Katanas japonesas contra acero toledano

El 1582 una nutrida partida de piratas nipones amenazó la isla de Luzón, en las Filipinas.

El capitán Carrión y sus cien españoles hicieron frente a un millar de piratas japoneses. Foto: Pablo Outeiral/Desperta Ferro Ediciones
El capitán Carrión y sus cien españoles hicieron frente a un millar de piratas japoneses. Foto: Pablo Outeiral/Desperta Ferro Ediciones

El 1582 una nutrida partida de piratas nipones amenazó la isla de Luzón, en las Filipinas.

«Los chinos y japones no son indios, sino gente tan buena y mejor que mucha de la de Berbería». Mientras Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, gobernador de Filipinas, daba cuenta con estas palabras a Felipe II de la belicosidad de los piratas nipones (llamados wako en las fuentes chinas), no estaba claro todavía el desenlace de la expedición a Cagayán, en la que una pequeña fuerza española de un centenar de hombres al mando del curtido capitán Juan Pablo Carrión había partido en busca de una armada de wako formada por dieciocho embarcaciones y cerca de un millar de hombres. La intención de los invasores muy probablemente era establecer una comunidad japonesa ultramarina en el norte de Luzón, la isla más importante del archipiélago filipino. Juan Bautista Román, factor y veedor de la Real Hacienda de Filipinas, advertía del peligro al virrey de Nueva España en una carta de 25 de junio de 1582: «Estos enemigos, que tan de verdad han remanecido, es gente belicosa. Y si vuestra excelencia no provee en esta nao [el famoso Galeón de Manila] y la mura de mil soldados, poca cuenta se puede hacer en estas islas».

Las lúgubres previsiones de Román no se cumplieron. Tras una dura lucha, Carrión y su pequeña tropa, parapetados en una fortificación improvisada, lograron vencer a los piratas. A pesar de la victoria, no hay duda de que los japoneses impresionaron a los españoles. Como escribía Ronquillo a Felipe II: «Los japones es la gente más belicosa que hay por acá. Traen artillería y mucha arcabucería y piquería. Usan armas defensivas para el cuerpo. Lo cual todo lo tienen por industria de portugueses, que se lo han mostrado para daño de sus ánimas». Los piratas, en efecto, no eran unos desarrapados, sino gente amparada por los daimio –señores feudales– de la isla japonesa de Kyushu, cuyas rentas se engrosaban con el botín de las actividades piráticas.

Sin embargo, la resistencia española que planteó Carrión resultó un hueso demasiado duro de roer para los japoneses. Por lo menos doscientos, según Ronquillo, dejaron la piel en los inútiles asaltos, repelidos merced al fuego de los arcabuces y la longitud de las picas españolas, entre las que los nipones trataban de escurrirse con sus catanas.

La victoria de Cagayán no puso fin a la amenaza. Juan de Mariana menciona en su «Historia general de España» las prevenciones del gobernador Gómez Pérez Dasmariñas en los inicios de la década de 1590: «Mandó construir galeras para defender aquellas costas, que de continuo se hallaban molestadas por los piratas chinos y japones». Entonces, el peligro iba más allá de la piratería. El sogún Toyotomi Hideyoshi –el Taicosama de las fuentes hispánicas–, señor virtual de Japón, había iniciado una política expansionista que lo llevaría a invadir Corea. Su interés se hacía extensivo a Filipinas, donde envió un emisario para exigir a Dasmariñas que pagase tributos. Según Mariana, el español replicó: «Ve y dile a Taicosama que los españoles están acostumbrados a recibir tributos, y no a pagarlos. Que haga primero la prueba del valor español, y si le venciese en la guerra, trátele entonces como se trata a los vencidos». Toda una bravuconada que da fe del arrojo –un tanto irreflexivo a veces– de los soldados hispanos de entonces.

Para saber más

«Los Tercios (V). Asia»

Desperta Ferro Especiales n.º XV

84 pp.

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