado la televisión?

–Me ha reconciliado con la interpretación, que es lo más importante que me podía pasar. Lo tenía ya olvidado, me estaba dedicando a la música y viviendo de ella.

–¿No encontraba el papel?

–En una carrera hay que decir muchos noes para que llegue el sí. Vengo del cine de los 90, en el que hubo una eclosión brutal, y ahora he caído en una serie que tiene el mismo espíritu.

–Y en esos noes, ¿qué se hace cuando aprieta el bolsillo?

–Pues comer lo que puedas. Hay que mirar más a largo plazo.

–¿Le cuesta sacar a Zulema de su cuerpo?

–He ido poco a poco. Al empezar la segunda temporada, cuando me puse las lentillas y los mechones me eché a llorar sin poder parar. Me dije, «otra vez esta mujer, qué dolor».

–¿Puede pasear por la calle con normalidad?

–Me sorprende que a mis casi 45 esté empatizando con gente joven. Y no es porque salga monísima en una serie y me saquen en las revistas del corazón. Es exclusivamente por trabajo. A veces, cuando me piden un «selfie», lo que quieren es que ponga la cara de mala malísima. Les atrae Zulema, Najwa no les interesa lo más mínimo.

–Pero Najwa Nimri es mucho más que «Vis a vis».

–Claro, hay un 20 por ciento que sigue mi trayectoria y el 80 por ciento por el impacto de Zulema, y más en esa generación tan joven.

–¿Hay cara «B» en el éxito?

–No. Partiendo del dinero, cobrar el mismo día y a la misma hora.

–¿Sin costumbre?

–En 25 años nunca he tenido un trabajo estable; eso sí, me he mantenido yo sola.

–¿Y cuando el estómago aprieta?

–Lo que más me ha costado es rodearme de un equipo que esté a las duras y a las maduras.

–¿Qué son unas buenas vacaciones?

–Dejar el móvil, ya no sueño con la playa. Tú puedes estar en las Bahamas, pero si estás permanentemente haciéndote «selfies» para generar contenido, pues son vacaciones pero hasta un punto.

–¿Somos esclavos de la redes sociales?

–Vivimos generando contenido para nuestras redes, para que la gente tenga la idea de que nos va bien, de que hacemos cosas. Por eso desconectar es dejar el móvil.

–¿Tan vital es?

–Yo no le puedo decir a mi hijo que deje el móvil porque le desconectaría del resto del mundo.

–¿Cómo vive en el desgobierno?

–Pues igual que antes... Miento, ahora es más difícil cerrar negocios. Los inversores privados no avanzan hasta que no sepan qué va a pasar.

–¿A quién metería en la cárcel?

–A todas las del Cruz del Sur, sobre todo a Macarena Ferreiro y toda su familia, y a Zulema y compañía.

–¿Y al escenario a quién subiría?

–A las mismas, ya verás cómo canta Alba.

–¿Qué se consigue con la voz?

–Todo. Yo tuve una operación muy grave y me quedé sin una cuerda vocal. Estuve muda un rato bien largo.

–¿Cuánto?

–Nueve meses y con posibilidad de perder la voz. La cuerda estaba dormida y despertó.

–¿A qué se hincha en verano?

–A zumo de tomate. Ni a gazpachos. Exprimo los tomates. Y así, litros.

–¿El plan perfecto de un sábado tarde?

–Cine en casa. Bueno, este año las Olimpiadas. Me maravillan, sobre todo las mujeres.

–¿Por qué más ellas?

–Ha habido grandes espectáculos. El último una rusa que hacía marcha. Era un cerebrito y una belleza y corría lo que tuviera que correr para pagarse la carrera. No sé... desde Nadia Comaneci... hay algo en el deporte que me parece sobrehumano.

–¿Es feminista?

–No soy de nada que acabe en «ista». (Sigue pensando). Casi te diría que ni que empiece.

–¿La última vez que se disfrazó?

–Todos los días, cada uno salgo con un «look». El que diga que sabe cuál es su verdadero yo... Con tu madre eres de una manera, con tu hijo de otra, y cuando hablas a un perrito hasta cambias la voz. Lo que no es normal es ser siempre igual.

–¿Es un actor una persona de fiar?

–De fiar, sí, pero por lo general inestable.

–¿Por qué?

–Porque hay un periodo muy loco, con muchos impulsos, quizá desde los 16 a los 28, es una edad problemática porque tienes que aprender dónde entras, dónde sales, hasta en dónde participas y dónde te empiezas a guardar para no quemarte en el intento.

–¿Y ahora en qué punto está?

–En el mejor de mi carrera, aunque he pasado por picos muy altos.

–El cine de los 90...

–Esto ha cambiado mucho. Hubo un momento que hacer cine de autor en España significaba viajar al mundo entero. Yo lo hice con los «Los amantes del Círculo Polar». No había viajado hasta los 19 y con esa y «Abre los ojos» y otras nos llevaron a Cannes, Venecia, Berlín... Fui a todos los festivales internacionales con todos los actores internacionales. Catamos muy rápido todo en un momento en el que el cine que se hacía se vendía en el mundo. Ahora, siento decirlo, el cine que hace taquilla se queda aquí. Y que cuenten lo que quieran. Salvo alguna excepción como Almodóvar.

–¿Qué fue del sueño americano?

–Fui y volví. La experiencia resulta dura, es verdad que estaba embarazada y te haces demasiadas preguntas. Tienes que estar a tope «24 hours doing business». Soy más vaga que todo eso, a pesar de que trabajo mucho cuando trabajo.

–¿Cuestión de prioridades?

–No creo. Pero sí tengo en cuenta las cosas que me atacan mucho. ¿Será por miedo? No sé, pero me agobió. Debía estar muy acompañada, si no eres americano y lo conoces bien, el sistema es duro. Los casting son larguísimos... Los Ángeles es un sitio muy... muy friki. Es maravilloso porque pueden suceder muchas cosas y me encanta haber tenido la experiencia. Los vi a todos: mira, Nicole, ¡ah! Mira, Al Pacino... Estuve en el mismo sitio, hablé con todos, me presentaron a las gentes. Aquí estamos todos en el mismo cuarto, pero yo me voy para casa.

–¿Qué se pide?

–Siempre eres demasiado algo, o demasiado morena o demasiado mora... Tienes que entrar dentro de un canon en el que no te puedes sentir identificado, aunque es verdad que te pueden pagar un dinero que te permite hacer muchas cosas. Y eso de que el dinero no importa, ¡mentira!

–Este verano sigue de concierto con Carlos Jean por «Bonzo». ¿Cómo es ese cóctel?

–Explosivo. Nos encontramos exclusivamente en el trabajo, eso me pasa con mucha gente, como decía una persona a la que valoro mucho, «el trabajo es amor». Y sí, de ahí surge una mezcla explosiva.

¿Mar o montaña?

Combina ambos de la mejor manera que sabe, que es con cabeza. Sopesa y decide: «En junio y septiembre, playa, y en julio y agosto, donde sea, pero para aislarse», dice. Y mientras no deja de subirse al escenario, aunque ya haya aparcado a la malísima de Zulema.