¿Por qué vemos caras en todas partes?

Da igual que sea en la superficie de la Luna o en una nube. En las paredes de las casas de Bélmez o en la baldosa del cuarto de baño... En todas partes parece aflorar, si miramos fijamente, un rostro.

En investigaciones realizadas con monos y usando aparatos de resonancia magnética se ha detectado que el cerebro activa un grupo neuronal determinado en el lóbulo temporal cuando se procede al reconocimiento de caras. Curiosamente, esas mismas neuronas están en marcha cuando se presencian otras formas que de algún modo remedan un rostro. Es evidente que reconocer una cara se torna vital en términos de supervivencia. La comunicación intraespecie y la identificación del peligro son fundamentales para el desarrollo de una comunidad biológica. A nadie le gustaría fallar sistemáticamente en el empeño de diferenciar el rostro de un amigo del de un depredador.

Por eso el cerebro se ha especializado con gran habilidad en esta función primaria. Y es algo que nos acompaña desde nuestra más tierna infancia. Investigaciones con bebés demuestran que los recién nacidos sometidos a diferentes estímulos visuales prefieren sistemáticamente los que recuerdan rostros. Aunque sea simplemente un par de puntos a modo de ojos y una curva que simula una sonrisa. En realidad, los rasgos diferenciadores de una cara son muy simples. En casi todas las especies animales se encuentra un «cuadrado mágico» compuesto por la línea de los ojos en su lado superior y la de la boca en el inferior, que contiene a la nariz en su interior. Tan fácil es detectar una cara que hoy en día existen cámaras fotográficas domésticas que discriminan automáticamente de entre una multitud de figuras el rostro que queremos retratar y enfocan e iluminan mejor esa área.

Pero esta facilidad tiene un efecto secundario. Como recuerda Carl Sagan en su libro «El mundo y sus demonios», «la eficiencia del mecanismo de formas en nuestro cerebro para aislar una cara en un montón de detalles es tal que a veces vemos caras donde no las hay. Reunimos fragmentos inconexos de luz y oscuridad e, inconscientemente, intentamos ver un rostro». El hombre en la Luna es un resultado de ello. ¿No lo ve allí arriba, observándonos con sus ojos abismales desde la Luna llena? A este fenómeno se le conoce como pareidolia y es tan habitual que incluso ha sido propuesto para explicar algunas formas encontradas en pinturas rupestres, grabados en rocas milenarias o gigantescas líneas dibujadas en el suelo de una civilización pasada.

También es una consecuencia de esta tendencia humana a fabricar formas mentales la sacralización de montes, rocas, peñascos, grutas, parajes naturales que, en algún momento de la historia o vistos desde determinados ángulos parecen reproducir la silueta de un santo, de un Dios, de un animal mitológico. Al cóctel neuronal implicado en este sesgo sensitivo es fácil añadir alguna dosis de emoción a través de uno de los agentes bioquímicos más poderosos, influyentes y (si cae en manos malintencionadas) peligrosos: la sugestión.