Manolo el del bombo: «Para tocar bien necesito entre 40.000 y 50.000 personas»

Si dijéramos Manuel Cáceres, camarero, muchos no le reconocerían. Su biografía es la vida de su «alter ego». Lleva un bar en Valencia, pero los parroquianos no acuden a él para ver al propietario, sino al hincha de todas las aficiones

Si dijéramos Manuel Cáceres, camarero, muchos no le reconocerían. Su biografía es la vida de su «alter ego». Lleva un bar en Valencia, pero los parroquianos no acuden a él para ver al propietario, sino al hincha de todas las aficiones.

Manolo es una camiseta de la Selección española, una chapela y un bombo. Lo suyo es la encarnación de una pasión, algo así como el fútbol hecho carne y hueso.

–Para ganar un partido también se debe tener fe, ¿sabes?.

–¿Siempre?

–Bueno, a veces no se gana ni por esas.

En Valencia, Manolo más que un personaje es una institución. En Valencia se visita el Palacio de las Artes, el Oceanográfico y el bar de Manolo. Y si no, no se ha visto Valencia.

–¡Manolo, nos dejas fotografiarnos contigo!

–¡Claro que sí!

–Usted es el mejor recuerdo que podemos llevarnos a Barcelona.

Manolo no cuenta su vida. Manolo, en realidad ManuelCáceres, nacido en la provincia de Ciudad Real, cuenta la vida de Manolo el del bombo, que ha vivido nueve mundiales, ha visto jugar a Camacho, Arconada, Butragueño, Luis Enrique, Raúl, Morientes, Xavi, Iniesta y Casillas, que ha podido conocer al Rey emérito en persona y que, en una ocasión, se sacó una fotografía con Nelson Mandela. Casi nada.

–Vaya, es usted un vividor.

–Sin duda. Toda mi vida he estado de aquí para allá, desde que era pequeño y me trasladé con mis padres a Huesca.Después he estado en Madrid, París, Suiza, Alemania, Austria... por casi todo el mundo.

–Ya son kilómetros.

–Pues solo en el mundial del 82, hice 15.000. La mayoría en autoestop. En una ocasión se estropeó el tren que iba a Madrid y, como no podía esperar, porque tenía que llegar al partido, cogí mis cosas y salté del vagón. Sin más. Tenía que verme con el bombo en una mano y la maleta en la otra caminando a través de los campos. Cuando salí a una carretera, un señor me recogió en su coche y estuve en el estadio a tiempo.

–¿Le reconoció?

–Es que durante nuestro mundial, todo el mundo quería ayudarme. En cualquier carretera de España había alguien dispuesto a llevarme en su coche. Ya antes del 82, la gente me apreciaba mucho. Pero fue en este momento cuando me di cuenta de que me había convertido en un personaje, aunque eso no es ningún mérito mío. Eso se lo debo a la Prensa, que me ha tratado siempre muy bien.

–Vamos, que se considera una persona con suerte.

–No puedo quejarme, la verdad. Un periodista que me apreciaba me dijo en una ocasión que no siempre la iba a tener de mi parte, que ya bastaba de tener un negocio aquí y otro allá. «Eso puede acabar un día, Manolo», me advertía. Y, aunque lo he pasado mal todavía me acompaña, como ve en el bar. Aquí viene mucha gente a visitarme. Para mí, el cariño de las personas es más importante que todo el dinero. En realidad, el dinero, con tener un poco para vivir, ya es bastante.

Manolo es un hombre alto, de mirada sentimental y un corazón tan grande como el Bernabéu, el San Mamés y el Camp Nou juntos. Manolo firma postales a los críos que acuden a verle y los adultos que quieren sacarse una instantánea posando a su lado, sujetando la réplica de la copa del mundo que guarda en una urna, al lado de la figurilla de una Virgen.

–¡Ves, niño, cómo Manolo sí está en el bar!

–Es verdad...

–¡Manolo es que es mucho Manolo, chaval!

El bar de Manolo es un escaparate de escudos de equipos de fútbol y bufandas de las diferentes aficiones. Un museo del deporte rey con la biografía de su dueño contada en recortes de periódico. «Este bar es de todos los colores», asegura desde el otro lado de la barra, mientras tira un par de cañas.

–¿Y lo de camarero? ¿Es vocación o destino?

–Ya me lo repetían mis padres. Lo más bonito es servir a los demás.Yo me emociono cuando atiendo a un niño o a una persona mayor. El otro día, con lo del Mestalla, igual pasaron por mi local cerca de mil personas, unos, únicamente para hacerse unas fotos aquí y otros para tomar un par de cervezas o igual nada, solo para estar aquí y charlar. Yo soy feliz con todos. Hace poco, vino a verme un sevillano con una gracia inmensa, con 97 años encima. Si lo hubiera visto bailar... La hija decía que había que descargarle las pilas. Le dije: «Tú el chupito sin alcohol, ¿no?». «De eso nada, tú», me contestó el amigo.

Manolo comenta anécdotas con los parroquianos y los visitantes ocasionales que acuden a verle y se entretienen dando palique.

–Hace mucho que no va por mi tierra.

–Es cierto. La última ocasión fue...

–Y recuerda usted ese partido.

–Hombre, ¡cómo no!

Manolo es una persona con el don de caer bien; que inspira confianza y es capaz de entablar relación con cualquiera. «Se está quedando vieja la chapela... usted que es de allí me conseguiría algunas. Yo es que uso unas tres por temporada...».

–Le quieren a usted, ¿no?

–Eso creo. En cualquier lugar que he estado he recibido muestras de cariño de la gente. La clave es que soy muy sencillo.

–Eso de servir encaja bien con su educación religiosa.

–(Risas). He sido monaguillo. A mi madre le dijeron si quieres un hijo pillo, hazle monaguillo... (risas). Recuerdo que íbamos a la Misa del gallo... yo iba para escolano. Cuando teníamos diez o 12 años estudié para fraile, pero aguanté 20 ó 30 días... Ahora, cuando veo, en cualquier aeropuesto, a una monjita o un fraile, les saludo. Y a ellos se alegran mucho al verme.

–A partir de entonces ha repartido la pasión entre el fútbol y Dios.

– (Risas). Sí, en ambas cosas hay que creer. Pero a veces ni creyendo se consiguen las cosas.

–Antes la Selección española no ganaba ni rezando a todos los santos. ¿Por qué?

–Siempre hemos tenido una gran Selección, pero es que ganar nunca ha sido fácil, ni para nosotros ni para nadie. Hay muchos equipos igualados y puedes caer eliminado en cualquier momento. En Estados Unidos y en México tuvimos una gran oportunidad de conseguir el mundial, pero no se ganaba... Y en Corea, bueno con el árbitro ese... Bueno, aunque creyera usted mucho, la pelotita no entraba en la portería. No le daba la gana. No se sabe por qué. Ahora mismo tenemos una gran Selección de nuevo, pero va a costar repetir los éxitos que hemos conseguido.

–Usted ha vivido los momentos más duros de nuestro fútbol, cuando caíamos en cuartos...

–Yo llevo 51 años con el bombo. Estaba habituado a perder. Cuando lográbamos un éxito, me alegraba sobre todo por la afición. Pero era una época muy dura. Cuando me iba para animar y me despedía de la familia y los amigos, me decían, no te preocupes, que volverás pronto. Hay eliminaciones que me han dejado muy triste. De hecho, hubo un momento en que llegué a pensar que me moría sin ver a España ganar un Mundial.

–¿Liga o Selección española?

–Lo que pasa con la liga es que vienen jugadores de fuera, que me encanta, se lo digo sinceramente, pero eso también hace que los chicos que están en las canteras pierdan oportunidades. Yo, personalmente, prefiero a la Selección, aunque también veo las competiciones de los demás equipos. Creo que a la gente, en general, le gusta más la Selección.

–Bueno, a todos, todos, ahora...

–(Risas). Vale, al 90 por ciento.

–Usted ha visto la selección de la furia española y a la del tiqui taca...

–(Risas). Si me vas a preguntas cuál de las dos prefiero, te diré que soy más de la de la furia, aunque la ropa española ahora me gusta igual, pero sí, la de la furia era especial.

Manolo tiene cuatro bombos colgando del techo. Todos tienen su nombre: uno recuerda la hazaña de Austria, otro, la de Suráfrica y el tercero, lo tiene en una esquina bien atado con un candado.

–¿Por qué ha sujetado ese con una cadena?

–Es el que me robaron.

–¿Cómo explicaría usted el vínculo con el bombo?

–Para mí, el bombo, no sé, es que si me lo quitan, pues, no sé, me hacen polvo, me matan. Cuando me quitaron ese de ahí, lo pasé muy mal. Esperaba el partido de España con mucha ilusión. Hacía unos meses me habían operado del corazón y quería ver cómo me iba a desenvolver... entonces, me lo quitaron. Me quedé destrozado. Luego pensé que lo podían haber roto y tirado en la carretera, pero, no, lo dejaron en Madrid, en la puerta del Cuartel General de la Armada. Lo cogió un oficial que pasaba y lo devolvió a la Federación de Fútbol. Ha sido un suerte.

–¿Cuanta gente es necesaria para que usted toque bien el bombo?

–Si hay poco público se me da mal tocarlo. Para tocarlo bien necesito entre 40.000 y 50.000 personas. La gente se vuelve loca al oírlo. Le gusta, incluso a las hinchadas de otros equipos, que siempre me han tratado muy bien. Yo es que consigo que se haga la ola, y voy de grada en grada animando a los seguidores.

–¿Ya es imposible ver un partido de la Selección sin usted?

–La Selección española sobrevivirá sin Manolo el del bombo. Empecé en broma, pero los futbolistas lo agradecieron, al igual que los fans. Me acuerdo de Camacho, Juanito, Arconada. Todos ellos me han animado. Y he mantenido una relación excelente con ellos.

–¿Por qué cree que cae tan bien la Selección de España?

–Es que como España no hay nada. La comida, la simpatía, la amabilidad que mostramos con toda la gente de fuera. Por eso, la gente está con España. En todo el mundo me he encontrado con gente que estaba con España. Eso es por cómo tratamos de bien a la gente.

–Lo ha dado todo por el fútbol.

–Y lo seguiré dando. Y si volviera a nacer, lo mismo. Es un honor representar a tu país por todo el mundo y que se te quiera por eso. Significa mucho sentir respeto y amar a tu país. Es importante. Por eso hay que respetar siempre cada himno, y no silbar a ninguno. Yo lo he hecho y he tocado el bombo cuando he escuchado el himno de otros. Y la gente se maravilla por eso, porque es mostrar educación. Y eso es lo que ahora tenemos que demostrar frente a Italia este septiembre.