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¿Mató Hitler al rey Boris de Bulgaria?

Un misterioso encuentro entre ambos trece días antes de la muerte del zar levanta todavía a día de hoy la sospecha sobre un posible envenenamiento

  • ¿Mató Hitler al rey Boris de Bulgaria?

Tiempo de lectura 4 min.

09 de agosto de 2015. 19:57h

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9/8/2015

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Abordamos ahora uno de los episodios que más me han intrigado de la historia reciente. El comentario escueto y frío del germanófilo primer ministro búlgaro, Bogdan Filof, en los micrófonos de Radio Sofía, constituye ya un enigma en sí mismo: «Su Majestad el rey, zar Boris III, el Único, tras breve enfermedad, ha fallecido rodeado de su familia, hoy 28 de agosto de 1943, a las 16:22 horas».

Tan sólo trece días antes de su misteriosa muerte, el día 15 para ser exactos, el monarca búlgaro había visitado al Führer en Alemania cargado de grandes recelos. Arrastrado por las circunstancias bélicas y en especial por la voluntad inflexible de su primer ministro germanófilo, el rey aceptó finalmente la invitación de Hitler para visitarle en su «Guarida del lobo», camuflada en los tupidos bosques de Rastenburg.

Muchos sospecharon entonces el intento de Alemania de asegurarse un nuevo aliado antes de la separación definitiva de Italia, pese a que Bogdan Filof insistiese hasta la saciedad en que Berlín jamás exigiría a Bulgaria la renuncia a su neutralidad en la Segunda Guerra Mundial.

Llegó por fin el temido domingo 15 de agosto y Hitler, como de costumbre, envió a su piloto personal, el capitán Hans Baur, a recoger al monarca en su Junker 52. Durante el vuelo, los acompañantes detectaron ya la preocupación de Boris, disimulada por alguna que otra mueca forzada. Una vez en Rastenburg, la ausencia de su cuñado Felipe de Hesse, esposo de la princesa Mafalda de Saboya, para recibirle en la pista de aterrizaje le extrañó mucho y confirmó sus malos presagios.

La hora de la verdad llegó poco después, cuando Boris y Hitler conversaron cara a cara en alemán, sin necesidad de intérpretes, pues el monarca búlgaro al descender de una dinastía de príncipes germanos se desenvolvía con soltura en ese idioma. La significativa ausencia de Felipe volvió a inquietar a Boris. Su palpable excitación al abandonar el despacho de Hitler para encaminarse al comedor bastó para cerciorarse de que su entrevista con éste había desembocado en una desagradable discusión, cuyo tema sigue siendo un enigma.

El Führer se las ingenió para que su invitado no pudiese cruzar una sola palabra con su cuñado Felipe durante el almuerzo, tras colocarle en un extremo de la mesa. Tampoco después de comer pudieron hablar ambos en privado, acechados por la presencia del mariscal Keitel, jefe del Alto Mando de la Wehrmacht, de Hermann Göering o de cualquiera de los oficiales de la Gestapo.

Paseo interrumpido

A la mañana siguiente, Boris y Felipe experimentaron la misma frustración en los aposentos privados del monarca ante el temor de que hubiese micrófonos ocultos. Cuando se disponían a pasear al aire libre, Boris fue abordado por Keitel, quien deseaba mostrarle la situación de los frentes sobre el mapa. El monarca búlgaro abandonó así Alemania sin poder contarle la entrevista a su cuñado.

De nuevo en el avión del Führer, Boris no hizo ya el menor esfuerzo por disimular su desconsuelo. Los miembros de su séquito se preguntaban qué graves problemas se habrían abordado durante el misterioso encuentro.

A su llegada a palacio, el rey estaba extenuado y se lo comentó a su esposa, la princesa italiana Juana: «Las conversaciones con Hitler fueron muy fatigosas».

El lunes 23 de agosto, ocho días después de su viaje a Alemania, el soberano sufrió vómitos durante media hora. La alarma cundió en palacio. Reunidos los doctores Balbanof, Kirkovich, Eppinger y Sajitz, dudaron: ¿se trataba de una inflamación de la vesícula biliar o de un grave ataque al corazón? ¿Tal vez de una trombosis coronaria?

Tras someterle a todo tipo de pruebas médicas, los galenos se revelaron incapaces de establecer un diagnóstico. Y entonces surgió la peor sospecha: ¿había sido envenenado Su Majestad? Existían ya entonces venenos de serpiente que actuaban con gran lentitud. Si el servicio secreto soviético los utilizaba para eliminar a los adversarios del bolchevismo, ¿por qué la Gestapo no? La pregunta quedó en el aire.

El pueblo búlgaro no fue informado de la enfermedad de su rey hasta el viernes, 27 de agosto. Dos días después del deceso, el 30 de agosto, el ministro de Justicia búlgaro publicó el acta de defunción, según la cual la muerte se debió a «obstrucción de las coronarias, bronconeumonía, tumefacción del pulmón y del cerebro». Y por si fuera poco, «ataques biliares». Demasiadas dolencias para resultar creíbles. Hasta que el 31 de agosto los súbditos búlgaros se enteraron de que su rey, poco antes de enfermar, había estado con Hitler...

El secreto de Mafalda de Saboya

Tras los funerales por el rey Boris III, celebrados el 5 de septiembre de 1943 en la catedral de Alexander Nevski, los restos del monarca se inhumaron en el monasterio de Rila. La princesa Mafalda de Saboya, cuñada del difunto rey, asistió a los funerales en representación de la familia real italiana. Poco después, regresó a Roma. La capital había sido ya ocupada por tropas alemanas. Cuando un oficial de la Gestapo le preguntó por la causa de la muerte de su cuñado, ella respondió de forma inquietante: «No trate de descubrir la verdad. Es mucho peor que todo lo que se ha supuesto hasta ahora». Mafalda fue a dar con sus huesos en el campo de concentración de Buchenwald, mientras su esposo era confinado en el de Sachsenhausen. El 27 de agosto de 1944, la princesa murió durante un bombardeo en su barracón, llevándose su secreto a la tumba.

@JMZavalaOficial

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