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¿Murió envenenado el general Primo de Rivera?

Julián Mauricio Caravilla, Sancho Dávila, Eduardo Aunós, Felipe Ximénez de Sandoval... Son muchos los autores que apuntan a esta teoría que, sin embargo, José Antonio y sus hermanos se negaron a creer

El general Primo de Rivera con el Rey Alfonso XIII
El general Primo de Rivera con el Rey Alfonso XIIIlarazon

Julián Mauricio Caravilla, Sancho Dávila, Eduardo Aunós, Felipe Ximénez de Sandoval... Son muchos los autores que apuntan a esta teoría que, sin embargo, José Antonio y sus hermanos se negaron a creer

He aquí otro gran enigma: ¿murió envenenado el dictador Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, padre del fundador de Falange Española, o lo hizo por causa natural, a raíz de la diabetes que padecía, complicada a última hora por un fuerte resfriado?Entre sus principales biógrafos, Eduardo Aunós, ministro de Trabajo durante la dictadura y luego de Justicia con Franco, recordaba que «la víspera de su muerte asistió en París a una representación de ‘‘Cyrano de Bergerac’’, de Rostand». Pero, ¿acaso un hombre al borde la muerte estaba en condiciones de presenciar, como cualquier otro espectador, una función teatral seguida de una suculenta cena en el exilio? ¿No resulta extraño que el biógrafo Aunós incurriese en una palmaria contradicción, añadiendo que entonces «se observó una caída vertical, tanto en su estado de ánimo como en su aspecto exterior»? ¿Cómo era posible que aquella mañana, el hombre que horas después asistió al teatro y cenó acompañado, hubiese manifestado al periodista Ma-riano Daranás, del diario «El Debate», sentir «un ahogo; una asfixia de un extremo a otro del pecho, como una especie de cuerda tirante debajo de la garganta», concluyendo que tenía «el presentimiento de que es una angina de pecho; algo grave»?

Sabemos que el general, de 60 años, asistió a un almuerzo ofrecido por el embajador español José Quiñones de León. El secretario de la Embajada, Luis Soler Puchol, también estuvo allí y anotó: «Pese al régimen impuesto, el general comió con excelente apetito y ya a los postres, charlando con su hija Pilar, que estaba a mi lado, me dijo que añoraba la comida casera, fatigada de la del hotel. Le evoqué el cocido madrileño. “¡Ay, qué rico!”...».

El mismo día del fallecimiento, el domingo 16 de marzo de 1930, Eduardo Aunós recordaba que aquella mañana, cuando sus hijos entraron a verle en el hotel Pont-Royal antes de ir a misa, le hallaron más animado que el día anterior.A juzgar por los testimonios de quienes acompañaron al general entonces, no cabía esperar una muerte tan repentina, a no ser que alguien la hubiese provocado tal vez... La carta del embajador Quiñones de León al presidente del Gobierno, Dámaso Berenguer, tres días después del fatal desenlace, arroja algo de luz: «¿Qué puedo decirte de la muerte del pobre Miguel, que en paz descanse? [...] Cuidado por un médico que tiene muy poco de médico, persona muy poco apreciable en todos los conceptos, no se sujetó al estricto régimen que su estado de salud requería».

«Mortis causa»: embolia

El mismo doctor Bandelac, a quien Quiñones consideraba mal médico y peor persona, firmó el certificado de defunción esgrimiendo como «mortis causa» una «embolia»; pese a lo cual, Aunós daba fe de la sorprendente paradoja en que incurrió luego el galeno en su propia presencia y en la de Calvo Sotelo: «Meses más tarde, ante nosotros [el propio Bandelac] dijo que creía, no obstante, en la tesis del envenenamiento», aseguraba el biógrafo. Alberto Bandelac era un judío sefardita, nacido en Tánger en 1870 y nacionalizado español. Formado en la Alianza israelita, estudió medicina en París, donde trabajó como doctor en la embajada de España y fue luego director del Hospital español.El propio Ernesto Giménez Caballero, camarada de José Antonio, escribía en la revista «La joven Europa», en febrero de 1942, que el general falleció en París «probablemente envenenado momentos antes de irse a refugiar en Alemania, en 1930».

También Sancho Dávila, primo de José Antonio, aseguraba: «Me contó Miguel que la policía internacional, recién fallecido su padre, le llamó para comunicarle que había sido envenenado».

El abogado y escritor José Luis Jerez Riesco se ha mostrado aún más rotundo, al afirmar: «La masonería acabó con la dictadura del General Primo de Rivera y con su vida».

Pero José Antonio y sus hermanos se negaron a creer en el envenenamiento de su padre, víctima de un complot masónico internacional, como sostenía el falangista Julián Mauricio Carlavilla en su libro «El enemigo», publicado con el seudónimo de Mauricio Karl.

Felipe Ximénez de Sandoval refería lo que le comentó su jefe José Antonio sobre la tesis de Carlavilla: «A mí nadie me ha traído pruebas de todo ello y yo soy incapaz de acusar sin pruebas. Esas denuncias de Mauricio Karl son por su cuenta y riesgo».

Sandoval añadía, ya a título particular: «José Antonio no quiso prestar oídos a esos rumores, no sé si por convencimiento de su inexactitud o por no querer pasear el nombre de su padre en campañas de agitación política». Quién sabe...

Mauricio Carlavilla que, en septiembre de 1936, intentó rescatar a José Antonio de la cárcel, escribió sobre el fallecimiento del dictador: «No presintió [el general Primo de Rivera] que en París le esperaba la muerte más extraña. Una muerte estúpida, incomprensible, llena de misterios. Primo de Rivera no estaba enfermo. La diabetes que padecía era una cosa insignificante, que soportaba con entereza. Apenas le causaba trastornos». Carlavilla cernía sobre el doctor Alberto Bandelac toda sombra de sospecha: «Bandelac de Pariente, médico de la Embajada, que había atendido al general, efectúa con presteza el embalsamamiento del cadáver por un método que impide en absoluto una investigación visceral posterior. De este modo no hay manera de encontrar un indicio criminal, y faltando este indicio no se puede personalizar al autor material del hecho. Nadie ve nada. Ni se sospecha ni se investiga».

@JMZavalaOficial